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Un recital de otra galaxia

Pensábamos algunos que el concierto del Cuarteto Arditti en el ciclo musicadhoy con obras de Luigi Nono, Beethoven y Helmut Lachenmann no iba a tener rival en Madrid en el mes de abril en cuanto a calidad y ambición artística. Y en esas llegó Grigori Sokolov, y puso todas las valoraciones jerárquicas patas arriba. Curioso personaje. El pianista ruso ha navegado siempre a contracorriente y lo seguirá haciendo. No le queda otro remedio. Sus recitales los prepara a conciencia, al margen de las leyes de mercado. Ya lo hacía cuando lo descubrió Yolanda Skura para el desgraciadamente desaparecido sello Opus 111. El tiempo pasa pero él sigue manteniendo su estilo, incluso en la puesta en escena. De andares rígidos, no suelta una sonrisa aunque las aclamaciones a su trabajo sean estruendosas. De aspecto robótico, es lo más alejado de los valores mediáticos que uno se pueda imaginar. Y sin embargo empieza a tocar el piano y ya no tose nadie, embrujados los espectadores al límite con una manera de ser y de estar.

GRIGORI SOKOLOV

Bach: Concierto italiano BWV 971 y Obertura en estilo francés BWV 831. Schumann: Gran Humoresca, op. 20 y Cuatro piezas, opus 32. 16 Ciclo de Grandes Intérpretes. Organizado

por la Fundación Scherzo y patrocinado por EL PAÍS. Auditorio Nacional, 11 de abril.

Empieza a tocar el piano Sokolov y los espectadores quedan embrujados

Pocas veces he visto una manera de concentración musical como la de Grigori Sokolov. Hace cantar a Johann Sebastián Bach con una naturalidad asombrosa. En el concierto italiano, o en la obertura al estilo francés, qué más da. Se acabaron con Sokolov los debates sobre clave o piano, sobre si es más autentico Gustav Leonhardt o más imaginativo Glenn Gould. La personalidad de las interpretaciones de Sokolov es arrolladora, distinta a la de los demás. Destila un gran magnetismo su elaboración del sonido, y su dinámica, y su fraseo, y sobre todo su energía. Y, last but not least, su capacidad de comunicación. Su Bach fue de una cercanía y de un poder de seducción como se escucha pocas veces.

Lo que seleccionó Sokolov de Robert Schumann no es precisamente lo más popular, pero la fuerza y el hechizo de su interpretación, con un romanticismo a su manera, dejó prendado a un auditorio enloquecido que se vio beneficiado por el regalo de seis bises, a cual más atractivo. Si tengo que destacar algo de las propinas, inútil tarea, me quedo con su Chopin. Si tengo que decir qué es lo que mas sorprendió del recital -Bach aparte- opto por la enigmática Gran Humoresca en si bemol mayor opus 20 de Schumann. Pero daba lo mismo lo que tocara. El pianista llegó al final de su recital fresco como una lechuga, sin bajar la guardia en ningún momento, sin perder la sobriedad de su compostura, con la misma expresividad y sentido de la matización con las que comenzó.

Fue un recital transgresor, iluminado, intenso, en los límites de un perfeccionismo que por extraño resulta estratosférico. El pasado jueves Sokolov estuvo con el mismo programa en la Sociedad Filarmónica de Bilbao y el sábado en el Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo. Hoy actúa en Oporto y en el plazo de un mes visita San Petersburgo, Venecia, Oslo, Helsinki o Roma, entre otros lugares, siempre con las obras escuchadas en Madrid. La verdad, nos ha dejado sin respiración. Y es que el concepto de artista adquiere con Sokolov todo su significado y toda su magia.

Grigori Sokolov.
Grigori Sokolov.J. ROVIRALTA

* Este artículo apareció en la edición impresa del jueves, 14 de abril de 2011.

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