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Crítica:LA PELÍCULA DE LA SEMANA

Como Bourne pero en Irak

Nunca me aclaro sobre el significado del cine de acción. Sé que está institucionalizado como género, pero no tengo claro qué características fijas se exigen para formar parte de su club. Por acción yo entiendo que ocurran cosas. Externas o internas. Hay un cine con notable prestigio intelectual en el que no pasa nada o lo que ocurre es inentendible. Por lo cual deduzco que el único cine que me gusta debe poseer acción. En la comedia, en el western, en el cine negro, en cualquier relato en conexión con la vida y alérgico a las musarañas. Reducir la acción a persecuciones, suspense, tiroteos y peleas es demasiado esquemático. Pero si no hay más remedio que colocarle etiquetas a las películas, hay que reconocer que una de las mejores cosas que le han ocurrido al cine de acción en el nuevo siglo es la asociación del director Paul Greengrass, el guionista Tony Gilroy y el actor Matt Damon para crear la magnética saga de Jason Bourne, ese inmejorable asesino de la CIA que ha perdido la memoria y trata atormentadamente de conocer su antigua y siniestra identidad, acorralado por mafias y organizaciones secretas. Nada sobra ni falta en esta modélica trilogía. Desde un ritmo endiablado a capacidad narrativa. También la confirmación de que alguien con una apariencia tan normal como Matt Damon es un sobrio, enérgico, temible y creíble monarca del cine de acción, un tipo que desprende peligro, determinación y honestidad.

GREEN ZONE

Dirección: Paul Greengrass

Intérpretes: Yigal Naor, Matt Damon, Said Faraj, Faycal Attougi, Nicoye Banks, Jerry Della Salla

Género: Acción

Duración: 115 minutos

Una ficción repleta de nervio, con atmósfera y con actores excelentes

Greengrass no ha limitado su arte a contar ficciones. Como director, guionista o productor ha reflejado complejas y trágicas realidades de Irlanda en Domingo sangriento y Omagh. También imaginó con tono documental lo que podía haber ocurrido en aquel avión kamikaze que no encontró su objetivo en United 93. En Green zone parte de una realidad abyecta, la utilización de una pavorosa mentira como las inexistentes armas de destrucción masiva como pretexto para invadir Irak, para rodar un thriller con receta clásica y el reconocible aroma y tensión que desprenden las aventuras de Bourne.

Green zone inicia su densa trama con las progresivas sospechas de un oficial del ejército norteamericano de que la realidad no es lo que parece, que las verdades oficiales que proclaman los voceadores de Bush están llenas de grietas, que los informes presuntamente infalibles sobre el peligro depredador que almacenaba el dictador Sadam Hussein fueron amañados en nombre de intereses demasiado turbios. Este hombre no es un progresista concienciado. Es un profesional que quiere saber las inapelables razones por las que mata y expone su vida en un país arrasado, es un hombre solo y responsable (ayudado por un nativo que rechazaba el antiguo estado de las cosas, pero que sabe que todo puede ir a peor en su desolado país, y por un resabiado agente de la CIA al que no le salen las cuentas) desafiando al poder, investigando sus falacias. Y sabes que en la vida real casi siempre es una batalla perdida. Pero es agradecible que una ficción repleta de nervio, con atmósfera, muy bien ambientada, con actores excelentes, nos entretenga dignamente durante un rato deseando que el héroe pueda sobrevivir en su enfrentamiento contra la implacable oscuridad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 12 de marzo de 2010