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ESCALERA INTERIOR

Yo, también

¿Qué? -la hermana mayor miró a la pequeña con los ojos como platos-. ¡Yo no pienso ir a ver eso!

-¿Por qué? -y la pequeña se lo tomó como una ofensa personal, como casi todo, como casi siempre-. ¡Es buenísima! Yo he visto un tráiler y es buenísima. Y si no vamos a ver ésa, yo no voy.

-Bueno, pues me voy yo a ver otra.

-Que no, ¿y para eso he invitado yo a una amiga?, ¡mamaaaaá!

La verdad es que a ella tampoco le apetecía. Una película con, de, en, entre, para, por y según el síndrome de Down, ¡qué horror!, pensó, pero no dijo nada. Es duro estar a punto de cumplir trece años. Es duro tener un cuerpo que va por delante de la cabeza, y no entender ni al uno ni a la otra, y llorar sin saber por qué, y protestar sin saber por qué, y sentirse ofendida siempre, sin saber nunca por qué. Así que, para una vez que tenía clara una cosa, tampoco era cuestión de llevarle la contraria. Sólo por eso accedió, y arrastró al cine a su otra hija, universitaria, lenguaraz, rápida, lista y tan intransigente como conviene ser a los veinte años.

"Ninguna película que hubiera preferido no ver le ha dado tantas cosas"

-Pero es que no me apetece nada, porque va a ser el típico melodrama gelatinoso de buenos sentimientos, belleza interior, superación personal y esas paparruchas...

-Ya, pero si tu hermana tiene tantas ganas de ir, ¿qué trabajo te cuesta? -ella la interrumpió en un susurro-. Sólo dura una hora y media, mujer.

Sí, pero con todas las que me apetece ver, también es mala suerte...

La madre compró palomitas para todas y probó discretamente las posibilidades del respaldo. Por si me duermo, se dijo, pero no lo anunció en voz alta. Tampoco se durmió.

Ahora, más de dos semanas después de aquella tarde, todavía tiene esa película metida en la cabeza. Día tras día, aún se sorprende a sí misma recordando imágenes, frases, escenas, y siente un mordisco agudo, duradero, en el corazón. Nunca en su vida, ninguna película que hubiera preferido no ver le ha dado tantas cosas como ésta. Pocas veces lo que ha contemplado en una pantalla la ha sorprendido tanto. Y ha visto pocas películas tan duras, tan amargas, tan poco condescendientes con los sentimientos del espectador. Pocas tan sutiles, tan delicadas, tan arriesgadas. Pocas concebidas con tanto sentido del humor, del dolor, con tanta inclemencia y tanta piedad al mismo tiempo.

Es una película española, por cierto. Se titula Yo, también y pega fuerte desde el principio. Es la crónica de una historia española, la historia de un hombre con síndrome de Down y un coeficiente intelectual superior a la media de quienes no lo tienen. Una historia de amores difíciles, desencontrados, el de una madre que no se resigna, el de un hombre que no se resigna, el de una mujer que no se resigna. Una historia de mucho amor y de mucha amargura, brillante e implacable versión contemporánea de un dilema clásico, formulado ya cientos de veces en la cultura de todos los tiempos. ¿Qué es mejor, ser inteligente y sufrir, o no serlo y no sufrir? ¿Tener la libertad de elegir o carecer de ella y de la angustia que conlleva? La comprensión de las cosas, ¿produce más dolor o más placer? Ni el dolor ni el placer significan lo mismo, porque el conocimiento afila las aristas de lo bueno y de lo malo, mejora lo bello y empeora lo feo, produce soledad, pero al mismo tiempo fabrica las herramientas precisas para soportarla. ¿Y el sexo? Esa necesidad biológica primaria que compartimos con los animales, que a algunos humanos les parece prescindible, incompatible incluso con la elevación intelectual, con el refinamiento del espíritu... ¿tiene algo que ver con el conocimiento, con la inteligencia, con la soledad?

Ésta es la historia de una libertad y de dos soledades que se encuentran en el tiempo y en el espacio. No se resuelven, y sin embargo se acompañan. Se mitigan mutuamente, pero sólo al precio de abrirse heridas difíciles de curar.

-Es una película tan buena que no te cuento más -le ha dicho ella a todos sus amigos, familiares y conocidos, sin perdonar a uno solo, desde aquel domingo-, tienes que ir a verla.

-Ya, pero es que me da una pereza...

-Nada -y ella, su hija mayor, su hija pequeña, vuelven a estar de acuerdo al mostrarse inflexibles ante esa respuesta-. Ve a verla.

Ninguna de las tres olvidará nunca esa película. Ni la intuición de una, ni el recelo de la otra, ni el desánimo de la madre. No podrán olvidar las sonrisas, ni las carcajadas, ni las lágrimas que se limpiaban discretamente, de vez en cuando, sin decirse nada las unas a las otras. No podrán olvidar una fotocopiadora, un plátano, un ascensor, un estudio de baile, una tarta de bodas en un coche de caballos, ni a Lola Dueñas diciéndoles a sus hermanos que se alegra de verlos. Y no olvidarán cómo se miraron cuando se encendieron las luces, cómo salieron del cine en silencio, cómo esperaron a respirar el aire de la calle para avanzar con cautela una opinión.

-Me ha encantado.

-Y a mí.

-A mí también.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 22 de noviembre de 2009