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COLUMNA

Los mitos de la Guerra Civil

La Universidad Complutense de Madrid ha celebrado en El Escorial del 18 al 22, en el LXXV aniversario del Alzamiento, un curso, dirigido por el profesor Ángel Viñas, sobre Los mitos de la Guerra Civil, afirmaciones que durante muchos años se han venido repitiendo como indiscutidas, y que en parte siguen coleando, alimentadas por la corriente publicística revisionista o neofranquista. El primer mito era el de la fecha emblemática del 18 de julio. Viñas, ampliando lo dicho en su libro La conspiración del general Franco y otras revelaciones acerca de una Guerra Civil desfigurada (Crítica 2011), ha demostrado que todo empezó el 16, cuando Franco hizo asesinar al general Amado Balmes, gobernador militar de Gran Canaria, por no sumarse al golpe.

Tema recurrente en la vieja historiografía franquista es el de la violencia desatada durante la República

Se decía que Balmes sufrió un accidente mortal cuando se le atascó una pistola y al tratar de desencasquillarla apretándola contra su vientre se le disparó. Pero esto no le pasaría ni al más inexperto recluta. Viñas ha descubierto que hicieron desaparecer la autopsia y el expediente abierto por el accidente. Habló también del trabajo metódico de intoxicación, por parte de la trama monárquica, de la opinión internacional, principalmente la británica, con el espantajo de la revolución.

Fue fatal para la República, según señaló Fernando Puell, la confianza de Azaña y Casares Quiroga en que el golpe, del que tenían noticias, fracasaría como el de Sanjurjo en 1932. No sabían el alto grado de organización a que Mola había llegado.

Tema recurrente en la vieja historiografía franquista es el de la violencia desatada durante la República, que exigió una intervención militar para restablecer el orden. Siempre se cita el famoso alegato de Calvo Sotelo en las Cortes, con su estadística de atentados e incendios. Pero José Luis Ledesma, con datos precisos, hizo ver que los pistoleros a sueldo de las derechas fueron más mortíferos que los de las izquierdas, y más numerosas aún fueron las víctimas producidas al reprimir las fuerzas de orden público los desórdenes. La propaganda franquista inventó unos documentos de un supuesto complot comunista, al que el alzamiento no habría tenido más remedio que anticiparse. En realidad la presencia comunista en España era mínima, incluso después de las elecciones de febrero de 1936, y la consigna de la Komintern no era revolucionaria sino de Frentes Populares, o sea alianza con todas las fuerzas democráticas contra la oleada de los fascismos. Julio Aróstegui expuso el verdadero alcance de las reformas republicanas y Fernando Hernández Sánchez explicó que, habiendo sido universalmente reconocida, tras la magistral demostración de Southworth, la falsedad de aquellos documentos, últimamente los revisionistas, en vez de hablar del peligro comunista, blanden el peligro socialista, el de la retórica revolucionaria de Largo Caballero, como un modo de apuntar indirectamente a Zapatero.

Por mi parte insistí en que la motivación religiosa no figuraba entre las iniciales del alzamiento, sino que se les añadió después para maquillar el golpe militar ante la opinión nacional e internacional. El episcopado español no estaba implicado en la revolución, pero se le sumó con entusiasmo hasta declararla cruzada. Con todo, ningún Papa ha aplicado tal calificativo a la Guerra Civil. En cambio, era tema recurrente entre los levantiscos, como expuso Xosé Manuel Núñez Seixas, el riesgo de desmembración de España por los nacionalismos y los estatutos de autonomía.

Pero el más peligroso de todos los mitos de la Guerra Civil es el de que fue inevitable, porque pretende absolver de su responsabilidad a los que la desencadenaron. A este mito se dedicó la última mesa redonda, que llegó a la conclusión unánime de que por graves que fueran los problemas y explosivas las tensiones en la primavera de 1936, que se daban también en casi todos los países de Europa, no habría estallado la guerra fratricida si Mola y sus compinches no hubieran prendido fuego a la mecha.

Hilari Raguer es historiador y monje de Montserrat.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 30 de julio de 2011