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Crítica:60º Festival de Berlín

Polanski también hace cine. Y del bueno

Ese hombre inquietante llamado Roman Polanski vuelve a estar de fatídica moda. Su accidentada existencia siempre ha poseído un trono en las páginas de sucesos, en el morbo que despierta alguien con el que se ha cebado el mal y que actualmente debe responder ante la justicia de algo tan turbio como habérselo montado muchos años atrás con una cría a la que puso ciega de alcohol y de drogas y haberse fugado del país que le iba a juzgar. Y es lamentable que su personalidad esté indisolublemente asociada para tanta gente a los tabloides, los escándalos y el sensacionalismo, cuando este fulano también lleva más de cuatro décadas desplegando un arte frecuentemente perturbador y un talento genuino en eso tan difícil de hacer cine.

'The ghost writer' adapta una ingeniosa novela de Robert Harris

Construye una intriga ágil y maliciosa, cáustica y escéptica

Polanski, con orden de reclusión en su casa, no ha podido venir a la Berlinale a dar explicaciones sobre su última película. Ésta no pertenece al grupo de las memorablemente tenebrosas, de sus penetrantes retratos del mal, de obras maestras como La semilla del diablo, Chinatown, El quimérico inquilino, Lunas de hiel y El pianista, pero sí a un tipo de cine modélicamente contado, con la profesionalidad y la sabiduría de alguien que sabe resolver en imágenes todo tipo de historias. Se titula The ghost writer y adapta una ingeniosa novela de Robert Harris, un thriller político en el que todos conocemos la identidad de los protagonistas, aunque lógicamente se les haya cambiado el nombre y el autor repita que su obra sólo pertenece a la ficción.

En ella, un negro de la escritura firma un suculento contrato con una editorial para reescribir las memorias del ex primer ministro de Inglaterra, ya que la persona que había comenzado ese trabajo aparentemente se ha suicidado. La trama se complica porque el político es acusado por un tribunal de derechos humanos de haber colaborado con la CIA después del 11-S secuestrando, torturando y matando a varios ciudadanos ingleses con ascendencia asiática.

Con argumento tan sugerente, Polanski construye una intriga ágil y maliciosa, cáustica y escéptica, con suspense inteligentemente mantenido, muy bien interpretada. No te remite a las señas de identidad más poderosas de su universo, pero sí es un impecable trabajo artesanal, un entretenimiento más que digno, realizado por un director para el que narrar con la cámara ya no tiene secretos.

En 1957, un hombre escribió un poema que comenzaba así: "He visto a los mejores espíritus de mi generación destruidos por la locura". Se llamaba Aullido, su autor era Allen Ginsberg y su catarsis sirvió para remover perdurablemente la sensibilidad de mucha gente. Los directores Rob Epstein y Jeffrey Friedman se han propuesto homenajear en su película Aullido a aquel juglar volcánico y las desgarradas circunstancias en las que nació su febril e inolvidable poema. También denunciar el proceso que le montaron los hipócritas guardianes de la moral acusándole de exaltar la obscenidad. El tributo se agradece, pero sólo les ha salido bien a medias. El recurso de utilizar caprichosos dibujos animados para retratar los delirios y las visiones del torturado y drogado cerebro de Ginsberg suena a experimentalismo fácil. Se nota el amor y la admiración de ambos directores hacia lo que representó la beat generation, pero con eso no basta para hacer una gran película.

Tampoco lo es la india Mi nombre es Khan, pero sí resulta muy curioso constatar cómo la industria de Bollywood intenta copiar el lenguaje y la temática de películas estadounidenses que arrasaron en las taquillas y en los Oscar. Me refiero a Forrest Gump y Rain man. El director Karan Johar se traslada a Estados Unidos en compañía de las estrellas y de los técnicos más sólidos de Bollywood para contar la supervivencia en San Francisco de un autista pretendidamente entrañable y lírico y su incombustible pasión hacia otra emigrante india y su pequeño hijo. Hay una molesta tendencia al pasteleo y a la sensiblería. O tal vez sólo se trate de inocencia. Lo que está claro es que los chicos de Bollywood saben copiar. Mi nombre es Khan puede triunfar también en el mercado occidental.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 13 de febrero de 2010