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Crítica:68ª edición de la Mostra de Venecia

La peste según el inteligente Soderbergh

Durante una larga época Hollywood descubrió una mina de oro en el cine de catástrofes. Ocurrían en cielo, mar y tierra, pero la fórmula para retratarlas era idéntica independientemente del escenario. También era obligatorio el final feliz. Y estrellas de primera fila encarnando a los héroes que logran acabar con la pesadilla. Al margen de que estuvieran dirigidas por artesanos eficaces o por directores con cierto prestigio que habían recibido una oferta difícil de rechazar, los verdaderos protagonistas de este tipo de películas eran los efectos especiales y las segundas unidades, especializados en el circense más difícil todavía. El subconsciente colectivo del público disfrutaba mogollón asistiendo a los desastres que podían ocurrir en un avión, un barco o un rascacielos, esos lugares que todos hemos pisado alguna vez. La temática era ampliable a terremotos, maremotos, tsunamis y volcanes en erupción, hacia lo salvaje que puede ser la naturaleza cuando se irrita.

Me transmite la angustia que sienten los personajes

Con 'Poulet aux prunes' no paso ni frío ni calor, pese a sus intenciones

Steven Soderbergh es un autor heterodoxo y extraño cuyo cine siempre se ha resistido a ser etiquetado. Proveniente del cine independiente se las ha ingeniado para alternar películas muy personales, incluidas las que ha producido con notable riesgo a otros colegas, con un cine que cumple las exigencias que marca Hollywood y que le permite llenar las arcas cuando estas se han quedado medio vacías por hacer lo que le gusta. Soderbergh es el prestigioso creador de Sexo, mentiras y cintas de vídeo y de Kafka, pero igualmente de películas admirables y de gran presupuesto como Traffic y Erin Brockovich, o de la saga de Ocean's, uno de los mayores éxitos de taquilla del cine contemporáneo.

Por todas esas razones, intuyes que Contagio, perteneciente al género de catástrofes, no va a seguir las habituales reglas del juego, que Soderbergh se las va a arreglar para hacer algo distinto y saltarse las convenciones utilizando la temática sobre la amenaza del Apocalipsis, sobre un virus con infinita capacidad de contagio que está devastando el mundo. Es tan listo que logra algo tan complicado como que estrellas de la altura de Kate Winslet y Gwyneth Paltrow acepten aparecer únicamente 10 minutos en la pantalla antes de que el depredador las envíe al otro barrio. Matt Damon, Jude Law y Marion Cotillard se protegen con más suerte que las anteriores ante el monstruo, pero todos ellos actúan como secundarios de lujo en una película cuyo protagonismo absoluto lo ejerce ese bicho nacido en Hong Kong y que se expande en el momento que uno de los afectados toca a otro ser humano, o incluso si le habla demasiado cerca.

Soderbergh prescinde de efectismos, de exhibicionismo facilón apilando montañas de cadáveres. Se limita a sugerir con un lenguaje visual muy sobrio la atrocidad que genera la peste, utiliza con inteligencia la elipsis, retrata con mala leche la maquinaria burocrática que impide que las vacunas lleguen con rapidez a los afectados y algo tan humano como que los inventores y administradores de estas apliquen el remedio en primer lugar con sus familiares y sus amigos, haciendo selección ante el sálvese quien pueda. Ese rechazo del director a mostrar con naturalismo las consecuencias del horror y a halagar el morbo del espectador ofreciéndole un banquete con las llagas, los vómitos y la putrefacción de las víctimas, no impide que funcione el mejor suspense. Contagio es voluntariamente rara, está llena de matices, desdeña el sensacionalismo y las trampas para enganchar a un público masivo. A mí me inquieta, me transmite la angustia y el miedo que sienten los personajes, me empapa esa atmósfera de desolación.

Con la que no siento ni frío ni calor a pesar de sus intenciones líricas y cómicas es con Poulet aux prunes, segunda y fallida película de Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud, que antes habían realizado esa joyita de dibujos animados titulada Persépolis, en la que la iraní Satrapi ajustaba cuentas con su duro pasado, con la asfixia que impone el fundamentalismo, con los desgarros del exilio. En esta ocasión describen con escasa gracia la depresión de un virtuoso violinista en el Teherán de finales de los años cincuenta.

En cuanto a la griega Alpis dirigida por Yorgos Lanthimos, transcurre una hora sin que tengas la menor idea de lo que pretende contarte, ataviada con el tono plúmbeo de cierto cine de autor. Si tu paciencia aguanta hasta ese momento, descubres que esos personajes que dicen y hacen cosas muy raras, en realidad se dedican a sustituir por dinero a personas que han muerto, a un juego macabro en el que adoptan la personalidad de los difuntos ante unos familiares que no quieren resignarse a la pérdida y se sienten aliviados con esta farsa. El tema tal vez sea original, pero el desarrollo de esa idea es tan confuso como aburrido.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 4 de septiembre de 2011