El cirujano y el carnicero
El próximo 11 de septiembre se cumplen 10 años. Obama está cerrando la década perdida que empezó entonces. Perder una década no es moco de pavo. Luego no se recupera. Y además, cuando alguien la pierde, otros la ganan. Con las decisiones que se tomaron alrededor de aquella fecha, quienes rodeaban a George W. Bush, el presidente de las dos guerras en Asia, creían que abrían las puertas a lo que sería "el siglo americano". Ahora hay otro presidente, Barack Obama, que intenta remendar el estropicio, con 6.000 soldados estadounidenses muertos, tres billones de dólares gastados y mediocres avances geoestratégicos en el Gran Oriente Próximo que se quería democratizar a cañonazos; pero no tiene más remedio que aceptar los límites del poder americano en el mundo y la desgana de sus compatriotas, vista la amarga experiencia, a la hora de seguir implicados en aventuras bélicas lejos de casa. Primero con la salida de Irak y ahora con la de Afganistán.
Esta última guerra empezó casi automáticamente, con todos los requisitos y apoyos, en respuesta legítima a los ataques de Al Qaeda contra Nueva York y Washington. Pero no era la guerra que a Bush y sus neocons les apetecía. Irak y Sadam Husein eran más interesantes. De manera que después de una vino la otra, sin dejar la faena terminada. Irak implicó abandonar recursos dedicados a Afganistán. Fue la guerra de Bush. Obama, que se opuso a la de Irak, tuvo que hacer suya la de Afganistán, incrementando esfuerzos y tropas, aunque con resultados de parecido calibre.
Son guerras que empiezan, no hay duda, pero no tienen desenlace claro como antaño: victoria para unos, derrota para otros. Lo único que se produce es una mutación en las características y objetivos bélicos que permite declarar el fin de las hostilidades y retirar las tropas. El balance queda para la opinión y la política. En Irak muchos verán una victoria de Irán, mientras que otros se la adjudicarán a la democracia; y otros dirán que estos 10 años han sido ganados como contribución a la seguridad de Israel. En Afganistán, el régimen corrupto de Karzai, la persistencia de los talibanes y la deriva inquietante de Pakistán no permite tampoco lanzar las campanas al vuelo; pero la liquidación de Bin Laden y la acción mortífera de los drones sobre los dirigentes terroristas sí conduce a declarar cumplida la misión.
Una vez terminadas, aunque de mala manera, los amigos y defensores de Bush pueden decir que a Estados Unidos nadie se la juega sin pagar la factura. El mismo mensaje, a escala más pequeña y precisa, también lo da Obama a propósito de Bin Laden. El primero fue el gran carnicero que dejó el mundo lleno de cadáveres y salpicado de sangre, y el segundo, el modesto cirujano que cura y sutura las heridas de estos 10 años infames. Ambos son emblemas convincentes de sus respectivas épocas.
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