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Reportaje:Realidades y utopías de la arquitectura

Vida a un kilómetro de la tierra

La nueva torre Khalifa en Dubai, de 818 metros, ha resucitado el interés por los rascacielos

Hay consenso entre ingenieros y arquitectos: la altura de un rascacielos podría ser ilimitada. "Si el Everest mide 8.850 metros, el hombre pude reproducirlo", explica Miguel Ruano, arquitecto jefe del hotel Arts, de 154 metros, en Barcelona. "Otra cosa es el coste". "Y otra que tenga sentido", apunta Carlos Rubio, autor junto a Enrique Álvarez Sala, de la torre Sacyr de 236 metros, al final de la Castellana madrileña. Ambos coinciden en que la fibra de carbono o el hormigón armado de alta resistencia ofrecen mayor dureza que los materiales naturales y permiten levantar estructuras hasta alturas sin límites. Eso hace que el problema actual no sea tanto el tamaño de los rascacielos como su rentabilidad. "Hay un umbral para lo absurdo. Por encima de 300 metros la planta queda tan repleta de ascensores y su uso tan reducido que resulta más rentable levantar dos torres de 300 metros que una de 600", explica Rubio.

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- ¿Hasta dónde subir? Arquitectónicamente, lo más sorprendente del 11-S no fue que las Torres Gemelas se cayeran sino que tardaran tanto en hacerlo. "Ningún edificio está preparado para aguantar el peso adicional de un avión con pasajeros más el impacto de ese avión. El World Trade Center lo hizo". Ruano ilustra así la resistencia de las estructuras actuales: la mayoría redundantes, sobre calculadas. Si el récord de la torre Khalifa -la más alta del mundo: de 818 metros y 160 plantas- tarda en batirse no será por cuestiones técnicas. Es más, experto en Dubai, Ruano cree que no pasarán cinco años antes de que aparezca allí mismo una nueva torre. "De 1.200 ó 1.400 metros". Ante la incredulidad de las cifras el arquitecto explica que hace 10 años el incrédulo era él, cuando le hablaban de una isla con forma de palmera en cinco kilómetros ganados al mar. Hoy hay tres islas con esa forma. Una de 15 kilómetros. "Hay un antes y un después de Dubai. Lo que en otros países supondría 50 años de consultas y permisos previos, allí sucede de inmediato", explica.

- ¿Llegan más récords de altura? El rascacielos de un kilómetro que la promotora Nakheel, la rival de Emaar -que levantó la torre Khalifa- debía erigir sobre la isla con forma de palmera iba a tener jardines a 1.000 metros del suelo. Fue anunciado por Antonio Banderas y Melanie Griffith. Y en los cinco años en que se barajó su futuro cambió de arquitecto, de forma y, por supuesto, de altura. El último anuncio, de junio de 2008, le otorgaba 1.400 metros. Y aunque, finalmente, la cercanía del aeropuerto internacional Al Maktoum descartó su construcción, Ruano insiste en que no tardará en aparecer otra. "Dubai es un destino turístico de primer orden. Tal vez no para los europeos, los turistas españoles les preocupan tan poco que ni siquiera existe un vuelo directo. La ciudad es un teatro donde, como en Disneylandia, todo es agradable y limpio. Pero no tienen riqueza propia: el petróleo está en Abu Dhabi. Así que, mientras haya turistas, necesitarán atracciones con las que atraerlos", explica.

- Seguridad después del 11-S. El argumento de un rascacielos como atracción turística escapa a la antigua rentabilidad de estos edificios. Pero los expertos señalan la seguridad como la mayor transformación de la última década. "Preparar un rascacielos para que soporte el impacto de un avión es tan poco realista como prepararlo para que resista una detonación nuclear", explica el ingeniero estructural Raymond S. Clark, director general de Perkins+Will, responsables de la ingeniería del rascacielos Spire de Calatrava en Chicago. Clark cuenta que el 11-S impuso más salidas, nuevos refugios y refuerzos en las estructuras que contienen las escaleras de emergencia. En Madrid, la torre Sacyr cuenta con un refugio para catástrofes de 25 metros cuadrados en cada planta con aire limpio y electricidad. Además, dos de los 24 ascensores son para los bomberos. "Una herencia del 11-S", cuenta Carlos Rubio. La seguridad es otro factor que empuja a pensar que el récord de altura se volverá a batir lejos de Occidente.

Cuando el programa de la BBC Dubai dreams preguntó al presidente de Nakheel, Sultán Bin Sulayem, si no temía un ataque como el de Nueva York éste tardó 30 segundos en contestar. Y Bin Sulayem, finalmente, contestó: "Eso sería imposible en Dubai".

- La vida en el aire. Los rascacielos de oficinas precisan más ascensores que los de residencias. La ocupación de los despachos es mayor y los ingenieros calculan el número de ascensores considerando las concentraciones en hora punta que no se dan en viviendas. Ni en hoteles. "Salvo en La Meca, cuando todos bajan para rezar a la vez, tardan una hora en salir del hotel", explica Ruano. Las torres domésticas requieren menos ascensores. Pero la gruesa estructura de un rascacielos alto dificultaría la llegada de luz natural al interior de los pisos. Por eso, Carlos Rubio considera razonable no superar los 300 metros. "La fascinación por estar en el lugar más alto la llevamos en el ADN", apunta Raymond S. Clark. Un rascacielos residencial es como una ciudad vertical. Se puede hacer vida sin salir a la calle. "Por supuesto que no será la residencia de alguien con vértigo. Pero los rascacielos domésticos concentrarían a la población. Urbanísticamente son más sostenibles que el modelo suburbano norteamericano", explica. ¿Sería habitable un edificio de 2.000 metros? Ruano contesta con otra pregunta: "¿Está habitado Nepal a 4.000 metros de altura? Claro que se podría sentir mal de altura. Pero también se ha subido al Everest sin oxígeno". El umbral de la altura es algo personal. Vivir en un rascacielos también lo será. Siempre que alguien esté dispuesto a pagarlo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de enero de 2010