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Crítica:

El oro de la cámara

La Cámara de Oro del Festival de Cannes es un prestigioso premio, otorgado a la mejor primera película del certamen, que, sin embargo, no siempre despierta el interés de las distribuidoras españolas para su estreno en nuestras pantallas. Así, en la última década, hemos disfrutado de las excelentes 12:08, al Este de Bucarest, de Corneliu Porumboiu, y Tú, yo y todos los demás, de Miranda July, mientras, por ejemplo, quedaban inéditas las magníficas Hunger, de Steve McQueen, Reconstruction, de Cristoffer Boé, y El tiempo de los caballos borrachos, de Bahman Ghobadi. Este año, por suerte, ya tenemos en nuestros cines Año bisiesto, notable película mexicana dirigida por Michael Rowe, dramaturgo australiano afincado en el país americano, un sórdido drama sobre la soledad, la adicción al sexo, la autoflagelación y la desesperanza provocada por las heridas del pasado, que aunque parezca ser heredera del reciente cine de su contemporáneo Carlos Reygadas, también podría entroncar con las miserias mentales retratadas por Arturo Ripstein y, más atrás, el gran Buñuel de la etapa mexicana.

AÑO BISIESTO

Dirección: Michael Rowe.

Intérpretes: Mónica del Carmen, Gustavo Sánchez Parra, Marco Zapata, Armando Hernández.

Género: drama. México, 2010.

Duración: 92 minutos.

A base de planos fijos de larga duración (apenas hay un puñado de movimientos de cámara), naturalismo hiperrealista, sexo explícito y la más absoluta cotidianidad (desde el trabajo como periodista autónoma de la protagonista hasta sus suicidas incursiones en el sexo), lo que la aleja en este sentido de la griega Canino, otra película con la que podría emparentarse por su retrato de un microcosmos viciado, Año bisiesto presenta el vía crucis moral de una mujer que tacha los días del calendario como el que aprieta una soga agarrada al cuello. Una película brutal que, en realidad, no es más que una conmovedora historia de amor. Eso sí, menos insólita de lo que se pretende. De hecho, el parecido en el fondo y en la forma con Somewhere, la también inédita en España (¿por qué?) última película de Sofia Coppola, es tan sorprendente que los planos finales de ambas, enmarcados en un sutil gesto del protagonista poco abierto a la interpretación, son exactamente iguales en su significado narrativo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 29 de abril de 2011