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Análisis:EL ACENTO

Cubanos del mundo, uníos

Washington tendió el pasado jueves otro puente hacia La Habana. El reglamento aprobado por el Tesoro norteamericano sobre el régimen de visitas e intercambio de bienes entre cubanos de las dos orillas abre una auténtica autopista entre los cerca de 1,5 millones de cubanos que viven en Estados Unidos y la isla. Ya podrán visitarla tantas veces quieran y puedan, y quedarse el tiempo que deseen con sus "familiares cercanos", que incluyen hasta primos segundos. Podrán gastar hasta 179 dólares al día, llevar además hasta 3.000 dólares para ayudas familiares. Y, si no pueden viajar, se autoriza la trasferencia bancaria sin límite de cantidad o frecuencia. Para mantener el contacto podrán pagarle en Estados Unidos el teléfono móvil a cualquier cubano en la isla, siempre que la empresa sea norteamericana o de otro país, pero no cubana. Según las nuevas reglas, quienes vayan a Cuba podrán hacerlo en compañía de personas que compartan la misma vivienda en suelo estadounidense, aunque no tengan parentesco con ciudadanos cubanos.

Estas medidas han recibido el apoyo inmediato de la principal organización del exilio cubano, la conservadora Fundación Nacional Cubano-Americana (FNCA), que criticó como retórica vacía las restricciones que George Bush impuso en 2004.

A nadie se le escapa que las medidas, bajo su aspecto humanitario, contienen una fuerte carga política. La sociedad cubana está sufriendo un largo y penoso periodo de escasez. A las carencias propias del sistema se ha añadido los efectos de la crisis global y los daños de los huracanes que el pasado otoño asolaron partes de la isla.

Las autoridades cubanas se han limitado a calificar de "cosméticas" las nuevas medidas. La llegada de dólares será bienvenida en una economía en permanente déficit, pero su desigual distribución es una amenaza para la estabilidad social.

La existencia de dos monedas, el peso ordinario con el que vive la mayoría y el peso convertible que da acceso en la isla a los bienes que se pagan en dólares, crea tensiones y desigualdades. La llegada de los parientes con regalos, dólares y móviles es una variante de la ruptura del bloqueo, pero al revés: desde la otra orilla.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 6 de septiembre de 2009