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COLUMNA

La financiación y el enemigo interior

La creación del enemigo exterior, más o menos real o imaginario, ha sido descrita con frecuencia en los debates políticos de la presente etapa democrática como un recurso de los nacionalismos catalán, vasco y gallego consustancial a su ideología. Una nación se afirma a sí misma por su oposición a otra, se ha denunciado, y ésa es la vía utilizada por los nacionalismos periféricos para construir sus naciones frente a la española. Es un mecanismo relativamente fácil y fructífero a corto plazo si se recurre al agravio, al victimismo, a ofensas históricas y diferencias más o menos relevantes. Además la identificación del enemigo exterior y la respuesta a sus ataques permite a los dirigentes políticos envolverse en la bandera y así pasar de la categoría de meros gobernantes, mejores o peores, a la de líderes nacionales defensores de la patria por encima de todo.

El nacionalismo conservador españolista insiste en caracterizar el catalanismo como enemigo interior de España

Desde el fin del franquismo se han escrito centenares, miles de artículos en los que se denuncia la utilización de este mecanismo por los partidos nacionalistas de Cataluña, el País Vasco y Galicia. Jordi Pujol se convirtió muy pronto en el estereotipo de los políticos, que lo han utilizado con éxito.

Poco se ha hablado, en cambio, de otra práctica, la que persigue la creación, identificación y denuncia de la figura del enemigo interior, al que se carga la responsabilidad de provocar grandes males a la nación, de perseguir su debilitamiento e incluso su ruptura y desaparición. Y sin embargo, son dos figuras que coexisten en la pugna política, contrapuestas, retroalimentándose de forma permanente, en la voluntad compartida con sus adversarios de convertir los debates nacionalistas en el gran eje de la política.

La caracterización del nacionalismo catalán como enemigo interior de España tiene grandes profetas en la caverna mediática. Anidan en ella publicistas que hace 30 años ya afirmaban que de España no quedaba casi nada por culpa de la presión de los nacionalismos periféricos. Desde entonces el coro no ha dejado de crecer y de elevar el tono y el volumen.

A la salida del franquismo, el nacionalismo españolista conservador pasó por unos momentos de desorientación, de los que salió relativamente pronto retomando algunos de los argumentos ya añejos contra el enemigo interior, operativos ya en tiempos de la Segunda República. El catalán insolidario es uno de ellos. El político débil que no sabe o no quiere oponerse a él es otro. En este caso, el Gobierno de Rodríguez Zapatero.

Antes que ellos, los enemigos de la nación española habían sido el gabacho invasor, la pérfida Albión e incluso el yanqui que provocó la pérdida de las últimas colonias. Y antes, el hereje. Pero los más recientes enemigos de estos nacionalistas, que no por azar se definían a sí mismos como los nacionales frente a otros españoles a quienes no dudaban en fusilar en nombre de la patria, eran los republicanos.

Con algunas diferencias de nomenclatura, pocas, así sigue siendo entre sus herederos actuales. No ha prosperado el intento, llevado a cabo en la última década del siglo pasado, de proveer a la derecha española de una ideología liberal anclada en conceptos como el del patriotismo constitucional, acuñado en Alemania para llenar el hueco dejado por el viejo nacionalismo hundido con el hitlerismo.

Y así es como el ataque al enemigo interior se recrudece cada vez que la coyuntura política ofrece un pretexto. La reforma de la financiación autonómica es el último. Ha dado pie a la difusión de todos los clichés del anticatalanismo.

Sucede, sin embargo, que esta vez el protagonista de las negociaciones por parte catalana era un gobierno de izquierdas, no un gobierno nacionalista. Su empeño ha sido conseguir lo que consideraba justo para Cataluña, pero también avanzar en la evolución federalizante del sistema autonómico para toda España. Una vez más, Cataluña ha actuado como la liebre a la que siguen las demás comunidades en su afán emulador y el resultado ha sido la mejora del sistema común.

Esta situación es conocida por los gobiernos de todas las comunidades y esto hace particularmente despreciable que la caverna mediática del nacionalismo conservadaor españolista, por lo menos una parte del PP, haya utilizado este lance para insistir en la caracterización de los catalanes, tanto da que no sean nacionalistas, como enemigo interior de España. Pero lo hacen, con fuerza. Y en conjunto, tienen una gran audiencia. Dañan el proyecto democrático español. Es terrible, pero es así.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 21 de julio de 2009