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Crítica:

Maldiciendo a la banca

En 1981, Sam Raimi se dio a conocer con Posesión infernal, ejercicio de bricolaje amateur, formalmente deslumbrante, que proponía una nueva retórica del exceso y contenía una idea superlativa, mejor desarrollada en la pirotécnica secuela Terroríficamente muertos (1987): la unión, no necesariamente contra natura, de los registros del gore -ya saben, el cine de terror fundamentado en desmembramientos y chorros de hemoglobina- y el slapstick de los dibujos animados clásicos. En Arrástrame al infierno, regreso a bombo y platillo de Sam Raimi al género de terror, hay una escena que parece diseñada a medida de los incondicionales de esa primera etapa del cineasta: en ella, un yunque (uno de los utillajes icónicos del dibujo animado) corona una situación que se remata en un golpe de efecto entre macabro y bufo. Esa escena funciona como unidad de medida para determinar lo lejos que estamos de tan vehementes orígenes: Arrástrame al infierno es una película estimable, un islote lúdico entre tanta cinta de terror que recicla mal los clásicos de los setenta o las maneras de los modelos orientales, pero en ella todo adopta la forma del codazo, algo desesperado, que el cineasta da a sus viejos seguidores para convencerles -pero, en el fondo, para autoconvencerse- de que sigue siendo quien era. Y lo cierto es que la energía sin coartadas de Posesión infernal ya no está ahí: se ha transformado en el empeño histérico de un cineasta abducido por el mainstream y sus servidumbres -la trilogía Spiderman- para dar un concierto básico ya imposible. Por lo menos, quedan lejos los tiempos en que Entre el amor y el juego (1999) delataba cierta pobreza de espíritu en el afán del cineasta por integrarse.

Raimi insiste en que toda afinidad de Arrástrame al infierno con el contemporáneo clima económico que invita a maldecir a la banca es casual. No obstante, este impremeditado valor añadido podría ampliar el público potencial de esta historia ejemplarizante, cercana al espíritu de un tebeo de la E. C. o de la Warren, donde una trepa frágil le niega el perdón de la hipoteca a una anciana con conexiones infernales. El encadenado de golpes de efecto es notable, aunque Raimi hace equilibrismos entre la efusión arrebatada y sus actuales responsabilidades como profesional de la industria con el lado salvaje bajo control.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 31 de julio de 2009