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EL TRIUNFO DEL ESPAÑOL | LA OBRA

La maldad

El premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa selecciona, en exclusiva para 'El País Semanal', dieciséis fragmentos de su nuevo libro. 'El sueño del celta' (Alfaguara) es un conmovedor relato sobre la maldad que estará a la venta a partir del 3 de noviembre.

A diferencia de los animales, que sólo matan para alimentarse o defenderse, el hombre mata también por codicia, por celos, por envidia, por apetito de poder, por fanatismo, prejuicio, racismo, estupidez o una inclinación irracional de su ser a destruir y hacer daño a los otros. Eso es el mal. Su origen es controvertido y sus manifestaciones en la vida privada y pública de sociedades y naciones son infinitas. Los creyentes presumen que nació con el pecado original, aquella culpa y castigo con que se inicia la vida en el paraíso terrenal. Los no creyentes lo llaman la pulsión o instinto tanático, atracción por la muerte que se disputaría con el eros, el amor a la vida, el alma de los seres humanos. En todo caso, sea cual fuere su fuente, el mal siempre ha estado ahí, irredimible, indiferente al progreso material y científico, incansable en la civilización y en la barbarie, sembrando dolor, frustración, odio y muerte a lo largo de la historia. Roger Casement (1864-1916) conoció el mal de manera directa y profunda en el África y en la Amazonía, durante la época del caucho, lo denunció con energía y lo combatió con coraje inigualable a lo largo de su vida, convencido de que podía ser erradicado, y que la historia humana podía ser una historia de concordia y de paz. (Murió ahorcado).

Leopoldo II: farsante redentor

Años después, en la duermevela visionaria de la fiebre, se ruborizaba pensando en lo ciego que había sido. Ni siquiera se daba bien cuenta, al principio, de la razón de ser de aquella expedición encabezada por Stanley y financiada por el rey de los belgas, a quien, por supuesto, entonces consideraba -como Europa, como Occidente, como el mundo- el gran monarca humanitario, empeñado en acabar con esas lacras que eran la esclavitud y la antropofagia y en liberar a las tribus del paganismo y las servidumbres que las mantenían en estado feral.

Todavía faltaba un año para que las grandes potencias occidentales regalaran a Leopoldo II, en la Conferencia de Berlín de 1885, ese Estado Independiente del Congo de más de dos millones y medio de kilómetros cuadrados -ochenta y cinco veces el tamaño de Bélgica-, pero ya el rey de los belgas se había puesto a administrar el territorio que iban a obsequiarle para que ejercitara con los veinte millones de congoleses que se creía lo habitaban, sus principios redentores.

"De la durísima piel del hipopótamo podía fabricarse un látigo más resistente y dañino que los de las tripas de equinos y felinos, (...) capaz de producir más ardor"

"Todas tienen sirvientitas. Esclavas, en realidad. Trabajando día y noche, (...) además de servir para la iniciación sexual de los hijos de la familia"

"Hágales entender lo que son leyes y reglamentos a esos animales en dos patas. (...) Es más fácil hacer entender las cosas a una hiena o a una garrapata que a un congolés"

"Enumeraba los distintos tipos de castigo a los indígenas (...): latigazos, encierros en el cepo o potro de tortura, corte de orejas, de narices, de manos y de pies..."

"Sentía un dolor vivísimo en el cuerpo y le pareció imposible que un ser humano resistiera horas esa postura y esa presión en espalda, estómago, pecho, piernas..."

Abalorios y palotes

Porque, en todas las aldeas donde llegaba la expedición de 1884, después de repartir abalorios y baratijas y luego de las explicaciones consabidas mediante intérpretes (muchos de los cuales no llegaban a hacerse entender por los nativos), Stanley hacía firmar a caciques y brujos unos contratos, escritos en francés, comprometiéndose a prestar mano de obra, alojamiento, guía y sustento a los funcionarios, personeros y empleados de la AIC en los trabajos que emprendieran para la realización de los fines que la inspiraban. Ellos firmaban con equis, palotes, manchas, dibujitos, sin chistar y sin saber qué firmaban ni qué era firmar, divertidos con los collares, pulseras y adornos de vidrio pintado que recibían y los traguitos de aguardiente con que Stanley los invitaba a brindar por el acuerdo.

La plaga humana

La Force Publique se enquistó, como un parásito en un organismo vivo, en la maraña de aldeas diseminadas en una región del tamaño de una Europa que iría desde España hasta las fronteras con Rusia para ser mantenida por esa comunidad africana que no entendía lo que le ocurría, salvo que la invasión que caía sobre ella era una plaga más depredadora que los cazadores de esclavos, las langostas, las hormigas rojas y los conjuros que traían el sueño de la muerte. Porque soldados y milicianos de la Fuerza Pública eran codiciosos, brutales e insaciables tratándose de comida, bebida, mujeres, animales, pieles, marfil y, en suma, de todo lo que pudiera ser robado, comido, bebido, vendido o fornicado.

El chicote

¿Quién inventó ese delicado, manejable y eficaz instrumento para azuzar, asustar y castigar la indolencia, la torpeza o la estupidez de esos bípedos color ébano que nunca acababan de hacer las cosas como los colonos esperaban de ellos, fuera el trabajo en el campo, la entrega de la mandioca (kwango), la carne de antílope o de cerdo salvaje y demás alimentos asignados a cada aldea o familia, o fueran los impuestos para sufragar las obras públicas que construía el Gobierno? Se decía que el inventor había sido un capitán de la Force Publique llamado monsieur Chicot, un belga de la primera oleada, hombre a todas luces práctico e imaginativo, dotado de un agudo poder de observación, pues advirtió antes que nadie que de la durísima piel del hipopótamo podía fabricarse un látigo más resistente y dañino que los de las tripas de equinos y felinos, una cuerda sarmentosa capaz de producir más ardor, sangre, cicatrices y dolor que cualquier otro azote y, al mismo tiempo, ligero y funcional, pues, engarzado en un pequeño mango de madera, capataces, cuarteleros, guardias, carceleros, jefes de grupo, lo podían enrollar en su cintura o colgarlo del hombro, casi sin darse cuenta que lo llevaban encima por lo poco que pesaba. (...)

La excepción era ese muchacho, casi un niño, tumbado en el suelo, con las manos y pies atados a unas estacas, sobre cuyas espaldas el teniente Francqui descargaba su frustración a chicotazos. Generalmente, los azotes no los daban los oficiales sino los soldados. Pero el teniente se sentía sin duda agraviado por la fuga de todo el pueblo y quería vengarse. Rojo de ira, sudando a chorros, daba un pequeño bufido a cada chicotazo. No se inmutó al ver aparecer a Roger y su grupo. Se limitó a responder a su saludo con una inclinación de cabeza y sin interrumpir el castigo. El chiquillo debía haber perdido el sentido hacía rato. Su espalda y piernas eran una masa sanguinolenta y Roger recordaba un detalle: cerca del cuerpecillo desnudo desfilaba una columna de hormigas.

Conrad en el Congo

-Ya veo que la selva no ha sido clemente con usted, Conrad. No se alarme. La malaria es así, tarda en irse aunque hayan desaparecido las fiebres.

Conversaban en una sobremesa, en la terraza de la casita que era hogar y oficina de Roger. No había luna ni estrellas en la noche de Matadi, pero no llovía y el runrún de los insectos los arrullaba mientras fumaban y daban sorbitos a la copa que tenían en las manos.

-Lo peor no ha sido la selva, el clima este tan malsano, las fiebres que me tuvieron en una semiinconsciencia cerca de dos semanas -se quejó el polaco-. Ni siquiera la espantosa disentería que me tuvo cagando sangre cinco días seguidos. Lo peor, lo peor, Casement, fue ser testigo de las cosas horribles que ocurren a diario en ese maldito país. Que cometen los demonios negros y los demonios blancos, a donde uno vuelva los ojos. (...)

-Conrad decía que, en el Congo, la corrupción moral del ser humano salía a la superficie. La de blancos y negros. A mí, El corazón de las tinieblas me desveló muchas veces. Yo creo que no describe el Congo, ni la realidad, ni la historia, sino el infierno. El Congo es un pretexto para expresar esa visión atroz que tienen ciertos católicos del mal absoluto.

Piernas, nalgas y espaldas

El local estaba atestado. Mientras recorrían las hamacas, camastros y esteras donde yacían los pacientes, Roger le preguntó con toda intención por qué había tantas víctimas de heridas en las nalgas, piernas y espaldas. Miss Hailes lo miró con indulgencia.

-Son víctimas de una plaga que se llama chicote, señor cónsul. Una fiera más sanguinaria que el león y la cobra. ¿No hay chicotes en Boma y en Matadi?

-No se aplican con tanta liberalidad como aquí.

Mutilaciones

-Y, si quiere usted saber por qué hay tantos congoleses con vendas en las manos y en sus partes sexuales, también se lo puedo explicar -añadió Lily de Hailes, desafiante-. Porque los soldados de la Force Publique les cortaron las manos y los penes o se los aplastaron a machetazos. No se olvide de ponerlo en su informe. Son cosas que no se suelen decir en Europa, cuando se habla del Congo. (...)

-¿Permiten las leyes o los reglamentos mutilar a los indígenas? -preguntó Roger Casement.

El capitán Massard soltó una risotada y su cara cuadrada, con la risa, se redondeó y aparecieron en ella unos hoyuelos cómicos.

-Lo prohíben de manera categórica -afirmó, manoteando contra algo en el aire-. Hágales entender lo que son leyes y reglamentos a esos animales en dos patas. ¿No los conoce? Si lleva tantos años en el Congo, debería. Es más fácil hacer entender las cosas a una hiena o a una garrapata que a un congolés.

El sistema

Todo era simple y claro en el punto de partida. A cada aldea se le habían fijado unas obligaciones precisas: entregar unas cuotas semanales o quincenales de alimentos -mandioca, aves de corral, carne de antílope, cerdos salvajes, cabras o patos- para alimentar a la guarnición de la Force Publique y a los peones que abrían caminos, plantaban los postes de telégrafo y construían embarcaderos y depósitos. Además, la aldea debía entregar determinada cantidad de caucho recolectado en canastas tejidas con lianas vegetales por los mismos indígenas. Los castigos por incumplir estas obligaciones variaban. Por entregar menos de las cantidades establecidas de alimentos o de caucho, la pena eran los chicotazos, nunca menos de veinte y a veces hasta cincuenta o cien. Muchos de los castigados se desangraban y morían. Los indígenas que huían -muy pocos- sacrificaban a su familia porque, en ese caso, sus mujeres quedaban como rehenes en las maisons d'otages que la Force Publique tenía en todas sus guarniciones. Allí, las mujeres de prófugos eran azotadas, condenadas al suplicio del hambre y de la sed, y a veces sometidas a torturas tan retorcidas como hacerles tragar su propio excremento o el de sus guardianes.

Niños en venta

Cuando, pocos días después de esa ocurrencia, el padre Hutot llegó a Walla se encontró con un espectáculo atroz. Para poder cumplir con las cuotas que adeudaban, las familias de la aldea habían vendido a hijos e hijas, y dos de los hombres a sus mujeres, a mercaderes ambulantes que hacían la trata de esclavos a ocultas de las autoridades. El trapense creía que los niños y las mujeres vendidas debían ser al menos ocho, pero acaso eran más. Los indígenas estaban aterrorizados. Habían enviado a comprar caucho y alimentos para cumplir con la deuda, pero no era seguro que el dinero de la venta alcanzara. (...)

Entonces, los centinelas africanos apostados por la Force Publique en la aldea comenzaron a azotar y a cortar manos y pies. Hubo una efervescencia de cólera y el pueblo, rebelándose, dio muerte a un guardia, en tanto que los otros lograban huir. A los pocos días, la aldea de Bonginda fue ocupada por una columna de la Force Publique que prendió fuego a todas las casas, mató a buen número de pobladores, hombres y mujeres, a algunos quemándolos en el interior de sus cabañas, y trayéndose al resto a la cárcel de Coquilhatville y a la maison d'otages. (...)

Un día Víctor Macedo le dijo, señalando al chiquillo:

-Veo que le ha tomado cariño, señor Casement. ¿Por qué no se lo lleva? Es huérfano. Se lo regalo.

Los civilizadores

Cerró los ojos y vio la inmensa región, dividida en estaciones, las principales de las cuales eran La Chorrera y El Encanto, cada una de ellas con su jefe. "O, mejor dicho, su monstruo." Eso y sólo eso podían ser gentes como Víctor Macedo y Miguel Loaysa, por ejemplo. Ambos habían protagonizado, a mediados de 1903, su hazaña más memorable. Cerca de ochocientos ocaimas llegaron a La Chorrera a entregar las canastas con las bolas de caucho recogido en los bosques. Después de pesarlas y almacenarlas, el subadministrador de La Chorrera, Fidel Velarde, señaló a su jefe, Víctor Macedo, que estaba allí con Miguel Loaysa, de El Encanto, a los veinticinco ocaimas apartados del resto porque no habían traído la cuota mínima de jebe -látex o caucho- a que estaban obligados. Macedo y Loaysa decidieron dar una buena lección a los salvajes. Indicando a sus capataces -los negros de Barbados- que tuvieran a raya al resto de los ocaimas con sus máuseres, ordenaron a los "muchachos" que envolvieran a los veinticinco en costales empapados de petróleo. Entonces, les prendieron fuego. Dando alaridos, convertidos en antorchas humanas, algunos consiguieron apagar las llamas revolcándose sobre la tierra pero quedaron con terribles quemaduras. Los que se arrojaron al río como bólidos llameantes se ahogaron. Macedo, Loaysa y Velarde remataron a los heridos con sus revólveres. Cada vez que evocaba aquella escena Roger sentía vértigo.

Armando Normand

Saldaña Roca enumeraba los distintos tipos de castigo a los indígenas por las faltas que cometían: latigazos, encierro en el cepo o potro de tortura, corte de orejas, de narices, de manos y de pies, hasta el asesinato. Ahorcados, abaleados, quemados o ahogados en el río. En Matanzas, aseguraba, había más restos de indígenas que en ninguna de las otras estaciones. No era posible hacer un cálculo pero los huesos debían corresponder a cientos, acaso millares de víctimas. El responsable de Matanzas era Armando Normand, un joven boliviano-inglés, de apenas veintidós o veintitrés años. Aseguraba haber estudiado en Londres. Su crueldad se había convertido en un "mito infernal" entre los huitotos, a los que había diezmado. En Abisinia, la Compañía multó al administrador Abelardo Agüero, y a su segundo, Augusto Jiménez, por hacer tiro al blanco con los indios, sabiendo que de este modo sacrificaban de manera irresponsable a brazos útiles para la empresa. (...)

Al parecer era bajito, delgado y muy feo. Según el barbadense Joshua Dyall, de su personita insignificante irradiaba una "fuerza maligna" que hacía temblar a quien se le acercaba y su mirada, penetrante y glacial, parecía de víbora. Dyall aseguraba que no sólo los indios, también los "muchachos" y hasta los mismos capataces se sentían inseguros a su lado. Porque en cualquier momento Armando Normand podía ordenar o ejecutar él mismo una ferocidad escalofriante sin que se le alterara la indiferencia desdeñosa hacia todo lo que lo rodeaba. Dyall confesó a Roger y a la Comisión que, en la estación de Matanzas, Normand le ordenó un día asesinar a cinco andoques, castigados por no haber cumplido con las cuotas de caucho. Dyall mató a los dos primeros a balazos, pero el jefe ordenó que, a los dos siguientes, les aplastara primero los testículos con una piedra de amasar yuca y los rematara a garrotazos. Al último, hizo que lo estrangulara con sus manos. Durante toda la operación estuvo sentado en un tronco de árbol, fumando y observando, sin que se alterara la expresión indolente de su carita rubicunda. (...)

Otro capataz que había servido a órdenes de Normand, aseguró a la Comisión que más miedo que a éste los indios andoques le tenían a su perro, un mastín al que había adiestrado para que hundiera sus fauces y desgarrara las carnes del indio contra el que lo aventaba. (...)

-El señor Normand tenía sus excentricidades -murmuró, quitándole la vista-. Cuando alguien se portaba mal. Mejor dicho, cuando no se portaba como él esperaba. Le ahogaba sus hijos en el río, por ejemplo. Él mismo. Con sus propias manos, quiero decir.

Las correrías

-Explíqueme qué son las "correrías" -dijo Casement.

Salir a cazar indios en sus aldeas para que vinieran a recoger caucho en las tierras de la Compañía. Los que fuera: huitotos, ocaimas, muinanes, nonuyas, andoques, rezígaros o boras. Cualquiera de los que había por la región. Porque todos, sin excepción, eran reacios a recoger jebe. Había que obligarlos. Las "correrías" exigían larguísimas expediciones, y, a veces, para nada. Llegaban y las aldeas estaban desiertas. Sus habitantes habían huido. Otras veces, no, felizmente. Les caían a balazos para asustarlos y para que no se defendieran, pero lo hacían, con sus cerbatanas y garrotes. Se armaba la pelea. Luego había que arrearlos, atados del pescuezo, a los que estuvieran en condiciones de caminar, hombres y mujeres. Los más viejos y los recién nacidos eran abandonados para que no atrasaran la marcha. Eponim nunca cometió las crueldades gratuitas de Armando Normand, pese a haber trabajado a sus órdenes por dos años en Matanzas, donde el señor Normand era administrador.

Matar indios

-¿Alguna vez tuvo usted que matar indios en el ejercicio de sus funciones?

Roger vio que los ojos del barbadense lo miraban, se escabullían y volvían a mirarlo.

-Formaba parte del trabajo -admitió, encogiendo los hombros-. De los capataces y de los "muchachos", a los que llaman también "racionales". En el Putumayo corre mucha sangre. La gente termina por acostumbrarse. Allá la vida es matar y morir.

-¿Me diría cuánta gente tuvo usted que matar, señor Thomas?

-Nunca llevé la cuenta -repuso Eponim con prontitud-. Hacía el trabajo que tenía que hacer y procuraba pasar la página. Yo cumplí. Por eso sostengo que la Compañía se portó muy mal conmigo.

"Cómprese una sirvientita"

Esos asaltos a las aldeas indígenas para capturar recolectores. Los asaltantes no sólo se roban a los hombres. También a los niños y a las niñas. Para venderlos aquí. A veces los llevan hasta Manaos, donde, al parecer, obtienen mejor precio. En Iquitos, una familia compra una sirvientita por veinte o treinta soles a lo más. Todas tienen una, dos, cinco sirvientitas. Esclavas, en realidad. Trabajando día y noche, durmiendo con los animales, recibiendo palizas por cualquier motivo, además, claro, de servir para la iniciación sexual de los hijos de la familia. (...)

Permítame una impertinencia. Los cuatro sirvientes que usted tiene ¿los contrató o los compró?

-Los heredé -dijo, con sequedad, el cónsul británico-. Formaban parte de la casa, cuando mi antecesor, el cónsul Cazes, partió a Inglaterra. No se puede decir que los contratara porque, aquí en Iquitos, eso no se estila. Los cuatro son analfabetos y no sabrían leer ni firmar un contrato. En mi casa duermen, comen, yo los visto y, además, les doy propinas, algo que, le aseguro, no es frecuente en estas tierras. Los cuatro son libres de partir cuando les plazca. Hable con ellos y pregúnteles si les gustaría buscar trabajo en otra parte. Verá su reacción, señor Casement.

El cepo

A diferencia de La Chorrera, donde lo habían escondido en un almacén, en Occidente el cepo estaba en el centro mismo del descampado alrededor del cual se hallaban las viviendas y depósitos. Roger pidió a los ayudantes de Fidel Velarde que lo metieran dentro de ese aparato de tortura. Quería saber qué se sentía en esa jaula estrecha. Rodríguez y Acosta dudaron, pero como Juan Tizón lo autorizó, indicaron a Casement que se encogiera y, empujándolo con sus manos, lo acuñaron dentro del cepo. Fue imposible cerrarle las maderas que sujetaban piernas y brazos, porque tenía las extremidades demasiado gruesas, de manera que se limitaron a juntarlas. Pero pudieron abrocharle las agarraderas del cuello, que, sin ahogarlo del todo, le impedían casi respirar. Sentía un dolor vivísimo en el cuerpo y le pareció imposible que un ser humano resistiera horas esa postura y esa presión en espalda, estómago, pecho, piernas, cuello y brazos.

Exterminio

Más difícil le resultó a Roger hacerse una idea aproximada de cuántos indígenas había en el Putumayo hacia 1893, cuando se instalaron en la región las primeras caucherías y comenzaron las "correrías", y cuántos quedaban en este año de 1910. No había estadísticas serias, lo que se había escrito al respecto era vago, las cifras diferían mucho de una a otra. Quien parecía haber hecho el cálculo más confiable era el infortunado explorador y etnólogo francés Eugène Robuchon (desaparecido de manera misteriosa en la región del Putumayo en 1905 cuando cartografiaba todo el dominio de Julio C. Arana), según el cual las siete tribus de la zona -huitotos, ocaimas, muinanes, nonuyas, andoques, rezígaros y boras- debían sumar unos cien mil antes de que el caucho atrajera a los "civilizados" al Putumayo.

El decapitador simpático

Roger Casement y los demás miembros de la Comisión habían recibido varios testimonios sobre el episodio de la vieja bora. Una mujer que, unos meses antes, en Sur, en un ataque de desesperación o de locura, comenzó de pronto a exhortar a gritos a los boras a que pelearan y no se dejaran humillar más ni tratar como esclavos. Su griterío paralizó de terror a los indígenas que la rodeaban. Enfurecido, Carlos Miranda se lanzó sobre ella con el machete que arrebató a uno de sus "muchachos" y la decapitó. Blandiendo la cabeza de la mujer, que lo iba bañando en sangre, explicó a los indios que eso les ocurriría a todos si no cumplían con su trabajo e imitaban a la vieja. El decapitador era un hombre campechano y risueño, hablador y desenvuelto, que trató de hacerse simpático a Roger y sus colegas contándoles chistes y anécdotas de los personajes extravagantes y pintorescos que había conocido en el Putumayo.

Prohibida la reproducción total o parcial de este texto. Selección de textos: Mario Vargas Llosa y Verónica Ramírez Muro. 'El sueño del celta' (Alfaguara) sale a la venta el 3 de noviembre.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 24 de octubre de 2010