Tras seguir las últimas elecciones a la Presidencia, los periodistas John Heilemann y Mark Halperin trazan un retrato ácido y 'confidencial' de los candidatos y sus cónyuges. Publicamos un extracto | LECTURA

La trastienda del poder en EEUU

Terry McAuliffe entró en la suite de la décima planta del hotel Fort Des Moines, autorizado por el agente del servicio secreto apostado en la puerta. Bill Clinton estaba sentado solo en el sofá, viendo el torneo Orange Bowl por televisión. McAuliffe había presidido el Comité Nacional Demócrata cuando Clinton era presidente; en la actualidad dirigía la campaña de Hillary, y se acababa de enterar de la tremenda noticia.

-Hola, Mac, ¿qué tal? -dijo Clinton en un tono informal-. ¿Te apetece una cerveza?

-¿Que qué tal? -preguntó McAuliffe, desconcertado-. ¿No has oído nada?

-No.

-Nos van a dar una patada en el culo.

-¡Qué dices! -exclamó Clinton. Se puso en pie de un salto y llamó a su esposa-: ¡Hillary!

"Todo esto es un fraude Ese tipo (Barack Obama) es un farsante. No tiene experiencia, ni bagaje", sentenció Clinton
Al observar la falta de autocontrol de Hillary uno de sus asistentes pensó: "Esta mujer no debería ser presidente"
Ted Kennedy, furioso, le contó a un amigo el comentario de Clinton: "Hace unos años este tipo nos habría servido el café"
La llamada de Hillary para felicitar a Obama fue brusca e impersonal. "Una gran victoria. Te veo en New Hampshire" y colgó

Hillary salió de la habitación de la suite y McAuliffe la puso al corriente. Los analistas de datos que se encontraban abajo, en el cuarto de calderas de la campaña, habían emitido un nefasto veredicto: Hillary iba a acabar tercera, rozando ligeramente a Edwards y a mucha distancia por detrás de Obama.

Las palabras de McAuliffe cayeron como una patada circular de kárate en plena mandíbula de los Clinton en conjunto. Aunque sabían desde el primer momento que Iowa era el Estado más flojo para Hillary, ella y su equipo seguían invirtiendo tiempo y dinero en aquel lugar, poniendo cada vez más fichas en el centro de la mesa de juego.

La víspera de la celebración del caucus, (elección en cada partido del candidato a la presidencia del país para las elecciones generales), las personas en las que más confiaban los Clinton les habían asegurado que la apuesta tendría su recompensa. El primer puesto, les habían dicho a Hillary y a Bill. O, en el peor de los casos, el segundo puesto, pero por poco. Sin embargo, ahí estaba ella, en un tercer puesto con diferencia. (...)

El ambiente era húmedo y frío a la vez, además de claustrofóbico, y se intensificó aún más cuando la conmoción de los Clinton se convirtió en ira. (...) No le veían la lógica al recuento de votos: a las votaciones de la asamblea electoral se habían presentado aproximadamente doscientos treinta y nueve mil asistentes, casi el doble que cuatro años antes.

-¿De dónde venía toda esa gente? -preguntó Bill-. ¿Eran realmente todos de Iowa? Los miembros de la campaña de Obama deben de haber hecho trampa -dijo-, deben de haber traído autobuses de seguidores de Illinois.

Hillary llevaba semanas preocupada por esa posibilidad, y ahora daba la razón a su marido:

-Bill tiene razón -dijo-. Tenemos que investigar si ha habido fraude.

-Es un pacto amañado -se quejó Bill-.

Hillary trataba de contener sus emociones, pero no así el ex presidente.

Con la cara hirviendo por la ira, se sentó en el salón, descargando sus frustraciones. Estaba furioso con el gobernador de Nuevo México, Bill Richardson, el finalista en cuarta posición, por hacer un pacto secreto que había permitido pasarle algunos de sus partidarios a Obama, tras haber asegurado a los miembros de la campaña de Hillary que no haría ese tipo de tratos. Bill Clinton había adjudicado a Richardson dos altos cargos durante su Administración, y ahora él le pagaba dándole a Hillary una puñalada por la espalda.

-Supongo que no le bastaba con ser secretario de Energía y embajador de Estados Unidos ante la ONU -refunfuñó Clinton-.

Pero Bill estaba sobre todo furioso con los medios de comunicación, que creía que se habían ensañado con su mujer, mientras que habían sido indulgentes con Obama.

-Todo esto es un fraude -sentenció-. Ese tipo es un farsante. No tiene experiencia, ni bagaje. No está ni de lejos preparado para ser comandante supremo.

-Es senador de Estados Unidos -espetó Hillary-. No es ninguna tontería.

-Solo lleva tres años en el Senado y su meta ha sido en todo momento la carrera hacia la Presidencia -respondió Bill-. ¿Qué ha hecho realmente?

-Hay que ser realistas. La gente cree que eso es tener experiencia -dijo Hillary.

La derrota pone siempre a prueba la compostura y la afabilidad de los políticos. Hillary jamás había perdido, y tampoco es que tuviera mucho ni de lo uno ni de lo otro. Al entregársele el texto aprobado del discurso en el que aceptaba su derrota y felicitaba a su rival, un discurso breve y simplista, elaborado minuciosamente, que se suponía que iba a pronunciar pronto delante de las cámaras, lo ojeó malhumorada, lo dejó a un lado y decidió improvisar. Su llamada telefónica para felicitar a Obama fue brusca e impersonal.

-Una gran victoria. Salimos tres de Iowa. Te veo en New Hampshire -dijo Hillary, y colgó-.

Los asesores presentes en la sala tenían desde hacía mucho tiempo una relación muy cercana con los Clinton y habían sido testigos muchas veces de sus arrebatos de ira. Sin embargo, creían que, para cualquiera, el espectáculo que estaban presenciando era muy sorprendente y especialmente desconcertante viniendo de Hillary. Al observar la enconada y chocante reacción de Hillary, su asombrosa falta de serenidad o autocontrol, uno de sus asistentes con más solera pensó por primera vez: "Esta mujer no debería ser presidente".

(...) En el safari para cazar grandes nombres, Ted Kennedy era el elefante que todos querían llevarse a casa. No había ningún potentado en el partido, salvo Al Gore tal vez, cuyo respaldo trajera consigo más bagaje emocional y electoral. En la larga carrera que culminó en 2008, Kennedy había sido cortejado con avidez por Edwards, Obama y Clinton, pero no había posibilidad alguna de que respaldara a nadie mientras Chris Dodd, uno de sus mejores amigos, siguiera en la carrera. La cuestión era saber qué sucedería cuando Dodd quedase fuera... y Teddy estaba en juego.

Kennedy tenía vínculos de larga duración tanto con los Clinton como con Edwards, pero muy pronto quedó fascinado por Obama. La juventud, el vigor, el idealismo, ese atractivo que iba más allá de lo generacional y lo racial... No era sólo la prensa aduladora la que veía en Obama un toque kennediano. Teddy también se dejaba llevar por los sentimientos de las mujeres de su vida, a las que dejaba frías cualquier alianza con Hillary. La viuda de su hermano Bobby, Ethel, había ungido a Obama dos años antes, llamándolo "nuestro próximo presidente". La esposa de Ted, Vicky, adoraba a Obama, lo mismo que las hijas de su sobrina Caroline, que no paraban de hablar de la pasión que la candidatura de Obama despertaba entre sus amigos adolescentes.

La propia Caroline Kennedy Schlossberg había tomado partido por Obama durante gran parte de 2007. Kennedy Schlossberg, proverbialmente reservada, jamás había participado en política con mucho entusiasmo, ni se había implicado realmente (salvo en 1980, cuando Ted retó a Jimmy Carter) en una contienda intrapartidaria.

A Caroline le gustaba Hillary, la admiraba; ambas se movían en círculos sociales similares en Nueva York. Pero después de estudiar subrepticiamente a Obama -se coló en dos actos suyos en Manhattan sin llamar la atención- y alentada por sus hijas, Kennedy Schlossberg tomó partido por él.

Ante la inminencia de Iowa, muchos de los amigos de Caroline en Nueva York volaron hacia allí para apoyar a Clinton. En Hillarylandia se tenía la impresión de que Caroline estaba dispuesta a hacer el viaje, pero en realidad ella temía que la llamara Hillary para pedirle que fuese. Le habría resultado imposible negarse, y una vez que hubiera hecho campaña a favor de Clinton sería impensable pasarse a Obama.

Hillary, sin embargo, como tenía por costumbre, hizo que uno de sus subordinados llamara a Caroline en lugar de hacerlo ella misma. Caroline rehuyó la llamada ("lo siento, no está en casa en este momento", dijo una voz que al ayudante de Hillary le sonó terriblemente parecida a la suya) y más tarde les dijo a algunos amigos que se sentía disgustada por haber sido contactada por un subordinado. En realidad, lo que sintió fue alivio por quedar libre para seguir los dictados de su corazón. En cuando Iowa dio credibilidad a Obama, Caroline le hizo saber que estaba con él y los responsables de su campaña empezaron a hacer cálculos sobre cuál sería el momento de revelar su apoyo para conseguir el máximo impacto.

Los resultados de Iowa también dejaron a Dodd fuera de la carrera, y los Clinton pensaron que ahora tenían una oportunidad de abordar a Teddy. Él tenía que saber que nadie defendería con más tesón que Hillary su sueño de una atención sanitaria universal.

Kennedy había llevado dos veces a los Clinton a navegar en su goleta de diecisiete metros por Nantucket Sound; sin duda esos viajes en el Mya habían consolidado el vínculo dinástico. Pero si Hillary había manejado mal lo de Caroline, lo que hizo Bill con Ted fue todavía peor. Al día siguiente de Iowa, telefoneó a Kennedy y lo presionó para conseguir su respaldo, defendiendo la candidatura de su esposa. Claro que a continuación siguió descalificando a Obama de una manera que ofendió profundamente a Kennedy. Contándole más tarde la conversación a un amigo, Teddy reprodujo furioso las palabras de Clinton: "Hace unos años este tipo nos habría servido el café".

El disgusto de Kennedy con los Clinton no hizo sino aumentar en New Hampshire y en Nevada; creía que jugaban a un juego peligroso y divisionista con el tema racial. Cada día que pasaba se sentía más inclinado a seguir a Caroline directo a los brazos de Obama.

Además de su categoría como leyenda liberal, Teddy se caracterizaba por su cautela. Haciendo uso del teléfono, consultó a su amplia red de consejeros y vislumbró una vía que podría llevar a Obama a la candidatura, así como el papel que él podía desempeñar para ayudarlo a recorrerla. Kennedy también supo apreciar la forma en que Obama solicitó su respaldo. Le pidió su apoyo y luego lo dejó libre para pensárselo, encargándole a Daschle, muy próximo a Kennedy, que lo sondeara de vez en cuando, pero sin presionarlo.

Todo lo contrario de lo que hizo Bill Clinton, que no dejó de darle la vara. En una serie de llamadas de seguimiento pasó de discutir acaloradamente a rogarle con desesperación. (En un momento dado, le dijo Kennedy a un amigo, Clinton llegó incluso a decir "te quiero", una declaración que Kennedy repetía burlonamente con una imitación bostoniano-irlandesa del acento de Arkansas de Clinton).

Cuando Ted dijo que iba a respaldar a Obama, Clinton adoptó pose de abogado y se puso a cuestionar los motivos de Kennedy.

-La única razón por la que lo apoyas es porque es negro -dijo Clinton con tono acusador-. Que quede bien claro.

Al día siguiente de lo de Carolina del Sur, el 27 de enero, Caroline hizo público su apoyo a Obama en la sección de opinión de The New York Times dominical. La siguiente mañana se presentó con su tío y con Obama en la American University de Washington, el escenario de los más famosos discursos de John F. Kennedy, donde Teddy ofreció también su propio respaldo. Pero Kennedy hizo algo más que eso. Con su característica voz sonora, hizo una vivisección de los Clinton y consagró a Obama como el heredero legítimo de su hermano.

-Hubo otro momento en el que otro joven candidato aspiraba a la presidencia y desafiaba a América a cruzar la Nueva Frontera -dijo Kennedy con tono grandilocuente-.

Se enfrentó a las críticas públicas del anterior presidente demócrata, que gozaba de gran respeto en el partido. Harry Truman dijo que necesitábamos a "alguien de más experiencia" y añadió: "Me permito aconsejarle que tenga paciencia". Y John Kennedy respondió: "El mundo está cambiando. Las viejas recetas ya no sirven. Es la hora de una nueva generación de líderes". Lo mismo sucede con Barack Obama. Ha encendido una chispa de esperanza en la feroz urgencia del momento.

El juego del cambio, de John Heilemann y Mark Halperin. Traducción de Emma Fondevila, Emilio G. Muñiz y Eva Robledillo. Editorial Planeta. Fecha de publicación: 22 de junio. Precio: 21,90 euros.

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