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Crítica:

Lady Di del siglo XVIII

Georgiana Cavendish, duquesa de Devonshire, fue una guapa y elegante aristócrata que intentó compatibilizar su gusto por el lujo, la moda y el saber vivir con cierta capacidad para la influencia política y para la introducción de un entonces desconocido espíritu feminista. Una mujer florero que pretendía dejar de serlo sin abandonar su condición de jarrón. O sea, una misión imposible que ha llevado a los responsables de La duquesa a compararla con otra figura rompedora en materia de ambivalencias. "Dos siglos separan a lady Diana de su antepasada, pero el escándalo marcó ambas vidas", reza la frase de promoción en el cartel.

Más allá de la semejanza, en la que desde luego sale perdiendo Diana de Gales (por lo visto en la película, a Georgiana se le vislumbran algunas virtudes más trascendentales que las supuestamente ostentadas por la princesa de Gales), La duquesa no sobresale ni para bien ni para mal de la habitual producción británica de época, impecable en cuanto a factura técnica y ambientación, pero desequilibrada y un tanto fría en la narración. Tanto que, carente de clímax final, tiene uno de esos desenlaces abiertos, que lo mismo pueden llegar media hora antes que después, y que siempre van seguidos de una retahíla de explicaciones escritas sobre el porvenir de los personajes.

LA DUQUESA

Dirección: Saul Dibb.

Intérpretes: Keira Knightley, Ralph Fiennes, Dominic Cooper, Charlotte Rampling, Aidan McArdle.

Género: drama. Reino Unido, 2008.

Duración: 110 minutos.

Y es una pena porque mientras los toques políticos están bien dosificados, se desaprovecha el aspecto más interesante de la historia: el tumultuoso triángulo formado por Georgiana, su marido, el duque de Devonshire, y la mejor amiga de aquélla, una tal Bess Foster, que acabó conviviendo en la mansión familiar (y en el lecho del esposo) acompañada de sus hijos. Una mezcla de concubinato, pacto político-doméstico y simple lujuria, a la que no le hubiese venido nada mal un poco más de lascivia y suciedad mental a la hora de su narración y, sobre todo, de su puesta en escena.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 3 de abril de 2009