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COLUMNA

Banksy

El artista Banksy ha alcanzado la notoriedad ocultándose. Su obra consiste en grafitis callejeros, esculturas urbanas o acciones de arte guerrilla como colgar cuadros propios en exposiciones de prestigiosos museos o plantar en Disneyland un muñeco disfrazado de preso de Guantánamo. La simpatía que concita va unida a un sello que sacude la placidez de elementos de la cultura popular: policías morreándose, artistas de Hollywood junto a antidisturbios, ratas a los pies de imágenes idílicas.

En los cines, previo pago de la entrada, aún se puede ver Exit through the gift shop, donde Banksy nos cuenta la historia de Thierry Guetta, el tipo que quiso hacer una película sobre el fenómeno Banksy y que a mitad de cinta es transformado en Mr. Brainwash, artista del reciclado plagiario, una especie de patán pictórico que logra triunfar en un mercado dominado por la impostura y hasta realizar la portada de un disco de Madonna.

El documental no es ni falso ni real, juega con la confusión y la manipulación de manera tan hábil como sugerente. Mientras muestra la aventura de artistas callejeros es gozoso. Pero luego Banksy, con el rostro oculto, una especie de subcomandante Marcos del arte, trae con él la doctrina. Su denuncia final lo convierte en una película de tesis, para todos aquellos que aún ignoran que el mercado del arte es fangoso.

El problema no es si es auténtico, sino que pretenda dictaminar sobre la autenticidad en un mundo donde artistas a cara descubierta ofrecen la modesta exposición de su obra sin por ello prostituirse al arribismo esnob ni apostar todo al cinismo global.

Banksy ha sido noticia por idear la cabecera de un episodio de Los Simpson donde retrataba la explotación de mano de obra coreana en la producción de la serie. Se ha aireado que los productores, sorprendidos del contenido, dudaban si emitirlo, pero produce rubor tanta autopropaganda. Si el chiste final, ingenioso y bien hecho, a lo único que contribuye es a seguir explotando la mano de obra coreana, pero ahora con la autoridad moral de reconocerlo y hacer burla de ello, un poco como Berlusconi hace chistes de sus 20 mansiones para sacudirse la crítica, solo habremos fingido dinamitarlo todo para dejarlo igual que estaba.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 20 de octubre de 2010