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MANERAS DE VIVIR COLUMNA i

La tierra es plana y hay gente que se cae

Hace unos pocos años, antes de la irrupción de las nuevas tecnologías, solíamos decir que lo que no sale en los periódicos no existe. Hoy, con Internet y la ductilidad de los teléfonos móviles, la cosa parece menos monolítica y la información se cuela como el agua por los entresijos de la sociedad. Pero, aun así, sigue habiendo un país visible y otro invisible; una realidad oficial y otra marginal. A veces tengo la sensación de que vivimos en un mundo plano pre-ptolemaico y que todos los individuos lumpen que no alcanzan la ciudadanía, aquellos que no tienen tarjetas de crédito ni domicilio fijo, son escupidos del sistema en lenta deriva y se caen por los bordes de nuestra Tierra llana. En cualquier caso, quedan muy por debajo de la línea de nuestros ojos. Ni los vemos, aunque les tengamos delante de nuestras narices todos los días.

"Unos buenos representantes de esa invisibilidad son los emigrantes subsaharianos"

Y unos buenos representantes de esa invisibilidad son los emigrantes subsaharianos. Llegan en cayuco, es decir, llegan si no se ahogan; sin documentos, sin identidad oficial, sin conocidos, sin saber el idioma. No son los únicos que habitan en la intemperie social, pero son un símbolo perfecto del desarraigo, sombras en la sombra, negros sepultados y perdidos en la sólida negrura marginal. Aunque convivimos con ellos desde hace años, por lo general apenas los miramos: sólo un poquito, de refilón, para poder sortear limpiamente su presencia cuando nos ofrecen pañuelos de papel en la puerta del supermercado. Pero de cuando en cuando alguien se detiene y les escucha. Como hizo Oriol Canals, un catalán que, tras cuatro años de ímprobos esfuerzos, ha rodado su primer documental para cine. Los esfuerzos fueron para conseguir financiación (al final la producción es franco-española), y la película, de hora y media de duración, es un retrato de estos inmigrantes sin papeles y de su odisea en España. Los subsaharianos hablan a cámara, grabando cartas verbales que luego mandarán a sus familias, allá abajo en África. Y, al hilo de sus palabras, se intercalan imágenes de esa realidad que están narrando. Es un documental intenso y desnudo, un emocionante atisbo de la vida extramuros.

El trabajo, que se titula precisamente Sombras, se estrenó en la muestra paralela del último festival de Cannes y luego ha circulado por otros certámenes europeos, siempre con mucho éxito de público y crítica. Además acaba de ganar en Benin el Premio al Mejor Documental en Quintessence, uno de los festivales de cine más importantes de África Occidental. Y aquí viene lo más asombroso: pese a todos estos logros, la película está a punto de morir sin poder llegar a las salas de cine. Sin conseguir alcanzar la exhibición comercial. Porque para ello necesitan pasar el vídeo del documental a 35 mm, y eso cuesta 50.000 euros que no tienen y que no han conseguido sacar de ningún lado, por más puertas que han tocado. Una versión breve de Sombras será emitida por televisión en Cataluña, y ésa será la primera y a lo peor la única exhibición del trabajo en España…, en donde el documental ha sido rechazado en todos los festivales ¿No es extraordinaria esta diferencia de valoración entre los festivales de fuera y los de aquí? ¿Y la falta de apoyo económico? Se diría que es simple desidia, incomodidad ante los temas que nos desazonan. Nos negamos a ver lo que hemos decidido que es invisible. Que las sombras permanezcan entre las sombras.

Casualmente, al mismo tiempo que me enteré del caso de Canals, me llegó también desde Tenerife la carta de Marta Ribes, que trabaja en la protección de niños y jóvenes, tanto españoles como inmigrantes, y que me contó algo escalofriante. Verán, los menores que llegan en patera son legalmente tutelados e instalados en un centro de acogida. Allí atraviesan un periodo de acomodación difícil, pero al final se descubren dentro de un hogar: tienen las necesidades cubiertas, van a clase, se celebran sus cumpleaños, son llevados al médico… Hasta el día en que cumplen 18 años. En ese instante, de la noche a la mañana, son expulsados del centro, de la protección, de la vida. Pasan a la ilegalidad y son engullidos por las sombras, como en una aterradora adaptación al siglo XXI de un cuento de Dickens. Explica Marta que una quincena de los muchachos de Tenerife han creado un grupo juvenil, para apoyarse entre sí y para servir como de hermanos mayores de los recién llegados a la nada. Una iniciativa que hay que potenciar. Pero, por desgracia, la mayoría de los menores inmigrantes que hay en España siguen desapareciendo cuando crecen como cometas en la negrura, barridos diligentemente por el sistema hasta arrojarlos por el borde abismal de este mundo plano e implacable.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 21 de marzo de 2010