Reportaje:LIBROS

Ese extraño planeta llamado Redacción

Todo lo que hace de la redacción de un periódico más que una mera oficina, el escenario potencial de los mayores dramas isabelinos, está en Los imperfeccionistas (editorial Plata), la satírica y dolorosamente realista novela del, no podía ser de otra manera, ex periodista Tom Rachman. ¿Quiere entender los porqués de esa mezcla esquizofrénica de miopía, cinismo, compromiso con los semejantes, ambición, tenacidad, arrogante orgullo de clase, competencia despiadada y tendencia al chismorreo que algunos llaman "la tribu" y otros "el gremio periodístico"? Casi todos están en esta historia sobre un diario ficticio romano escrito en inglés que, a los cincuenta años de su fundación, afronta como parte de una industria anacrónica y sobrepasada por el futuro su peor prueba.

El método no es nuevo. Sí lo es su aplicación, justo ahora, cuando el devenir de la industria periodística se asemeja a una montaña rusa
"¿Qué trabajo te permite aprovecharte de una estructura en tu propio beneficio existencial? El periodismo"
"Somos gente muy consciente de nosotros mismos y de nuestros propios clichés. Como ese de que somos cínicos"

La novela ha sido recibida con entusiasmo, puede que en otro gesto de la empedernida endogamia que aqueja a la profesión, por la crítica anglosajona. Elegida obra del mes en Amazon, los adjetivos en The Economist no bajaron de "excelente", la temida Janet Maslin definió el esfuerzo de "espectacular" y uno de los críticos del suplemento de libros de The New York Times sentenció en su portada: "La novela es tan buena que tuve que leerla dos veces para dilucidar cómo alguien tan joven había logrado aprehender tan bien las miserias humanas".

Rachman es, desde luego, un tipo insultantemente joven. Nacido en Londres, su currículo como periodista a la altura de sus 35 años se reduce a unas prácticas en International Herald Tribune, un trabajo como editor por aquí y un par de misiones de corresponsal por allá en la agencia Associated Press. Y da la sensación de que todo fue una mera excusa para escribir con conocimiento de causa, distancia, ironía y ternura sobre el asunto que nos ocupa: "Siempre quise dedicarme a la ficción", explica Rachman desde alguna parte de Reino Unido en una conversación telefónica. "Pero sentía que necesitaba acumular las experiencias necesarias. ¿Y qué trabajo te permite aprovecharte de una estructura en tu propio beneficio existencial? El periodismo. No es que cada día me sentase ante el ordenador de la agencia y me dijese, voy a continuar haciendo esto porque algún día escribiré novelas, pero ahora sé que no volveré a ella".

Además de para llenar de brillantes anécdotas los huecos en las cenas con amigos, si de algo le sirvió la "década" transcurrida en las trincheras de la información fue para hacer oído en el lenguaje periodístico. Los imperfeccionistas está repleta desde su mismo arranque de expresiones como "un blanco muerto equivale a veinte africanos muertos" que solo pueden escucharse en un periódico, "ese informe diario de la estupidez y la brillantez de la especie". ¿Cómo quitarse a un colaborador venido a menos con la edad y repentinamente exento de olfato? "No creo que tengamos espacio. Hoy es un día muy apretado". ¿Qué es una noticia? "Una forma educada de referirse a los caprichos del redactor jefe". El cual, por cierto, zanja la clásica excusa del subordinado que está "seguro que no querrán contar nada de un tema", por lo general espinoso, con un "a nadie le está permitido hablar, pero lo hacen de todos modos; lo llaman filtración".

Muchos -conscientes como Leo, uno de los fundadores del diario, o no- escriben "en ese reino del cliché en el que los refugiados siempre están desbordando las fronteras, las ciudades se preparan para los huracanes y los votantes acuden a las urnas". Y siempre habrá un periodista veterano que pondrá los ojos en blanco y aleccionará al recién llegado: "No escribas sobre temas de diplomacia. Escribe sobre seres humanos. El tapiz de la experiencia humana es mi oficina de prensa". O el clásico fantasma, como Snyder, quien, a la hora de la cena en un restaurante caro de El Cairo, explica: "Ha sido asombroso allí abajo, me deshice de los militares que me vigilaban el primer día. He estado con los beduinos. Me he infiltrado con los muyahidines, burros, campos de caña, machetes, bombas, madrazas, campos de entrenamiento de terroristas. Deberías haber venido".

No es Snyder el único personaje memorable del diario de la novela, llamado enigmáticamente "el periódico internacional editado en Roma" y claramente inspirado en el Herald Tribune, toda una institución que no falta cada mañana a los lectores de todo el mundo desde su redacción de París a partir de 1887. La novela, de hecho, luce una estructura que va repasando las miserias de 11 de los habitantes del rotativo, incluida Ornella de Monterecchi, su más fiel lectora. Todos ellos se acompañan de titulares reales de periódico como: "El calentamiento global es bueno para los helados", "76 muertos en atentados en Bagdad" o "un estudio revela que los europeos son unos vagos".

Está, por ejemplo, Arthur Gopal, el muy desgraciado redactor de necrológicas. No es muy distinto al que Gay Talese, acaso el mejor reportero de todos los tiempos, retrató en su inmortal artículo Señor Malas Noticias, recogido en el recién editado volumen Retratos y encuentros (Alfaguara). Gopal, pobre diablo, solía estar sentado cerca del dispensador de agua fría, "pero los jefes se cansaron de tener que charlar con él cada vez que tenían sed". "Ahora su mesa está en un rincón apartado, lo más lejos posible del centro de poder, pero más cerca del armario de los bolígrafos, lo cual es un consuelo".

Hay, claro está, esa redactora de economía perpetuamente a dieta o un corrector jefe, Herman Cohen, que lleva más de treinta años allí, que opinaba ya en 1994 que "Internet es a las noticias lo que las bocinas de los coches a la música" y que ve en el hecho de que se publique que Tony Blair es un mandatario japonés fallecido recientemente un signo inequívoco de la decadencia de Occidente. O el consejero delegado Oliver Ott, heredero en el puesto y más interesado en su perro que en el futuro, y la atribulada Kathleen, a la que, como al resto de los responsables de periódico del siglo XXI, le ha tocado dirigir el suyo en el peor de los momentos posibles. A la pregunta de uno de esos recurrentes coloquios en los que se trata de dilucidar si sobrevivirá la prensa escrita, esta, que rige los destinos de un rotativo, responde voluntariosamente: "No puedo decir si dentro de cincuenta años publicaremos en el mismo formato o en el mismo soporte. De hecho, lo que probablemente os puedo decir es que no publicaremos de la misma forma, que estaremos innovando igual que estamos innovando ahora. Pero os puedo asegurar una cosa: los noticiarios sobrevivirán y la información de calidad siempre gozará de reconocimiento".

Sin ánimo de estropear el final a nadie, solo el lector que llegue al último párrafo apreciará la ironía de este parlamento. "La ironía es algo consustancial a la profesión periodística", se defiende el autor de Los imperfeccionistas, Tom Rachman, que parece mirar el futuro de los medios como quien observa a un trasatlántico dirigirse directo a un iceberg desde la comodidad de una hamaca instalada en una cercana isla de ficción. "Somos gente muy consciente de nosotros mismos, y de nuestros propios clichés. Como ese de que somos cínicos, capaces de hacer un chiste en medio de la desolación de un terremoto o que en la mayor de las desgracias lo único que nos interesa es conseguir una buena historia. Pero no creo que seamos esencialmente malas personas o estemos deshumanizados. Creo que en el gremio hay seres humanos muy decentes y otros que no lo son tanto, como en el marketing o en la publicidad, por ejemplo".

El método de Rachman no es necesariamente nuevo. Sí lo es su aplicación, precisamente ahora, cuando el devenir de la industria periodística se asemeja cada día más a una montaña rusa o, sin salir del parque de atracciones, al tren de la risa. Sea como sea, Los imperfeccionistas encaja en la tradición irónica del Billy Wilder de Primera plana, Howard Hawks (Luna nueva o Su juego favorito) o George Stevens (La mujer del año). La novela también está emparentada, no tanto en el tono como en el tema, con la reciente La sombra del poder, en la que la directora del rotativo, interpretada por Helen Mirren, exclama en un despacho: "¡La única noticia relevante es el hundimiento de este periódico!". Y sin duda recuerda, y mucho, al libro Noticia bomba, desternillante sátira de Evelyn Waugh, cuyo protagonista, William Boot, acaba por equivocación destacado como corresponsal en un país africano imaginario y sigue al pie de la letra consejos de veteranos reporteros como: "Al mandar una crónica, uno tiene que hacerlo siempre agarrado a un clavo ardiendo". "Han pasado siete u ocho décadas desde que Noticia bomba fue escrito, pero, a pesar de ser una salvaje sátira, sigue siendo una historia con la que cualquier periodista puede sentirse identificado", explica Rachman.

¿Y en cine, arte en el que las historias de periodistas siempre fueron un socorrido subgénero? "Lo más realista que yo he visto quizá sea aquella película Detrás de la noticia, de Michael Keaton y Glenn Close, aunque el final sea patético. Y luego, claro, Todos los hombres del presidente, aunque sea culpable de que generaciones de chicos creyesen que si se dedicaban a esto acabarían como Woodward y Bernstein [los periodistas que destaparon el escándalo del Watergate e inspiran el filme] solo para descubrir que la realidad les deparaba cubrir los plenos municipales o el baloncesto universitario".

Esa misma frustración es uno de los sentimientos que más se citan en Los imperfeccionistas. Y en la profesión. Pese a lo cual, tras su lectura, aguarda una buena noticia, por más que estas no vendan periódicos. La conclusión de Rachman es que el periodismo sigue siendo, pese a todas sus mezquindades, su ilusión de hábitat "poblado por machos alfa", un instrumento necesario, que dota a los lectores de "un arma para pelear por sus derechos, tanto de ciudadanos como de seres humanos". Y la cita es de Charles Foster Kane, acaso el más célebre e infausto periodista de ficción de todos los tiempos.

Sobre la firma

Iker Seisdedos

Es corresponsal de EL PAÍS en Washington. Licenciado en Derecho Económico por la Universidad de Deusto y máster de Periodismo UAM / EL PAÍS, trabaja en el diario desde 2004, casi siempre vinculado al área cultural. Tras su paso por las secciones El Viajero, Tentaciones y El País Semanal, ha sido redactor jefe de Domingo, Ideas, Cultura y Babelia.

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