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Crítica:

El humor y la muerte

Desde que los críticos de la época detectaran en La noche de los muertos vivientes (1968) ecos de las ansiedades de un presente condicionado por la guerra de Vietnam y de que el propio George A. Romero fundiese zombificación y consumismo en la secuela Zombi (1978), el arquetipo del muerto viviente ha sido maleable instrumento al servicio de incisivas lecturas de la contemporaneidad. El zombi es, en definitiva, nuestro monstruo, la metáfora de un buen número de miedos conjugados en presente de indicativo: la disolución de la identidad, las inercias rituales de la sociedad de consumo, los estallidos de violencia arbitraria y la pasividad como consolidada actitud vital. En El amanecer de los muertos (2004), enérgico remake de Zombi, Zack Snyder relacionaba la ferocidad del muerto viviente con la autodestructiva furia del terrorista islámico y, en la sensacional Zombies party (Una noche de muerte) (2004), Edgar Wright convertía el apocalipsis zombi en forma extrema de una cotidianidad ensimismada.

BIENVENIDOS A ZOMBIELAND

Dirección: Ruben Fleischer.

Intérpretes: Jesse Eisenberg, Woody Harrelson, Abigail Breslin, Emma Stone, Bill Murray.

Género: comedia. EE UU, 2009.

Duración: 88 minutos.

Bienvenidos a Zombieland, ópera prima del estadounidense Ruben Fleischer, parece colocarse frente a esa tradición con los brazos en jarras, con la misma chulería que ejercita a lo largo de su metraje el violento gañán encarnado por Woody Harrelson: aquí, los zombis no significan nada. ¿Pasa algo?, podría añadir Fleischer. Y aunque los integristas del género teman que al arquetipo le ha llegado su hora Abbot y Costello, lo justo sería decirle que no, que no pasa absolutamente nada. Entre otras cosas, porque su película es divertidísima, funciona como contundente inyección lúdica sobre un buen número de situaciones tipo del género y, por supuesto, aporta su sofisticación por otro lado.

Es cierto que Bienvenidos a Zombieland no siempre logra mantenerse a la altura de su electrizante prólogo, en el que Jesse Eisenberg desgrana su reglamento de supervivencia en un recital de montaje y afortunados efectos de grafismo que juega a congelar la imaginería zombi en cuadros móviles que extraen, a la vez, dimensión épica y contrapunto paródico. Fleischer desaprovecha las inmensas posibilidades de ambientar su clímax en un tronado parque de atracciones, pero no olvida el apunte políticamente incorrecto cuando maneja el escenario de una tienda de souvenirs de las culturas nativas americanas, ni el codazo a la tradición en forma de cacería de supermercado.

Las gratificaciones inclinan la balanza, definitivamente, a favor de esta comedia bruta que algunos menospreciarán por su más funcional que conservadora asunción de que, en las carreteras secundarias del apocalipsis, pueden formarse familias casuales. La pareja cómica formada por Eisenberg y Harrelson -contundente modulación del modelo clásico: el inmaduro angélico y la bestia parda- logra con su sostenida química que no sea precisa la irrupción zombi para galvanizar la pantalla y el interludio autorreferencial protagonizado por Bill Murray, en un registro que no desentonaría en el universo Muchachada Nui, delatan que Fleischer -que, sin duda, tiene más ingenio que genio- es mucho más reflexivo de lo que estaría dispuesto a reconocer en público. En los créditos finales podría advertirse que el arquetipo no ha sufrido ningún maltrato en la realización de esta película.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 23 de diciembre de 2009