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La multitud como obra de arte

El rotundo éxito de público de la décima edición del Primavera Sound ha conseguido que grupos de minorías llenen grandes auditorios al aire libre

En el terreno de lo contable, el San Miguel Primavera Sound cerró en la madrugada de ayer y a regañadientes su décima edición con un éxito sin paliativos en medio de la crisis: más de 100.000 asistentes, lleno casi total, según la organización, 240 bandas, siete escenarios, un 35% de público extranjero... En lo intangible, el festival exhibió todo eso que hace de esta clase de eventos el nirvana de la cultura juvenil: un universo paralelo gigantesco sin apenas reglas, una celebración continua de la amistad... en definitivas cuentas, un enorme parque recreativo para una generación reacia a dejar de montarse en toda clase de atracciones y que entiende la diversión como un derecho fundamental.

Grizzly Bear, Beach House, Wild Beast y Standstill fueron promesas cumplidas

El cosmopolitismo se ha confundido con desprecio por lo español

En lo artístico, la cita cerró con la misma ración de sensaciones encontradas con la que arrancó. Pet Shop Boys, con su público tremendamente fiel y su impecable espectáculo, parecieron incapaces de portar la enseña de cabezas de cartel que por puro descarte les habían otorgado. Aunque eso, los grandes nombres, nunca había sido un problema en el Primavera Sound, un festival que siempre recordó vagamente a una ONG empeñada en los descubrimientos indies. El verdadero punto débil de esta edición no ha sido si Pixies tocaron o no demasiadas canciones de su primer EP, sino que las bandas emergentes, las a medio camino y aquellas a punto de lograrlo no han brillado a la altura de años anteriores.

Debe de significar algo que las más gratas sorpresas de la última jornada provinieron de hecho de tres señores tan mayores como la Lee Perry, Michael Rother (de Neu!) y Van Dyke Parks. Y eso que el dub, el rock alemán de los setenta y el pop barroco no dejan de ser estilos adquiridos recientemente, al albur de las tendencias y de las recuperaciones, por la clase de persona (joven) que va al Primavera Sound.

Ha habido promesas corroboradas, es cierto: Grizzly Bear (sencillamente, no pudo resultar mejor); Beach House; Wild Beasts; Standstill... También es verdad que un hormigueo de justicia poética recorría el espinazo al ver a bandas que no llenarían una sala diminuta de cualquier ciudad española llenar enormes espacios abiertos. Pero, al final, la sensación que ha quedado es la de una fiesta de cumpleaños sorpresa en la que uno sospechaba que el regalo iba a ser mejor.

Y en la que, a riesgo de forzar la metáfora, casi todos los invitados fueron extranjeros. Si, como decía Rafael Azcona, uno no puede escribir un western sencillamente por haber nacido a orillas del Manzanares y no del río Pecos, entonces también es necesario reprochar la escasa presencia de bandas nacionales en el cartel. El cosmopolitismo, que siempre estuvo entre las virtudes de la cita, ha parecido confundirse con cierto desprecio por lo que se hace en España.

Pese a todo, la noticia más relevante sigue siendo que un festival que surgió como parte de una subcultura se ha convertido por obra y gracia de sus fieles asistentes, de los organizadores y en general de los apasionados practicantes del casi siempre frustrante negocio de la música en una gran y rentable kermés, donde las marcas pueden invertir (y quejarse de eso es como tragarse el rollo de la refundación del capitalismo), la vida se detiene para ser escuchada por las multitudes y el zumbido puede ser un arte.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 31 de mayo de 2010