PUNTO DE OBSERVACIÓN | OPINIÓN
Columna
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Son exactamente 27.700

El 8 de abril de 2011, un portavoz de la ONU informó de que miles de refugiados de Costa de Marfil continúan llegando a los países vecinos. "La mayoría, unos 135.000, han sido acogidos en Liberia, cuyo Gobierno, siguiendo su tradición, no los ha internado en campamentos, sino que los ha distribuido entre distintos poblados", explicaba un comunicado oficial.

El 24 de marzo, el ministro italiano del Interior se reunió con sus 26 colegas de la Unión Europea (UE) para pedir solidaridad ante la "crisis" desencadenada por la llegada de "decenas de miles" de libios que huyen de la guerra en su país. Si se leen con cuidado los gráficos y estadísticas que acompañan esas informaciones, publicadas en toda la prensa europea, se comprueba que hasta la fecha han llegado a Italia 27.700 refugiados procedentes del norte de África. Cierto que al estar todos juntos en los campos de acogida levantados en la pequeña isla de Lampedusa (20 kilómetros cuadrados y 5.000 habitantes habituales) y no repartidos por Italia (60 millones de habitantes) parecen muchos, pero los medios de comunicación deberíamos ayudar a que impere la sensatez y traducir con toda la exactitud que podamos las "decenas de miles" de las que se habla con tanta alarma. Repitamos: son, hasta el momento, 23.000 tunecinos y 4.700 libios los que han intentado, y logrado, llegar a Italia, es decir, a la Unión Europea.

Es el nacionalismo el que se está escondiendo detrás de la alarma antiinmigración y lo que infecta a Europa

La comparación con la crisis de Costa de Marfil no pretende ser demagógica ni ocultar la realidad del pánico europeo, sino situar lo que está ocurriendo en sus justos términos: nadie, ni en Italia, ni en Francia, ni en España, está haciendo frente, ni por lo más remoto, a una crisis humanitaria provocada por la huida hacia nuestras fronteras de millones, centenares de miles, ni tan siquiera decenas de miles de refugiados del norte de África. La misma semana en la que el ministro Roberto Maroni profetizó la catástrofe llegaron a Lampedusa 700 libios y más de 6.000 cruzaron la frontera... hacia Egipto, según datos de la Organización Internacional para las Migraciones.

Lo que está sucediendo es que la inmigración se ha convertido ya en una de las áreas más importantes, quizá vital, de la política interna de la mayoría de los países que componen la UE. "Recuerdo cuando la inmigración no era el asunto central de la vida en nuestra sociedad y quiero que volvamos a ese punto", aseguró el primer ministro británico, el conservador David Cameron, el pasado día 14 ante el congreso de su partido. Al mismo tiempo, Cameron dedicó al tema nada menos que un discurso de seis folios (texto íntegro en http://www.bbc.co.uk/news/uk-politics-13083781).

Es muy probable que todo el pánico creado en la Unión Europea no sea consecuencia del aumento real y desproporcionado de la inmigración, sino la primera derivada de un problema interno europeo que tiene sus profundas y terribles raíces en nuestra propia historia, y no en lo que ocurre en Libia: el nacionalismo. Lo que estamos presenciando, nos guste reconocerlo o no, es un renacido galope del nacionalismo más clásico y demoledor. Y va a ser el nacionalismo, y no la inmigración, lo que termine pudriendo la vida política europea.

Es el nacionalismo húngaro, el nacionalismo del "verdadero" finlandés (que odia probablemente más a los suecos que a los somalíes), el nacionalismo francés y, sobre todo, el nacionalismo alemán el que se está escondiendo detrás de la alarma antiinmigración. Es el nacionalismo lo que está infectando, de nuevo y para nuestra desgracia, el corazón de Europa. Basta con ver los mapas sobre el avance del pensamiento ultranacionalista que elabora la muy sensata The Economist: una vez más, una crisis económica se está llevando por delante el pensamiento europeísta y desvelando la peor cara de quienes reclaman preservar la "nacionalidad" porque no se atreven, todavía, a proclamar directamente su arriesgada idea de nación soberana.

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