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Necrológica:

Donde está la dama de blanco

En la carretera de Valencia y a la hora que no conviene, es decir: cuando no estamos dispuestos; suena el móvil y nos atropella en recuerdos y advertencias.

Están bombardeando cerca.

Una llamada desde la amistad, precavida, advertida en el dolor y muy íntima, nos prepara persiguiéndonos hacia el territorio de los exegetas de Aragón.

Los que se mudaron pensando en Madrid y sus consecuencias, los asqueados del pueblo, los que llegamos ilusos a otro lugar para cambiar las miradas molestas, porque entendíamos otro bienestar: nos encontramos.

El diálogo, las noches con miradas a los ojos, el fracaso e incluso el éxito, nos permitía asistir atentos.

Estuvimos despiertos e ilusionados; jóvenes ingenuos, ajenos a la malicia, ausentes de futuro y esperanzados, aunque parezca contradictorio.

Hoy nos hemos embaucado en la rutina y el espectáculo, pese a los esfuerzos por intentar que no tuviera que ocurrir de nuevo. Nunca más la dama de blanco.

A los que dedicamos la noche a las confidencias y al silencio; a las luces apagadas; los ruidos de la calle y los deseos de salir para sentir las gotas de los barrenderos y sus mangas de riego en verano, un saludo.

Se acabaron las premoniciones pueblerinas y heredadas.

Se acabaron los textos censurados.

Hoy hemos muerto contigo, tus argumentos nos sirven para asistir al asilo que preparamos con diligencia, para vivir el olvido que hemos perseguido con diligencia.

José Luis Fajardo es pintor.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 23 de abril de 2009