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Ola de cambio en el mundo árabe | El papel de la oposición

Los Hermanos Musulmanes eluden ser la vanguardia

Los islamistas proponen cooperar con los partidos laicos

La revuelta egipcia es ajena a las banderas y organizaciones tradicionales, y nada llama tanto la atención como la modestia y discreción de los Hermanos Musulmanes. La gran fuerza de oposición al régimen de Hosni Mubarak, ilegal pero ocasionalmente tolerada, utilizada a fondo como espantajo integrista, ha optado por situarse en segundo plano: sus portavoces insisten en que el impulso popular está por encima del movimiento islamista y solo reclaman que se les legalice, se les reconozca y se establezca "un ámbito democrático" en el país.

Mubarak y sus aliados, dentro y fuera de Egipto, han insistido en que la caída del régimen conllevaría inevitablemente el establecimiento de un Gobierno islámico y antioccidental, controlado por los Hermanos Musulmanes. Pero eso es discutible. Los Hermanos han mantenido desde su fundación, en 1928, una relación difícil con el poder. Para empezar, se atienen a la lógica de la umma (la comunidad musulmana), por lo que mantienen una vocación internacionalista y están presentes en más de 80 países.

Tienen mucho de movimiento social y su trabajo en ese sentido (sanidad, educación, etcétera) les ha granjeado simpatías en ámbitos laicos o no especialmente religiosos. No se les encuentra en oficinas de partido, sino en las mezquitas, que estos días se han convertido en hospitales improvisados o en escuelas islámicas.

Su principal ideólogo, Sayyid Qutb, ejecutado por Gamal Abdel Nasser en 1968, es reclamado como suyo por Al Qaeda, pero también por el islam menos ortodoxo y más avanzado socialmente. Los Hermanos forman parte del reformismo dentro de las escuelas suníes musulmanas, es decir, consideran que el Corán debe interpretarse de forma dinámica, de acuerdo a los tiempos presentes y a las circunstancias.

Su moderación no es un camuflaje improvisado, aunque aceptan que el islamismo resulta "una cuestión sensible" y por ello han preferido no colocarse en vanguardia de la revuelta. Solo recomendaron a su gente que participara en las manifestaciones a partir del viernes, cuatro días después de que estallara la rabia popular, y exigieron que cada uno lo hiciera a título personal. Pero también durante la anterior legislatura, en la que Mubarak les permitió obtener como independientes 88 escaños (el régimen amañaba las elecciones al milímetro), sus diputados se hicieron notar por su honestidad y sensatez. Si la moderación es una simple táctica, llevan mucho tiempo desarrollándola.

Salvando las enormes distancias, el papel que juegan en estos momentos los Hermanos Musulmanes guarda parecido con el que jugó el Partido Comunista en España durante la Transición. Proponen unidad y reconciliación, se declaran dispuestos a cooperar con partidos laicos y liberales y reclaman, como el conjunto de la multitud, libertad y justicia. Diversos expertos, como el profesor Ibrahim Awan, de la Universidad Americana de El Cairo, consideran que su importancia como principal fuerza de oposición a la dictadura se vería reducida en un contexto democrático: "Podrían obtener un 20% o hasta un 30% de los diputados en unas elecciones libres; podrían ser influyentes en un Parlamento atomizado, pero de ninguna forma alcanzarían ningún tipo de hegemonía". "Cuando exista libertad de elección, el denominador común de la religión se verá superado por intereses más concretos", añade el profesor.

Los Hermanos Musulmanes, suníes, carecen del ansia de revancha social de movimientos chiíes como Hezbolá (los chiíes componen históricamente el estrato más bajo de las sociedades de Oriente Próximo) y de la capacidad de erigirse en resistencia contra el invasor israelí esgrimidos por Hezbolá en Líbano o por los suníes palestinos de Hamás.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 2 de febrero de 2011