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Las lecciones del tiempo

En cuestiones pianísticas Madrid está que se sale. En el plazo de una semana se está teniendo la oportunidad de escuchar a cuatro figuras del teclado de la talla de Krystian Zimerman, Yefim Bronfman, Maria João Pires y Lang Lang. Esta ciudad parece ya Berlín o Viena. En estas lides, no en otras. En el caso de Zimerman, la euforia se eleva casi a nivel nacional, pues en lo que va de mes ha actuado en Bilbao, San Sebastián, Santiago de Compostela, Vitoria, Oviedo, Pamplona y Valladolid. Siempre con monográficos dedicados a Chopin en este año del segundo centenario de su nacimiento. Siempre con ese aire cuidadoso y amante de las cosas bien hechas que le caracteriza. Con su piano a cuestas y el afinador al lado.

KRYSTIAN ZIMERMAN

Chopin: Sonatas 2 y 3, Scherzo número 2, Nocturno número 2, Barcarola en fa sostenido mayor. XV Ciclo de Grandes Intérpretes. Fundación Scherzo, con la colaboración de EL PAÍS. Auditorio Nacional, 25 de enero.

En Madrid hay que tirar de memoria y recordar dos actuaciones "históricas" que empezaron a cimentar la leyenda del pianista polaco aquí. La primera fue en 1984, con motivo de la visita de la Filarmónica de Viena, dirigida por Leonard Bernstein. La consagración definitiva vendría seis años después. Nunca ha defraudado. El recital del lunes pasado se inscribe en la misma órbita de memoria y deseo.

Es de agradecer que se decantase por un monográfico de Chopin en este año de homenajes al compositor para piano más emblemático del XIX. Fue un diálogo de polaco a polaco. Zimerman optó por la combinación de la gran forma, ejemplicada por las sonatas, con la pequeña forma de algún scherzo o nocturno. Dedicó su actuación a Alicia de Larrocha y el público agradeció el gesto. No me gustó la atmósfera que creó en su interpretación del Nocturno. Demasiado evidente, con poco margen para el misterio. En el resto del recital estuve ensimismado con el criterio y la realización. En los dos primeros movimientos de la Sonata número 2, Zimerman desplegó una energía diabólica. La famosa Marcha fúnebre fue modélica en su fraseo dramatúrgico y en la concepción del sonido. En la Sonata número 3 mantuvo el mismo nivel de maestría intelectual, sustancia pianística y perfección técnico-estilística. La siempre esperada Polonesa redondeó la magia de la noche. El éxito fue apoteósico. Zimerman en Madrid es una leyenda viva que ha sabido asimilar a la perfección las lecciones del tiempo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del miércoles, 27 de enero de 2010.

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