Crítica:60º Festival de BerlínCrítica
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Y como broche: tumores, asesinos y jubilados

La primera proyección es a las nueve de la mañana, hora problemática para los que tardamos tiempo en adecuarnos al nuevo día. La inyección de vitalidad te la proporciona la película danesa En familia. Trata del cáncer y su metástasis, el avance depredador del monstruo, la devastación física y psíquica del que lo padece y la insoportable angustia e impotencia de la gente que quiere al enfermo. En medio de la macabra trama hay una historia paralela sobre un aborto que se complica tenebrosamente.

Está dirigida por Pernille Fischer Christensen. Lo hace con realismo y fuerza expresiva. Es una película que logra lo que se propone. El agonizante es alguien orgulloso de su heredada profesión, hace el pan que consume la familia real, está obsesionado con que ese negocio tenga continuidad en la figura de su hija mayor, que es galerista y a la que han ofrecido realizar su viejo sueño de trabajar en Nueva York. Las reacciones de ésta, de sus hermanos y de la segunda mujer del moribundo se supone que forman el armazón argumental de esta tragedia. Pero cualquier espectador que haya sido dolorido testigo de la larga e incurable enfermedad de un ser cercano, o que luche a duras penas contra la implacable hipocondria, sabe que el auténtico tema es la muerte. Lo va a pasar fatal con esta experiencia tan modélicamente descrita. El cine mediocre, impostado o malo tiene la facultad de aburrirte, irritarte o agotarte. Hay otro notablemente elaborado que te da pavor o te deprime. La película En familia logra todas esas indeseables sensaciones. El deseo de llegar a mi casa y revisar mis comedias favoritas es inaplazable.

La notable 'En familia' logra dar una indeseable sensación de pavor
No pidan quinielas sobre los premios de hoy en Berlín: no hay favoritos

Jim Thompson, cuya extraordinaria y feroz novela 1280 almas ha tentado a demasiados cineastas, también parece pertenecer a las devociones literarias de Michael Winterbottom, ese director tan personal y tan moderno que está empeñado en recorrer todos los géneros inyectándoles su inconfundible sello. Ha elegido El asesino dentro de mí, otra indagación de Thompson sobre un paleto muy cínico que representa a la ley y que se va cargando inmisericordemente a toda la gente que se opone a sus planes. Winterbottom se traslada a un pueblo del profundo sur de Estados Unidos para recrear ese ambiente con notable fidelidad. Sobra la machacona insistencia sobre los traumas infantiles de esta gélida bestia, sobra una larga y provocadora secuencia en la que el maquiavélico psicópata destroza a su amante a puñetazos mientras le declara su amor. Son recursos de director barato. Y la paliza tan naturalistamente descrita es una agresión innecesaria a la paciencia del asqueado espectador. Si te olvidas de esa exhibición de sadismo, tienes que reconocer que El asesino dentro de mí posee atmósfera enfermiza y causticidad. Casey Affleck hacía muy bien de sinuoso tarado interpretando al hombre que mató a Jesse James. Pero creo que es el único registro que domina, ya que siempre le veo haciendo el mismo papel. Aquí repite gestualidad, tonillo de voz, mirada turbia. Terminará cargándome su perversión si sigue haciendo clónica la expresividad de sus personajes.

Gérard Depardieu está encantado con su aspecto de ballena melenuda y carismática. Durante el esperanzador arranque de Mammuth, que describe con ingenio y patetismo la jubilación de un carnicero y su recorrido en moto por todos los trabajos que practicó a lo largo de su perdedora existencia buscando documentos que le permitan cobrar íntegra la pensión, el estupor y la vulnerabilidad del personaje te provocan risas y ternura. Esas sensaciones se agotan pronto. Su camino al pasado está poblado por personajes esforzadamente pintorescos y situaciones pretendidamente transgresoras aunque transparentemente estúpidas. Eso sí, el director Benoît Delepine está infaliblemente convencido de que todo lo que muestra y sugiere es hilarante, surrealista, bronco y lírico. Hubo bastantes aplausos al final por parte del selecto y agradecido público, lo cual puede confirmar las razones de la autoestima del director.

Y no me pidan que haga quinielas sobre los premios que se otorgan hoy. No tengo favoritos. Me cuesta recordar películas a concurso que me hayan impresionado. Los mejores, como Scorsese y Polanski, lógicamente se mantienen al margen de la competición. Hace demasiado tiempo que su cine no lo necesita.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 20 de febrero de 2010.