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Reportaje:

Princesas de aquí para allá

Una exposición aborda la diplomacia matrimonial en la Edad Media

Cuatro princesas viajeras que se casaron y devinieron reinas en otro país, cuatro peripecias extraordinarias -algunas muy tristes-, cuatro momentos del medioevo en los que se entrecruzan, mucho antes de Kubala, los destinos de la remota Hungría y la corona catalano-aragonesa, a través de la diplomacia matrimonial. Ése es el hilo conductor de la exposición Princesas de tierras lejanas. Cataluña y Hungría en la Edad Media, un sugerente recorrido entre espadas de hierro, doncellas, voivodas, reliquias, pergaminos, esculturas y tesoros, inaugurada ayer en el Museo de Historia de Cataluña, en Barcelona, donde puede visitarse hasta el 2 de agosto (luego se verá en Budapest).

La muestra, que revisa cinco siglos de cambios en el papel de la mujer y la reina, tiene una importante dimensión política y el Gobierno catalán la entiende especialmente -usando la diplomacia de las princesas no menos que las cortes medievales- como un instrumento de proyección internacional y una forma de estrechar lazos con Hungría. La cosa, en todo caso, no empezó amistosamente: el primer contacto de los húngaros con las tierras catalanas, recuerda la exposición, fue una ratzia en 942 de los magiares paganos contra los condados carolingios que los llevó hasta las murallas de Lleida y en el curso de la cual arrasaron muchas iglesias.

Cuatro bodas entre Hungría y la corona catalano-aragonesa centran la muestra

Las cuatro princesas en que se centra la exposición son Constanza de Aragón, casada con Emerico de Hungría; Violante de Hungría, casada con Jaume I; Beatriz de Aragón, casada con Matías Corvino (Hunyadi) -el hijo del gran guerrero Janos Hunyadi, en el que se inspiró el personaje de Tirant lo Blanc- y, en menor medida, María de Habsburgo, nieta de Fernando II de Aragón, casada con Luis II de Hungría (caído en la batalla de Mohacs).

Más de dos centenares de valiosas piezas, procedentes de museos de toda Europa y de EE UU, componen la muestra, que incluye objetos sensacionales, como una silla de montar húngara de marfil -decorada con relieves de escenas de amores cortesanos-, un relicario de coral rojo del siglo XIV, joyas de la tumba del rey Bela III (siglo XII), armas de los primeros magiares llegados a la cuenca del Danubio en el siglo IX, o el cáliz de oro de Matías Corvino coronado por su emblemático cuervo. Con todo, la pieza más relevante es la pintura sobre madera que se considera un retrato -el único coetáneo- de Jaume I y que procede de Montpelier. En la pequeña tabla aparece el rey a caballo en una escena de caza, con un halcón en la mano y precedido por un lancero que sopla un olifante. En otra tabla más desconcertante, una dama toma un pene de un árbol del que cuelgan como frutos otros muchos.

De entre las princesas, a las que se entregaba muy jovencitas, el caso de Violante es especial: parece que hasta hubo amor entre la descendiente de los Arpad y Jaume I. Beatriz de Aragón fue denostada en Hungría como extranjera. Las cuatro materializan aquella sentencia histórica: "Los reinos que a otros dona Marte, a ti Venus te los otorga".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 8 de mayo de 2009