Columna
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Detallazos

Se acerca el Día de la Madre y todos nos vemos involucrados en esta festividad. Hemos de cumplir: que si un reloj de pulsera, lindísimo; que si una medallita, coqueta; que si un móvil de teclas grandes, adaptado para ancianos; que si bisutería fina de bello diseño; que si unos pendientes de muchos quilates y bien ostentosos. Dependiendo de los presupuestos, cada uno de nosotros obsequiará a su señora madre con un detalle, con un detallazo o con un detallito que la haga feliz. Seguro. Se verá recordada y nosotros nos sentiremos mejor: habremos cumplido. ¿Ah, pero es que hay que cumplir? Por supuesto, las festividades nos imponen estas obligaciones venales y veniales. Si no obsequias, siempre quedarás como un desconsiderado, como un tipo sin alma.

Desde que somos retoños contraemos esa obligación: la del reconocimiento. Rendimos homenaje a los nuestros regalándoles presentes más o menos valiosos. A cambio, la madre o el padre nos procuran el alimento, el amparo, la guía, la tutela y, finalmente, algún que otro regalo como compensación. ¿Como compensación de qué? ¿Pero quién empezó por primera vez a cumplir con este deber? Lo normal es que comenzaran los propios padres: nosotros les dábamos malas noches, nos cambiaban los pañales y, encima, nos obsequiaban con juguetes de mucho rumbo, más o menos espléndidos.

Recuerdo precisamente mi traje de romano como uno de los regalos de los que más orgulloso estaba. Ni ropa ni medallitas: un uniforme de centurión. Por las fechas, lo supongo inspirado en Ben-Hur (1959). No me pregunten por la fidelidad de las piezas que lo componían. Tendría anacronismos, vale, pero era mi traje de romano: disponía de capa, casco, pechera, escudo, espada. Era un obsequio fastuoso con el que mis padres se pasaron veinte pueblos. Insisto: veinte pueblos. Si ellos se veían forzados a hacerme esos presentes, es porque se creían en la obligación. Un regalo nunca es algo libre, gratuito, como podemos pensar.

En realidad, según advirtió Marcel Mauss en su Ensayo sobre los dones, es un sistema de prestaciones y contraprestaciones. Hay obligación de dar, de recibir y de devolver. Es un régimen de trueque inacabable. Quien obsequia cree deber algo. Por su parte, quien recibe y acepta se compromete a restituir un presente que tenga alguna equivalencia. No puedes admitir una dádiva y después hacerte el despistado: debes corresponder con algo parejo.

Desde luego tiene razón Mariano Rajoy: nadie que desempeñe un empleo público como el de presidente de la Generalitat se deja enredar por un simple regalo. O precisando literalmente: "Nadie se complica la vida por tres trajes". Yo creo lo mismo. Si aceptas los tres, te comprometes a devolver algo equivalente o superior: pongamos que sean seis trajes para el presunto donante, para Álvaro Pérez. Sería un exceso. Por eso, yo quiero pensar que Francisco Camps no los aceptó. Pero, claro, según las grabaciones, la esposa del presidente de la Generalitat recibió alguna cosilla que no quería admitir aunque parecía tenerlo ya en su poder: el generoso se había pasado veinte pueblos, decía ella. La respuesta de Álvarez restaba importancia al gesto: "Si es un..., si es un detallito". ¿Acabaron aceptándolo los Camps? Ésa no es la cuestión. La pregunta es qué tipo de relaciones tienes que tener con alguien para que esa persona se atreva a comprometerte con su liberalidad: con sus detallitos o con sus detallazos.

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* Este artículo apareció en la edición impresa del 0028, 28 de abril de 2009.