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Crítica:

Solo un perro verde

Una comedia española que huye del costumbrismo reinante para adormecerse en brazos de un tono extravagante e insólito cercano al surrealismo. Primer aliciente. Hablada en español, gallego, alemán y francés, pero preferiblemente en ningún idioma, pues uno de sus referentes podría ser el cine mudo de Buster Keaton. Segundo aliciente. Un inicio y un desenlace filmado en animación stop-motion por uno de los mejores cortometrajistas de la especialidad en la última década: Juan Pablo Etcheverry. Tercer aliciente. Crebinsky, debut en el largometraje de Enrique Otero, reciente ganador del premio al mejor guión en Málaga, inspirado en un corto propio de hace nueve años, es una rara avis en el cine español. Y sin embargo, expuesto el planteamiento y los alicientes, toca sacar el lado oscuro: el ritmo secuencial, el narrativo de la acción y el visual de la imagen, acaba con las posibilidades del original engranaje de Otero y Miguel de Lira, coguionista y protagonista.

CREBINSKY

Dirección: Enrique Otero.

Intérpretes: Miguel de Lira, Sergio Cearreta, Luis Tosar, Celso Bugallo, Patricia de Lorenzo.

Género: comedia. España, 2011.

Duración: 90 minutos.

Entre el Kusturica de Gato negro, gato blanco y el Keaton de El navegante, la película juega las cartas de lo inaudito con una historia ambientada durante la II Guerra Mundial en las costas gallegas. Pero incluso a la mayor de las locuras (a no ser que seas los hermanos Marx) hay que otorgarle una estructura, un ritmo adecuado, unos personajes con un objetivo, un simbolismo más o menos trascendente. Y Crebinsky carece de todo ello, disolviéndose como un azucarillo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 8 de abril de 2011