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COLUMNA

Una caridad para Haití

La consigna se llama "reconstruir Haití". ¡Ah!, pero ¿es que estaba construido? La sabiduría popular es inapelable: siempre tiene que haber pobres; es ley de vida. El problema es que sean siempre los mismos.

¿Por qué la medio isla antillana, poblada de descendientes de esclavos negros, figura casi al final de la relación de la ONU de 192 países en renta per cápita y desarrollo humano? En el siglo XVIII Saint Domingue era gracias a la explotación del azúcar la colonia más rica de Francia; rica para los plantadores franceses, que nunca la desarrollaron como colonia de poblamiento, como sí hizo España en lo que hoy es América Latina. Por eso, Haití está habitado únicamente por negros -96%- y algunos mulatos.

La primera República Francesa decretó efímeramente el fin de la esclavitud en 1794, tras una revuelta de Espartacos de ébano, que habían arrasado la tenue superestructura de propietarios blancos y con Toussaint Louverture proclamaron la primera república de América del Sur. A comienzos del siglo XIX Henri Christophe se coronaba emperador, edificaba un Estado militarista y jacobino de palacios del barroco vienés -Sans Souci- que como el de Prusia parecía un ejército que tuviera un país, y sus sucesores ocupaban durante un tiempo la parte hispanófona de la isla, o República Dominicana.

El siglo XIX latinoamericano fue malo, y si a eso vamos, el de España tampoco fue una gloria. Pero el criollo, descendiente de españoles, se había formado, al menos en casos preclaros, con la Ilustración; y aunque eso no hizo que tratara mejor a los pueblos originarios o sobrevenidos por la esclavitud, sí le permitió constituir, en cambio, una cierta masa crítica, que si tampoco se lució construyendo países, sí tenía suficiente conocimiento de los modelos de referencia. Nada parecido ocurrió en Haití. Los ricos enciclopedistas fueron pasados por las armas o se fueron a almorzar al café Procope de París, y la masa de esclavos sin instrucción, cualquiera que sea su color, sólo podía generar atraso. La pobreza sin aportaciones externas, sólo engendra más pobreza.

En el sofoco que ha provocado la mostración universal de un país devastado por el terremoto, ha habido un recluta excepcionalmente voluntarioso: el presidente Barack Obama. Tanto que cabría pensar que después de toda la decepción en su primer año de mandato, quería una revancha; que a las declaraciones sublimes sucedieran no sólo hechos mediocres, como en Irak, Afganistán, Palestina o la capa de ozono, sino clamorosos, y, en un terreno más práctico, atajar la formación de una ola de refugiados que inundasen las costas norteamericanas; para ello desplegaba, bien que a petición del Gobierno de René Préval, una fuerza de 12.000 soldados, surtida de un avituallamiento aerotransportado con el que comerían los 10 millones de haitianos casi el resto del siglo. ¿Hacía falta tanta tropa para distribuir la ayuda y mantener el orden, cuando ya hay 11.000 enviados de la ONU, y de ellos 9.000 soldados y policías? Francia y Brasil fruncen comprensiblemente el ceño. Aunque Washington no sueñe, contrariamente a lo que apostrofa el presidente venezolano Hugo Chávez, con provocar seísmos para reocupar la isla -que sometió a protectorado de 1915 a 1934- pese a todo ese despliegue ahora que hay en el país mayor reserva de alimentos que nunca anteriormente, es cuando se está pasando más hambre que antes del seísmo.

El mundo ha preferido ignorar el escándalo haitiano -900 euros per cápita, contra más de 10.000 en Chile- y muy señaladamente, deben asumir responsabilidades Francia, la antigua metrópoli, que estranguló a Haití con el pago de una indemnización punitiva a cambio de reconocer su independencia; y EE UU, que no ha cesado de apoyar regímenes salvajemente dictatoriales como el de François Duvalier (1957-71), Papá Doc, y su hijo, lógicamente Baby Doc, hasta su exilio en 1986, o arruinar las cosechas haitianas con sus subsidios a la agricultura nacional.

Pero que nadie alegue la virginal inocencia de una clase dirigente que es miserable y unos Gobiernos corruptos, entre los que el término oligarquía no dejaría en ridículo al propio Marx. Ni el capitalismo es el único culpable, ni la desconexión -si alguien sabe qué es eso- de Samir Amin, la solución. Reconstruir Haití, dice el presidente dominicano, Leonel Fernández, en cuyo territorio vecino se ha refugiado esa oligarquía, costaría 10.000 millones de dólares. Si el bochorno mundial no se disipa, como en tantos otros casos, que se utilicen para construir de una vez Haití; bajo control internacional.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 27 de enero de 2010