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Crítica:

La gran juerga

"Al ejército norteamericano no le queda otra alternativa seria que ser maravilloso", escribió el teniente coronel Jim Channon en la primera página del informe confidencial identificado bajo el nombre de Manual de Operaciones del Primer Batallón de la Tierra. Corría 1979 y Channon intentaba recuperarse de una experiencia traumática en Vietnam con inyecciones de nueva espiritualidad proporcionadas por la emergente cultura New Age. La utopía del militar contemplaba la creación de una legión de monjes guerreros, imbatibles supersoldados místicos moldeados a imagen y semejanza de los guerreros jedi de George Lucas: una estrategia orientada a fortalecer la autoestima de un ejército que sufría daños colaterales en el alma.

LOS HOMBRES QUE MIRABAN FIJAMENTE A LAS CABRAS

Dirección: Grant Heslov.

Intérpretes: George Clooney, Ewan McGregor, Jeff Bridges, Kevin Spacey.

Género: comedia. EE UU-Gran Bretaña, 2009.

Duración: 94 minutos.

La película ha cobrado la forma de una comedia excéntrica

Con la historia de Channon y sus heterogéneos discípulos, el periodista Jon Ronson escribió Los hombres que miraban fijamente a las cabras, un libro que cometía el imprudente pecado de privilegiar la anécdota sobre la categoría: que era ni más ni menos que la consolación por la parapsicología de las fuerzas militares del imperio. A lo largo de sus páginas, el autor no se preocupaba en simular cierto respeto por sus entrevistados, que eran manejados con la misma moral laxa de cualquier late show consagrado a la explotación mediática del friqui. La lectura, eso sí, era irresistible y la panorámica que ofrecía Ronson no estaba exenta de cargas de profundidad: los desvelos del compositor de canciones para Barrio Sésamo Christopher Cerf por reclamar sus derechos de autor, tras saber que sus temas eran usados en la guerra de Irak como instrumentos de tortura, se erigían como uno de los grandes momentos.

Ronson también dedicó al tema un documental para la británica Channel 4, antes de que el actor, productor y guionista Grant Heslov escogiese su libro para debutar en la dirección, proponiendo la más radical mutación sobre ese material de partida. Los hombres que miraban fijamente a las cabras, la película, ha cobrado la forma de una comedia excéntrica, que articula el fragmentario recital de anécdotas en una trama que sueña ser la respuesta a Trampa 22 (el clásico de Joseph Heller) para la era de la conspiranoia, pero, en realidad, se despierta siendo algo más parecido a una versión cool -y clooneyzada- de una hipotética aventura bélica de Mortadelo y Filemón.

Si algo despliega con generosidad la película es carisma, chispa y electrizada complicidad con todo espectador presto a arquear la ceja cuando oye hablar de espionaje psíquico o se le menta a Uri Geller. Es, en suma, uno de esos proyectos que parecen ejecutados en estado de efervescencia: todos parecen habérselo pasado tan bien que acaso resulta de mal tono reprochar la irresponsabilidad de reducir temas tan espinosos como la tortura a un pulso entre el Lado Oscuro y la Fuerza Jedi. Confiesa este crítico haberse reído, pero no puede dejar de preguntarse cómo habría sido esta historia si la hubiera contado un creyente, en vez de una panda de risueños descreídos, habida cuenta de que el ji-ji, ja-ja nunca ha sido eficaz vía de conocimiento.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 5 de marzo de 2010