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Tribuna:

Camps y el sastre perfecto

Los valencianos tenemos ya hace años (quizá siglos) un grave problema sin resolver, entre la metafísica y la teoría del conocimiento. Un desajuste muy serio entre la realidad, su percepción y los conceptos y términos que se supone que la reflejan.

Por ejemplo, cuanto más atrás vamos en todas las listas de renta per cápita, inversiones públicas, productividad, educación, salud y otros detalles, más ciudadanos hay perfectamente convencidos de que somos la envidia de España, de Europa y del mundo entero. La región que "avanza en marcha triunfal", según reza la letra del himno oficial; la "comunidad líder", según la propaganda insistente del PP y de sus brazos armados en la prensa y en la televisión. Ya somos de los últimos en todo, del pelotón de los retrasados y los pobres, pero la mayor parte del electorado sigue imaginando que somos muy veloces y muy ricos. Según como se mire, es un problema que circula entre la crítica de Kant y el surrealismo.

Los valencianos tenemos un problema: vamos hacia atrás y creemos que avanzamos

El resultado, dicen, es que crecen las expectativas de voto del PP de Valencia

"La pintura abstracta vuelve la espalda a la realidad; el surrealismo no; el surrealismo la presenta con una perfidia indecorosa, la priva del último y más pequeño prestigio que le quedaba: la verosimilitud". Eso afirmaba Joan Fuster en El descrèdit de la realitat, un libro que no se explica cómo pudo escribirlo un joven abogado de Sueca allá por el 1955. Medio siglo después, el surrealismo, en el país de Fuster, ha pasado directamente a la política, y a la visión que el país recibe de sí mismo.

Porque en el País Valenciano parece que la realidad no cuenta, al lado de la propaganda: la realidad ha perdido todo crédito, comparada con la alucinación. Retrocedemos en casi todo, hasta en la ética y la estética, mientras la propaganda afirma que avanzamos ejemplarmente y sin cesar. Éste es nuestro surrealismo, que presenta la realidad como irreal y, por tanto, "la priva del último y más pequeño prestigio que le quedaba". Y los ciudadanos, plácidamente alucinados, votan una y otra vez por la "perfidia indecorosa".

Y pasando del surrealismo a la filosofía, quienes recuerden algo del Kant que estudiaron (poco) en el bachillerato, recordarán también aquello de los juicios sintéticos a priori. Siempre se ha dicho, explica Kant, que los juicios han de ser o bien analíticos, y por tanto a priori, o bien sintéticos y a posteriori.

En los primeros, hacemos una afirmación basada en un análisis previo conceptual, como cuando decimos: "Los políticos honestos no aceptan regalos interesados". En realidad, no afirmamos nada que no supiéramos de antemano, ya que la definición de "político honesto" incluye el hecho o condición de no aceptar tales obsequios. En los segundos, el juicio se basa en laobservación empírica de los hechos: miramos qué pasa, y después -a posteriori- lo relacionamos, y podemos asegurar, por ejemplo: "Algunos políticos valencianos han aceptado regalos interesados". Con ello, si realmente es fruto de la experiencia, habremos ganado algún conocimiento nuevo sobre la realidad.

El problema, cavilaba Kant, es si hay también juicios que sean medio y medio, una cosa y otra, es decir, sintéticos y a priori: que sean resultado de la razón y que al mismo tiempo nos digan algo nuevo sobre el mundo.

La cosa es un poco complicada, o lo parece de vez en cuando, y, de hecho, ha dado pie a mucha literatura. Incluso literatura divertida, como la que aplican Daniel Klein y Thomas Cathcart, filósofos de Harvard, en un libro, Platón y un ornitorrinco entran en un bar, que es un pequeño manual de filosofía explicada con ayuda de historietas y chistes. Uno de los cuales, en el capítulo dedicado a Kant, muestra lo que puede pasar cuando se confunden las afirmaciones sintéticas a posteriori con las analíticas a priori.

Eso era, pues, que un señor se prueba un traje hecho a medida y le dice al sastre: "Necesito que me acorte esta manga: ¡es cinco centímetros demasiado larga!". "No, ya verá, doble el brazo así, y la manga le sube", dice el sastre. "De acuerdo", dice el cliente, "pero ahora, fíjese en el cuello: ¡cuando doblo el brazo, el cuello me sube hasta el cogote!". "No pasa nada", dice el sastre, "levante la cabeza y échela hacia atrás: ¡perfecto!". "Pero ahora el hombro izquierdo me queda 10 centímetros más bajo que el derecho", dice el hombre. "Ningún problema", dice el sastre, "incline el tronco a la derecha y los hombros se le igualarán". El hombre sale de la sastrería con el traje puesto, un brazo doblado hacia afuera, la cabeza echada hacia atrás y el tronco inclinado a la derecha, caminando de manera espasmódica. En ese momento lo ven dos transeúntes, y el primero dice: "Mira ese pobre hombre contrahecho: ¡se te encoge el corazón!". "Sí", dice el segundo, "pero su sastre debe de ser un genio: el traje que lleva le sienta maravillosamente bien".

Siguiendo la exposición de los autores, y añadiendo un poco de literatura, podemos observar qué fácil es confundir los términos de la cuestión. Para los transeúntes que lo ven, afirmar que el sastre es muy bueno porque el traje le sienta tan bien a un cuerpo contrahecho es un juicio sintético, derivado a posteriori de su experiencia. Para el sastre, afirmar que el traje que ha hecho es perfecto para el cliente también deriva, aparentemente, de la experiencia, pero de donde procede en realidad es de la idea de que cualquier traje que él haga será, a priori, perfecto, ya que será el cliente quien adapte el cuerpo al traje.

Eso mismo debe de pensar cierto político valenciano, muy honorable, cuando asegura que aquello que ha recibido como obsequio (trajes de alta sastrería, por ejemplo: un ejemplo elegido al azar) no puede afectar a su propia honestidad. Porque la honestidad propia es incompatible con la aceptación de regalos interesados, sean trajes o no. Pero como es un político honesto, la constatación empírica de la existencia del obsequio tiene que ser efecto de una confusión en los términos: o los trajes no pueden ser regalo (¿los pagó?) o han de ser un regalo de tal especie (¿amistad pura y desinteresada?) que no sea incompatible con la honestidad del político. Es cuestión de saber qué cuenta más, si el análisis o la síntesis, a priori o a posteriori, y cómo se combina todo junto. Ustedes quizá no lo vean claro, pero es clarísimo. Tan claro como un cuadro surrealista. Y el resultado, según dicen, es que el PP valenciano aumenta sus expectativas de voto. Kant no tiene la culpa. Los surrealistas tampoco.

Joan F. Mira es escritor, premio de honor de la Letras Catalanas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 5 de mayo de 2009