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Crítica:Cine | 64º Festival de Cannes

Gus Van Sant se pone lírico... en vano

Se supone que toda la gente que se dedica al cine, independientemente de que su principal objetivo sea crear arte riguroso o bien llenar las salas con espectáculos a la medida de un público masivo, desean que sus criaturas se exhiban en la opulenta plataforma publicitaria y el prestigio que representa el Festival de Cannes. Este se puede permitir la elección de los productos más distinguidos en la cosecha anual, aunque esos criterios selectivos sean discutibles, caprichosos, estratégicos o simplemente marcianos en algunas ocaciones. Cannes intenta combinar los descubrimientos exóticos con los valores consagrados, la vanguardia y el clasicismo. Y por supuesto ofrece invitación permanente a autores ancestralmente mimados por esta casa, nombres que tienen garantizado el estreno de su última obra aunque no haya sido bendecida por el estado de gracia.

El pretencioso y vacuo director siempre dispone del amor de este festival

En sus mejores momentos, 'Restless' es cansina; en los peores, ridícula

En esta edición apabulla la cantidad de firmas ilustres (lo cual no equivale a que su cine te apasione, pero todos ellos están en posesión de notables honores académicos) que figuran en la Sección Oficial, carreras que Cannes ha laureado con sus premios más trascendentes en numerosas ocasiones.

El director norteamericano Gus Van Sant siempre ha dispuesto del amor de este festival. Por ello, te sorprende que su película Restless no figure en la golosa sección competitiva, la que otorga la codiciada Palma de Oro, sino que haya sido relegada a la sección Una cierta mirada, destinada como su titular indica a curiosidades con cierta personalidad, con presumible encanto. Van Sant se las ha ingeniado siempre para saber moverse simultáneamente en el Hollywood más convencional con películas realizadas a gusto de la gran industria y también en el cine experimental, con sello de autoría, estilo identificable, vocación hipermoderna. En su segunda y aclamada faceta a mí solo ha logrado deslumbrarme en Drugstore cowboy, la mejor película que he visto nunca sobre el submundo de las drogas. El resto me parece tan pretencioso como vacuo, acompañado de una narrativa irritantemente obsesionada por presumir de originalidad en cada plano. Pero la impostura con ínfulas intelectuales siempre goza de un distinguido y minoritario mercado.

A la media hora de Restless entiendo los motivos de que Cannes haya relegado a uno de sus niños terribles a una sección desfavorecida, que le estrene de tapadillo. En esta ocasión Van Sant no va de psicologismo inane y sociología retorcida como en las insoportables Last days (supuesta y dormitiva crónica del vértigo suicida de Kurt Cobain) y Elephant (retrato ininteligible de la matanza que perpetran en su instituto dos adolescentes tarados), sino que intenta ponerse romántico describiendo el intenso amor entre una cría con cáncer terminal y un chaval obsesionado con la muerte de sus padres que practica la necrofilia colándose en cualquier funeral de gente desconocida y cuya soledad está atenuada por la compañía que le hace y los consejos que le ofrece un fantasma que se ha inventado, aviador japonés y kamikaze.

Todo obedece al despropósito en esta película supuestamente lírica. Los defensores del tono vanguardista de Gus Van Sant lo tienen crudo para encontrar la profundidad y la lucidez de algo con factura cursi que en demasiados momentos parece un relamido spot publicitario. De acuerdo en que esta apasionada pareja adolescente es muy rarita, pero eso no garantiza que su problemático amor, su agónica felicidad y su definitiva tragedia te afecten lo más mínimo. En sus mejores momentos Restless es cansina y en los peores, exclusivamente ridícula.

No había visto ninguna película de la directora escocesa Lynne Ramsay, pero tampoco intuyo que me haya perdido algo excepcional constatando el manierismo y la cargante voluntad artística que caracteriza a We need to talk about Kevin (Tenemos que hablar de Kevin). El tal Kevin es una criatura profundamente cabrona desde su niñez que va a explotar su capacidad para sembrar el mal en la adolescencia cargándose gratuitamente a sus compañeros de colegio y a las personas más cercanas.

Nos cuentan la evolución del futuro asesino en serie desde el punto de vista de la aterrorizada madre, consciente de que ha parido a un monstruo pero embargada por el sentimiento de culpa al sentirse responsable de no haberle comprendido. El tema es fuerte pero la directora está tan preocupada por construir imágenes retorcidas y sonidos sofisticados que revelen su inmensa personalidad narrativa que se olvida de potenciar y hacer creíble el morboso argumento, prescinde de las claves en conducta tan patológica y siniestra para dedicarse a un cargante ejercicio de estilo. Tiene a su favor a esa actriz tan dotada para componer personajes ambiguos, turbios y enfermizos llamada Tilda Swinton, pero no es suficiente para que mantengas el interés sobre el niñato diabólico y los tormentos de su impotente madre.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 13 de mayo de 2011