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COLUMNA

Un caso extraño

Thomas Hirschhorn se inscribe en el apartado de las rarezas con las que tan pocas veces nos sorprende el arte contemporáneo. Es decir, su obra peca obsesivamente de coherencia. No está pensada para el mercado, aunque éste la haya aceptado razonablemente. No se parece a ningún otro artista de su generación y afronta el reto de la contemporaneidad con pasión y lúcida honestidad. Pero también, y es otra novedad, con conocimiento de causa de las claves en las que se sustenta cualquier discurso contemporáneo fuera de lo común.

Formado en la Schule für Gestalting de Zúrich, ciudad en la que se encontraba uno de los míticos puntos de reunión, el Cabaret Voltaire, del movimiento Dadá, toma de éste -especialmente de Johannes Baader, y del constructivismo de El Lisstzky- la idea del montaje deudora a su vez del concepto de collage, para construir sus obras con materiales que representan certeramente la idea de fragilidad efímera que tiene nuestro tiempo.

Con esos materiales que desde su humildad se enfrentan al tiempo, formula una nueva idea de monumentalidad -él construye memoriales- en la que rinde tributo a las ideas de pensadores y artistas que aún tiene mucho que enseñarnos: Spinoza, Mondrian, Bataille o Deleuze forman la constelación a cuya sombra nos invita a pensar nuestra época sin más artificio que el de una mirada que nos hace comprender una realidad que supera cualquier ficción.

José Guirao Cabrera es director de La Casa Encendida Obra Social Caja Madrid.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 7 de octubre de 2009