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Entrevista:Trotamundos | Íker Jiménez - Periodista | EL VIAJERO HABITUAL

Las momias Chinchorro

Primero hay que volar a Santiago de Chile y luego a la ciudad de Iquique. Allí hay que buscar cualquier forma de desplazarse al norte. Vale una avioneta, una moto, una caravana. Destino: Arica, Tarapacá y Atacama. El desierto. La nada. Íker Jiménez, perseguidor vitoriano de misterios y presentador de Cuarto Milenio (Cuatro), pasó allí unos días entre pueblos abandonados y momias.

¿Por qué al desierto?

Es un paraíso para los amantes de la arqueología. Impresiona sobre todo la zona de los 200 poblados del salitre, en el desierto de Tarapacá. Allí, unas 5.000 personas vivían de la extracción del nitrato. Pero las poblaciones fueron abandonadas en los años cuarenta del siglo pasado. Sólo han quedado ciudades vacías y terroríficas. Todo se conserva intacto, al ser uno de los desiertos más secos del mundo. Recuerda mucho a Chernóbil.

O a una película de terror?

Imagínese el escenario: en los cementerios, la sal del desierto ha ido empujando las tumbas fuera de sus nichos. Luego está el punto de ciencia-ficción: los petroglifos; grandes dibujos sobre el terreno, parecidos a los de Nazca (Perú) pero mucho menos publicitados. A mí me impresionaron más, al ser un terreno virgen y abandonado. Hay que verlos desde una avioneta.

¿Cómo son esas figuras?

Rarísimas. Lo que más sobrecoge es el Gigante de Atacama, un humanoide de unos cien metros de largo con una especie de corona en la cabeza. Es curioso pensar que quienes las crearon hace más de mil años no pudieron admirarlas en todo su esplendor.

¿Sintió escalofríos?

Allí, tan solas en mitad del desierto, provocan respeto, un miedo ancestral. Como las momias Chinchorro.

¡Uf! Y esas, ¿dónde están?

En Arica. Son las más antiguas del mundo, más que las egipcias. Se han conservado perfectamente en ese desierto tan seco. Están envueltas en un fardo, con un aspecto muy siniestro, el rostro cubierto por una máscara. Se cree que su conservación estaba relacionada con ritos antropófagos...

¿Y qué tal la comida?

Seca, como el desierto.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 21 de febrero de 2009