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Reportaje:REPORTAJE

Los jinetes del Frío

Tres días helados en Valladolid. 25.000 máquinas rugiendo. Así es Pingüinos, una de las grandes reuniones moteras del mundo.

El umbral solo se puede cruzar en moto o a pie. Son las reglas. Al otro lado, los jirones de humo surgen de la tierra como fumarolas. El olor espeso de las hogueras y los tubos de escape se mezcla en el ambiente y se impregna en la ropa. A ambos flancos, cientos de motocicletas aparcadas y de pilotos con el casco en la mano forman una avenida como de otro planeta, de otro tiempo, parecen salidos de la cúpula del trueno. Poco a poco se diseminan por el pinar, levantan su tienda, hacen acopio de madera, arrastran los troncos por el barro con una cuerda atada a su vehículo. El pino húmedo chasca al prender. Comienza a caer la noche y a correr la cerveza en torno al fuego; la panceta se dora entre las brasas, hay risas y bramidos metálicos; faros que cruzan de un lado a otro. Baja la temperatura. Nadie se quita el mono de carretera ni las bragas del cuello ni las botas. El fango trepa por la pernera. El ambiente hace pensar en las hordas a las puertas de Roma, descansando antes de entrar en batalla. Comunión, hermandad y testosterona. Bienvenidos a Pingüinos, la mayor concentración motera del mundo durante el invierno, según los organizadores. Un viaje para iniciados donde unos y otros se reconocen, más que por la cara, por el modelo y el estruendo de sus máquinas. Sucede desde hace 30 años a las puertas de Valladolid. La última edición, entre el 6 y el 9 de enero, congregó a 25.000 jinetes. Tres días sobre la tierra gélida de Puente Duero, a orillas del río.

Hay mucho humo, mucho ruido y, sobre todo, sentimiento de grupo. "Todo el mundo arrima el hombro"

Tejen la red en Internet. Planean quedadas. Surgen peñas y amistades. "Se trata de viajar, conocer gente"

La concentración, como cada año, comenzó con 12 campanadas en la medianoche del viernes. "¡Feliz año motero!", se desearon con 12 piñones, mientras Fonsi Nieto preguntaba desde el escenario: "¿En qué otro país sucede esto?". Poco después, surgieron del humo los Barón Rojo, calvos y canosos, y miles de gargantas corearon el estribillo con precisión: "Maloooo, ser el maaaalo"; más como una pose, que por rubricar un estilo de vida. Pingüinos "no es Cheste ni una discoteca". El frío templa los ánimos. No hay avenidas con locos haciendo caballitos, ni piques ni carreras ni macarras de postín (o al menos no se prodigan). Hay mucho humo y mucho ruido, y sobre todo sentimiento de grupo. "Todo el mundo arrima el hombro. Esto es como una verbena antigua, con motos en lugar de caballos", dice Francisco Vila Plana, 45 años, moviendo su barba poblada; se ha venido solo desde Sevilla a lomos de su Yamaha Dragstar, con un saco de dormir y ese "sentimiento de libertad" como del Lejano Oeste.

Cuenta Mariano Parellada, uno de los padres de la reunión y presidente de la asociación Turismoto, que la clave del éxito de Pingüinos consiste en que lo ponen "difícil". Los moteros han de vencer la pereza hogareña, el embobamiento navideño y rodar hasta el lugar, cruzando puertos y chaparrones y nieve. Siempre se celebra a principios de año, cuando las nubes amenazan con ese color de panza de burro. "Los pingüineros llegan aquí con la sensación de haber superado una prueba", dice este hombre de 54 años, fibroso y con talla de piloto. Los reciben con un carajillo y un caldo caliente. "Al principio, los saludábamos personalmente, abrazándonos al cuero frío". Pero la reunión "familiar" comenzó a crecer hasta convertirse en un festival de referencia en Europa.

La primera edición se celebró en 1982 en Herrera de Duero. Congregó a 320 personas y registró una temperatura mínima de -4,2 grados. En 1986 alcanzaron los -15 grados (récord sin batir), y aun así siguieron creciendo. La concentración se fue haciendo mayor de edad a medida que iban entrando en el mercado español las motos japonesas. Yamaha, Suzuki, Kawasaki. La democratización de las dos ruedas, la fiebre motera. En 2008, con una temperatura agradable que apenas cruzó el umbral de congelación, rozaron los 30.000 inscritos. Por eso, quizá, en Pingüinos se habla constantemente del tiempo. Todos consultan los partes meteorológicos y se recuerdan heroicidades pasadas: aquella vez en la que los neumáticos se hundían en la nieve o aquella otra del barro hasta las orejas; se exhiben como galones chapas y parches de otros años. La filosofía de Pingüinos, dice Parellada, se puede resumir en una imagen: "Las hogueras, con chorizos al atardecer". "Aquí uno viene a compartir y a juntarse con otros compañeros". El frío, el agua y la nieve se combaten con fuego y dosis racionadas de adrenalina. El sábado, por ejemplo, tiene lugar uno de los actos de máxima expresión tribal: miles de motos peregrinan en piña hasta Valladolid. Parellada lidera esta especie de desfile del orgullo motero. "Aún se me ponen los pelos de punta".

No es para menos. La riada de motocicletas se pierde en el horizonte. Los cascos reflejan el sol de mediodía como una playa de cantos rodados. El calor de los motores hace serpentear la visión. Los pilotos surgen de sus guaridas y se aprietan los unos a los otros, confluyen en la avenida central del recinto esperando la señal de salida. Pitan y bufan y escupen una humareda. Se miran unos a otros y curiosean sus vehículos y sus insignias. Durante el desfile de banderas, así lo llaman, las peñas y asociaciones exhiben sus emblemas. Por ahí andan un par de miembros de Ángeles Guardianes, una agrupación formada por policías y guardias civiles. "No nos llevamos muy bien con los Ángeles del Infierno", dice uno.

De pronto, el zumbido se vuelve constante, se multiplica y sobrecoge. El gusano de chapa comienza a desplazarse. La procesión no supera los 50 kilómetros por hora. Se atasca en las rotondas, se estira en las rectas. A la entrada de Valladolid, los niños saludan en las aceras. El desfile no tiene otro sentido que el de circular en masa y compartir un aperitivo antes de volver al campamento con el atardecer. Cada esquina de la capital se convierte en un escaparate de Harleys y Suzukis, sidecars, motos de cross y de paseo. Algunos aprovechan y compran patatas para asar en la hoguera. Todo transcurre con un orden inusitado. El compañerismo inmaculado flota en un pequeño gesto: un piloto olvidó las llaves puestas en su vehículo; al volver, dos horas después, las encontró en el mismo sitio. Alguien las había cubierto con un papel para ocultarlas a la vista.

Ya en el pinar, un grupo de eslovenos disfrutan al calor de una pira. Han recorrido 2.250 kilómetros en dos días para llegar a Valladolid. De vuelta pasarán por otras citas en Francia e Italia. El grupo organiza un festival motero en Eslovenia, con unas 3.000 o 4.000 personas. Su lumbre calienta un puchero de vino. Roland, de 37 años, trabajador en una fábrica, se justifica: "El motociclismo es mi vida". Su amigo sonríe: "Motos, sexo y rock and roll". Luego la conversación se embrolla en si hay o no "muchas mujeres" en Pingüinos. No se ven demasiadas a los mandos; pero ahí está Mireia Reglero, 21 años, premiada con un Pingüino de Oro por ser la piloto venida desde más lejos (Málaga). No se ha perdido un festival desde los 12. "Esto es para ver el mogollón de gente", dice. "Y para poner cara a algunos amigos de los foros".

Desde hace años, la hermandad motera se mueve en Internet. Planean quedadas en San Sebastián o en Palencia. Tejen su red, surgen peñas, asociaciones, amistades. Lo único indispensable es amar la carretera. "Pero, al final, lo de las motos es lo de menos", dice el piloto de una Aprilia Mille que engatusa las miradas. "Esto es una excusa como otra cualquiera". Se trata de viajar, conocer gente, compartir un trago. Lo cuenta el domingo de madrugada, sentado en uno de los chiringuitos, tras el desfile de antorchas, quizá el momento más emotivo de Pingüinos: un tributo a los compañeros caídos ese año. Los moteros surgen de la oscuridad rodeados de un halo de humo, entre luces rojas y anaranjadas, como espectros que acabaran de visitar el infierno. Cruzan un puente de piedra. Se paran y hacen llorar sus motores. Uno de ellos quema rueda, acelerando con el freno engatillado. Un islote de caucho borbotea en la carretera cuando se marcha.

Poco después, los mismos espectros, con sus chupas de cuero, parches y botas, forman un animado trenecito bajo el escenario. Javier Gurruchaga canta Viaje con nosotros y miles de moteros guardan el carné de "malo" y tararean este otro estribillo verbenero como un himno. A lo lejos, las hogueras humean casi extintas. La temperatura ronda los dos grados.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 30 de enero de 2011