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El sumario Gürtel acorrala al PP

El PP y el dinero

La geografía de la corrupción del PP alcanza prácticamente a todas las regiones en que gobierna. Las apariencias no engañan. Los rumores y sospechas sobre el Gobierno del PP en Baleares han acabado rompiendo el círculo de complicidades que la derecha ha tramado en las islas para emerger con toda su magnitud: Jaume Matas, ejemplo de liderazgo, según Rajoy, marcaba una manera de entender la gestión política, con desviaciones directas de fondos a bolsillos privados, que ha hecho estilo en las islas. Los juzgados de Palma se han convertido en una verdadera pasarela de la corrupción política. Las últimas revelaciones del sumario Gürtel confirman la existencia de una trama organizada, con beneficiarios dentro y fuera del partido, que se extiende por Madrid, Valencia y Castilla y León, con una estación de conexiones en la misma sede central del PP, a través del tesorero Bárcenas. Moraleja: donde el PP manda hay problemas serios con los dineros.

No se trata de simples casos de corrupción personal. Se trata de un problema político del PP

No se trata, por tanto, de simples casos de corrupción personal. Se trata de un problema político del Partido Popular. Por dos razones: porque una y otra trama corrían por venas orgánicas; y porque la capacidad de decisión de los gestores públicos era determinante para el éxito de las tramas. Las responsabilidades jurídicas son individuales. Pero las responsabilidades políticas contraídas por el Partido Popular son enormes. Y sería sumamente irresponsable que el PP optara por esperar que el temporal amaine.

Mariano Rajoy lleva tiempo gestionando la corrupción del PP de un modo aparentemente caprichoso. Los encausados son tratados de manera discriminada en función del poder que tienen. Se cuenta que Rajoy se irritó con Matas, que había sido su amigo. Es una buena noticia conocer de un caso en que Rajoy haya sido pinchado y le haya salido sangre.

Pero es fácil irritarse contra Matas ahora que ya no es nadie. No ha osado mover un dedo en cambio ni contra Camps ni contra Fabra. Y sigue protegiendo a Bárcenas, que lo sabe todo del partido. Los caprichos de Rajoy son perfectamente calculados. La doctrina de la conspiración exterior, con la que el PP ha intentado trampear la situación, no se aguanta por ningún lado ante la evidencia de los hechos. A Rajoy le puede ocurrir como a Zapatero con la crisis, que a base de negar la evidencia la gente acabe negándole la confianza. Si Rajoy no actúa decididamente será muy difícil que no se imponga la idea de que está siendo chantajeado. A fin de cuentas, él era ya una figura central en este pasado reciente del PP del que ahora emerge la cara oscura.

El sumario de Gürtel tiene un interés añadido como crónica sentimental del aznarismo. La imagen chulesca, un punto hortera y de recién llegado que exhibió (y sigue exhibiendo) el presidente Aznar, el de los pies sobre la mesa del rancho de Bush, ha resultado ser bastante representativa de una generación de la derecha que prosperó con rapidez, usó la política como trampolín, entendió que lo público estaba al servicio de lo privado y asumió todos los signos del nuevo rico. La justicia nos sirve un entrañable retrato del retorno de la derecha al poder.

Pero más allá de las hazañas de la muchachada de nuevos ricos populares, lo que ocurra con el PP y la corrupción afecta al conjunto del sistema democrático. Por eso, es exigible una reacción a Rajoy. Podría ser que tácticamente Rajoy tuviera razón: electoralmente la corrupción está descontada. Si fuera así, sería una confirmación más de que la ciudadanía elude sus responsabilidades y avanzamos inexorablemente hacia el totalitarismo de la indiferencia.

Razones hay para el cálculo de Rajoy: el sistema de partidos en España es prácticamente un duopolio y el elector irritado con el PP que, por razones ideológicas, nunca votará al PSOE, no tiene otra salida que la abstención o el PP. Una vez más, la salud de la democracia estará en manos de este grupo de electrones libres que saltan de un lado a otro, según las circunstancias. En un momento en que el Gobierno está sumamente desgastado por la crisis, el partido que tendría que asegurar la alternancia está paralizado, sin capacidad alguna de ilusionar a la ciudadanía, lastrado por la corrupción y sus efectos colaterales. Es augurio de una desmotivación generalizada.

Una vez más, las apariencias no engañan: los modos arrogantes y despectivos de Aznar, el desprecio a las instituciones y el descrédito constante de lo público eran síntoma de algo que ha acabado estallando: una manera de entender la política, que no conoce de fronteras entre lo público y lo privado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 8 de abril de 2010