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Feria de San Isidro | 23º festejo

Javier Valverde se despide de Madrid

En 2001 se presentó en Madrid un joven salmantino que sorprendió por su firmeza e interpretación belmontina del toreo. Javier Valverde cortó una oreja en cada uno de los encastados novillos de La Quinta. Abrió la Puerta Grande de la plaza y consiguió acceso directo al corazón de la afición madrileña, sorprendida por el valor seco del chaval.

Tras su paso a matador mantuvo su sello de torero serio, pero quedó condenado a matar siempre el ganado más duro. En estos años se ha especializado en Adolfo Martín, Palha, victorinos y miuras. "No me arrepiento", se explica el matador, "aunque haya quien lo niegue, la dureza de estas ganaderías es mayor y basar tu carrera en esto hace todo más difícil todavía. Estos toros me han dado el respeto del público, y todo ha sido muy de verdad".

Sin fecha para la despedida no le faltan contratos en la temporada. En Ávila matará la corrida de Miura, también en Bayona. Su carrera, como la de casi todos los toreros que matan las corridas más encastadas, se ha basado en Francia. Un público al que sólo puede decir: "¡Chapeau! Me abrieron las puertas cuando no era nadie y siempre me han valorado. Igual que Madrid".

Lo que nadie termina de entender es el motivo de este adiós cuando todavía tiene sitio en las ferias. "Tengo 32 años y una vida nueva por delante con oportunidades que sin lo que he conseguido en los toros no tendría. Amo mi profesión pero tengo cosas de las que encargarme", argumenta Javier Valverde. "He quitado mucho tiempo a mi familia, que se han encargado de mis negocios y ahora me toca a mí".

Aunque estudió Magisterio no tiene intención de dedicarse a la enseñanza, tampoco en una escuela taurina: "Veré los toros con un poco de distancia, no soy quién para dar lecciones a nadie".

En su despedida en Madrid vuelve a sus orígenes. Hará su último paseíllo enfundado en un terno sangre de toro y oro, el mismo con que salió a hombros su primera vez en Las Ventas frente a Abejorro y Conducido, dos novillos cuyas cabezas adornan un salón repleto de toros veletos y descarados de pitones.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 29 de mayo de 2010