Crítica:63º Festival de CannesCrítica
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Vigoroso y complejo retrato del FLN argelino

Sería muy problemático para la gente que no está acreditada, aunque poseyeran los atributos del mago Houdini, colarse en las proyecciones y en las ruedas de prensa del Festival de Cannes. Los interminables controles que ejercen infinitos porteros y la inspección con aparatos electrónicos a la que someten tu ropa, bolsos, carpetas y ordenadores, desanimarían al más osado que pretendiera transgredir la barrera. Ese celo se había multiplicado en la proyección matinal de la película francesa Fuera de la ley, dirigida por Rachid Bouchareb. No solo constatabas con mosqueo que había un enorme despliegue policial, sino que expertos en registros corporales recorrían toda tu temblorosa anatomía en busca de algo sospechoso. Había visto algo parecido cuando en 1988 se proyectó en la Mostra de Venecia La última tentación de Cristo, ante la amenaza de los integristas católicos de que podían colocar un artefacto en la sala para disuadir al festival de que exhibiera lo que consideraban un blasfemo retrato de Jesucristo.

Tal vez no sea 'La batalla de Argel', pero es un muy buen filme de acción

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La condena contra Fuera de la ley, encabezada por el Frente Nacional, no tiene que ver en esta ocasión con el supuesto agravio a la religión, sino con razones patrióticas. Según los indignados manifestantes, ofrece una visión calumniosa de la actuación de Francia durante la revolución argelina contra sus colonizadores. Al parecer, la mayoría de los políticos y de los mancillados salvapatrias que encabezan la protesta no han visto la película pero seguro que se lo habrá contado algún colega fiable. El caso es rebuznar defendiendo el glorioso pasado de su amada nación.

Fuera de la ley tal vez no posea la profundidad analítica ni el escalofriante tono documental de La batalla de Argel, pero es una muy buena película de acción. También una visión realista, poderosa y compleja de las razones de los sublevados para jugarse la vida por la libertad de su país. Comienza con la represión a sangre y fuego que hace el Ejército francés en la primera gran manifestación de los argelinos pidiendo la independencia. Curiosamente, ocurre en 1945, poco después de que los franceses hayan celebrado en las calles de París la derrota de sus invasores nazis. La matanza servirá para legitimar entre la población árabe el terrorismo del FLN. Bouchareb sigue los pasos de una familia argelina, atrozmente diezmada por la represión, que emigra a París. Uno de los hijos es un militante del FLN que pretende extender la revuelta y los atentados a suelo francés concienciando a los obreros argelinos; otro hermano ha vuelto desengañado de la guerra de Indochina y se apunta a la causa en el papel de sombrío verdugo; el tercero descubre que le interesa más hacer negocios con el proxenetismo y el boxeo de Pigalle que ayudar a la salvación de su oprimido pueblo.

Están muy bien descritos los contrastes de personalidades en esa fraternidad trágica, la fe ciega del militante que siempre está dispuesto al sacrificio propio y ajeno, el sentido de culpa del ejecutor de órdenes sanguinarias, el pragmatismo cínico del que solo cree en la supervivencia propia a cualquier precio. Es una película áspera y magnética, minuciosa en la recreación de la violencia activa y ambiental, en posesión de una atmósfera veraz. Demasiado entretenida para que el jurado la respete y la premie.

De lo que no tengo dudas es de algún galardón en el palmarés para el director tailandés Apichatpong Weerasethakul, autor de Lung boonmee raluek chat, otra colitis mental con el venerado y plúmbeo estilo de la casa, algo naíf con pretensiones líricas, complicada de ver (es voluntariamente oscura o estaba desenfocada la proyección) y de oír, pero absolutamente imposible de contar o de entender. La ovación con la que ha sido despedida por el público, éxtasis habitual en los festivales ante todo lo que lleve la firma de este hombre, todavía sigue proporcionándome perplejidad. Deduzco que su argumento gira en torno a un bosque mágico donde los muertos se reencarnan en animales, de ancianas que en el reflejo del agua perciben la imagen de su juventud, de fantasmas que se integran con naturalidad en el mundo de los vivos. Todo ello entrelazado gratuitamente, sin hilo narrativo, con diálogos absurdos y ritmo extenuante, con desprecio poético hacia esa tontería llamada coherencia. Si logra estrenarse comercialmente, avalada por premios y críticas entusiastas, el espectador podrá juzgar por sí mismo el universo del nuevo genio del cine espiritual, según dictamina el infalible criterio de los festivales de cine.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0022, 22 de mayo de 2010.