Reino Unido incuba fiebre electoral

Los ciudadanos votarán en primavera en un escenario de cambio de era política -Los 'tories' mantienen el papel de favoritos, pero los laboristas reducen distancias

A cuatro o cinco meses de los comicios, la política británica ha abierto 2010 en plena fiebre electoral. En muchos sentidos, estas elecciones serán muy distintas a las tres anteriores (1997, 2001 y 2005). La principal diferencia es que Tony Blair ya no está en el cartel. Otra diferencia fundamental es que, por primera vez desde 1997, los favoritos no son los laboristas, sino los tories. A diferencia sobre todo de 2001 y 2005, las elecciones no se celebrarán en un ambiente de euforia económica, sino de preocupación por las cuentas públicas y con la para muchos sorprendente realidad de que la economía británica ya no es un ejemplo a seguir.

Hay muchas otras diferencias. Por ejemplo, la guerra de Irak ya no tendrá el papel preferente que tuvo en 2005, a pesar de que la comisión que está investigando los prolegómenos de la invasión y el desarrollo mismo de la guerra y de la posguerra va a devolver el conflicto iraquí a la primera página, especialmente cuando en unas semanas comparezca Tony Blair.

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Más importante que Irak es el hecho de que los conservadores tienen por fin un líder creíble, David Cameron, más dinámico y popular que el laborista, Gordon Brown; aunque está por ver si el conjunto del partido suscita el mismo entusiasmo entre los electores. Otra novedad significativa es que, por primera vez en Reino Unido, los líderes de los tres grandes partidos celebrarán debates electorales televisados. Brown, Cameron y el liberal-demócrata Nick Clegg comparecerán al alimón en tres debates y los líderes de los partidos a nivel regional debatirán en sus propias áreas, una forma de acallar las críticas que los debates tripartitos han suscitado en las filas nacionalistas, y en particular los independentistas escoceses.

Aunque en teoría es posible que Brown llame a las urnas en marzo, la clase política y los medios apuestan por el jueves 6 de mayo. Sobre todo después de que el primer ministro pareciera dar por seguro que los laboristas presentarán unos presupuestos generales en primavera, algo casi imposible si el voto fuera en marzo porque no se pueden presentar presupuestos durante la campaña. En todo caso, la fecha tope para votar es el 3 de junio.

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La campaña electoral promete estar dominada por la economía y en particular por un dilema que polariza no sólo a los partidos, sino a los economistas: ¿Cuál ha de ser la prioridad, reducir el galopante déficit público o retrasar el ajuste para consolidar la todavía frágil recuperación y mantener la prioridad del gasto en los servicios públicos?

Los conservadores se inclinan por atajar el déficit cuanto antes mientras los laboristas creen que es más importante lo segundo. Una encuesta publicada el lunes por The Financial Times revela hasta qué punto es un debate envenenado. De los 71 expertos consultados por el diario, 33 creen que la consolidación presupuestaria debería empezar en 2011 o más tarde y 31 opinan que debería empezar ahora o justo después de las elecciones. Siete no se pronuncian.

Pero, sea cual sea la solución, interrogados sobre cuáles son los tres principales riesgos que afronta la economía británica, 37 citan la crisis fiscal, 32 el riesgo de inflación, 17 el riesgo de que de las elecciones surja un Parlamento sin mayoría absoluta o un Gobierno débil, 16 se refieren a un endurecimiento demasiado precipitado de la política fiscal o monetaria, otros 16 citan el peligro de un retorno de la recesión o un estancamiento de la economía y también 16 temen la posibilidad de una nueva crisis financiera.

En términos de pronóstico electoral, los comicios están ahora más abiertos que hace unos meses. Aunque los conservadores siguen siendo claros favoritos, la posibilidad de lo que los británicos llaman un hang parliament, un Parlamento sin mayoría absoluta, vuelve a estar sobre la mesa, para regocijo de los liberales-demócratas.

La media de los cuatro grandes sondeos otorgaba en julio a los tories una ventaja de 15,5 puntos que se ha reducido a 11,25 en diciembre. Los conservadores mantienen el mismo porcentaje de votos (40,25%), pero el laborismo sube del 24,75% al 29%. Para los conservadores es una buena noticia que el crecimiento laborista no haya sido a su costa, pero la historia dice que necesitan superar la barrera del 42% para asegurarse la mayoría absoluta debido al sistema electoral.

Muchos analistas estiman que David Cameron ha establecido con firmeza su liderazgo en el seno del partido y consolidado su imagen entre los votantes, pero a estas alturas la ventaja tory es muchísimo menos decisiva que la que tenía el Nuevo Laborismo en vísperas de las elecciones de 1997. Y atribuyen esas dudas a dos factores: por un lado, opinan que el público no se acaba de creer que el Partido Conservador haya cambiado tanto como su liderazgo y, por otro, piensan que Cameron ha lanzado en los últimos meses un mensaje tan catastrofista sobre las cuentas públicas que ha asustado al público.

Con todo, la principal consecuencia del cambio de rumbo en las encuestas es que ha salvado la cabeza de Gordon Brown, que antes afrontó un último intento serio dentro del partido por forzar su dimisión. El análisis más extendido fue que los laboristas prefirieron dejarle porque de lo contrario se habrían visto obligados a convocar elecciones anticipadas de forma inmediata.

Se abrió entonces un periodo de prueba para él: si las encuestas no hubieran mejorado en el otoño y el invierno, ahora estaría en una posición tan frágil que se habría visto obligado a marcharse y dar paso a un nuevo líder para intentar atenuar el desastre electoral. Pero eso parece ya historia. Sólo un cataclismo político o una tragedia personal pueden impedir que Gordon Brown sea el candidato laborista.

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