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Crítica:LA PELÍCULA DE LA SEMANA

Niños insomnes, violencia y redención

Durante mucho tiempo he asociado el nombre de la directora danesa Susanne Bier a permanente cine de festivales, a películas que siempre ocupan lugar fijo en ellos y de las que no vuelves a saber nada, o con suerte, encuentran tardía y minoritaria distribución comercial. En bastantes casos entiendo que su recorrido público empiece y termine en ellos, que aunque le lluevan metafísicos elogios a los purísimos autores de tantos insufribles onanismos mentales, el posible comprador de esas obras supuestamente imprescindibles se lo piense largamente a la hora de comprar productos imposibles de amortizar mínimamente, que invitan al estupor y la consecuente huida. En otras ocasiones cuesta entender qué sentido de la lógica impone el desdén hacia ellas y el infinito retraso de su estreno.

EN UN MUNDO MEJOR

Dirección: Susanne Bier.

Intérpretes: Mikael Persbrandt, William Jøhnk Nielsen, Ulrich Thomsen, Trine Dyrholm.

Género: drama. Dinamarca, 2010.

Duración: 119 minutos.

Todo el cine de esta mujer, incluido su muy digno coqueteo con el Dogma, posee transparente personalidad, una capacidad notable para transmitir sentimientos complejos, personajes y situaciones verosímiles, con cuerpo y alma. Y cuando esta directora que siempre parece moverse a su aire, con actores fijos y sin salir de casa, acepta el complicado reto de hacer una película en Hollywood, con las convenciones que este acostumbra a imponer, protagonizada por estrellas como Halle Berry y Benicio de Toro , logra algo tan personal y emocionante como Cosas que perdimos en el fuego, crónica de una dolorosa redención, elegía de la supervivencia cuando el fuego externo e interno, el maldito destino o los demonios del alma ha devastado tantas cosas que alimentaban la existencia.

Susanne Bier retorna a Dinamarca en En un mundo mejor. Para contar algo que bordea la tragedia, el universo en el que mejor se mueve. Pero en este caso los protagonistas son demasiado vulnerables, son niños, humillados y ofendidos al ser elegidos como el patito feo en ese ambiente colegial que puede ser tan cruel como asfixiante, niños insomnes y con atracción hacia el vacío, violentos, introvertidos y traumados, aislados del mundo por las llagas que provoca la pérdida de la madre y la necesidad compulsiva de encontrar culpables de su desdicha. Esa historia sobre la certeza de que algo huele a podrido en la civilizada Dinamarca transcurre paralelamente, con armonioso y terrible sentido, en un campamento de refugiados en Africa, con críos que no han perdido la vitalidad aunque estén familiarizados ancestralmente con el horror, acosados por matones que consideran legítimo y natural el derecho de pernada, ejercer el sadismo y la barbarie con los más débiles.

Todos los planteamientos morales que hace esta película alternativamente sombría y luminosa crean inquietud. Retrata inmejorablemente el poder del caos, la violencia como motor en las relaciones de poder, la tentación de los que la sufren de responder con ella, la dificultad de ordenar la propia vida cuando los fantasmas no dejan de amenazar, la épica labor de educar a los niños, a ese pozo insondable de miedos e incertidumbre, cuando la vida de los adultos está a la deriva.

Imagino que no hay fórmulas ni reglas fijas en las ficciones para conseguir que aflore la lágrima del espectador. Que cada uno llora con lo que le da la gana, aunque el melodrama (incluido el barato, el exclusivamente sensiblero) presuma de conocer las claves para provocar el llanto. En mi caso, que no soy de lágrima fácil, Susanne Bier consigue en algún momento de esta película, al igual que en Cosas que perdimos en el fuego, que se me humedezcan los ojos. Y es una sensación impagable.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 1 de abril de 2011