Columna
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La segunda derrota de Israel

El general prusiano Carl von Clausewitz define la guerra como "un acto de violencia para obligar al contrincante a cumplir nuestra voluntad". Una guerra se gana si con la utilización de la fuerza se logra imponer al adversario lo que se pretende. En la última intervención militar en Líbano el objetivo era destruir la capacidad militar de Hezbolá, debilitándolo de tal forma que resultase inofensivo. Israel no lo consiguió en el plazo que Estados Unidos le concedió para actuar por su cuenta, de modo que tuvo que retirarse con la sensación amarga de la derrota.

El que quedó tocado de muerte no fue Hezbolá, sino el Gobierno de Olmert. Pero, en vez de aprender de esta experiencia, vísperas de unas elecciones en las que su partido, Kadima, parecía condenado a perderlas, y aprovechando el vacío de poder de las últimas semanas de un presidente que había cometido los mismos errores en Irak y Afganistán, también con consecuencias catastróficas para el mundo occidental, decide un ataque violentísimo sobre la superpoblada franja de Gaza para acabar con Hamás, asumiendo la responsabilidad de centenares de víctimas civiles, incluidos mujeres y niños, para ejecutar a dos o tres líderes y unas pocas decenas de combatientes de Hamás.

La democracia únicamente puede funcionar en una sociedad secularizada

El tiempo del ataque inmisericorde expira con la llegada al poder del presidente Obama, y otra vez Israel tiene que retirarse sin haber destruido al enemigo. Al contrario, sale fortalecido por el odio que ha vuelto a expandir entre la población palestina y árabe en general, con el prestigio de Israel bajo mínimos. Pierden también los Gobiernos de Egipto, Jordania y Al Fatah, que confiaron en que el ataque israelí les libraría del adversario que más temen, un movimiento de resistencia islamista. Pero lo verdaderamente trágico es que esta violentísima operación -peor que un crimen, un gravísimo error- contase con el apoyo entusiasta del 85% de la población judía israelí.

Israel había convertido la franja de Gaza en un campo de concentración, con el fin de que la población se distanciara de un Gobierno elegido democráticamente, pero decidido a resistir a todo trance. Más que una amenaza militar, los cohetes que han lanzado, y pueden seguir arrojando si ambas partes no respetan la tregua, son un grito de insumisión que manifiesta que no van a aceptar las servidumbres que les quieran imponer. Se comprende que los cohetes de Hamás levanten tanta indignación en Israel, al dejar constancia de que por grande que sea su superioridad militar y por mucho que los castiguen brutalmente, los prisioneros de Gaza no están dispuestos a rendirse.

Empero, lo verdaderamente descorazonador es que no se divise una salida. La comunidad internacional, incluido Estados Unidos, parece estar convencida de que la única solución al conflicto pasa por reconocer un Estado palestino que, después de haber negociado de nuevo las fronteras, se comprometa a vivir en paz con su vecino. Aunque Israel no puede negarse a esta negociación, hará todo lo posible con exigencias que la otra parte no podrá aceptar, o apelando a su seguridad para rechazar las palestinas, para impedir que se llegue a un acuerdo.

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Israel se encuentra en la dificilísima coyuntura de no poder pactar una solución tan frágil como un Estado dependiente, una especie de protectorado, porque los palestinos no lo soportarían por mucho tiempo y volverían a rebelarse. Pero tampoco que se estableciese un Estado palestino, realmente independiente, porque, tanto si con la ayuda internacional lograra consolidarse, como si resultase un Estado fallido, tan impredecible como amenazador, en ambos casos no se descarta que el odio acumulado no se dirigiese contra Israel, si son fuertes, para vengarse, y si son débiles, para acusarlos de su impotencia.

Pero el obstáculo mayor a una reconciliación árabe-judía, supuesto imprescindible de una paz duradera, es el distinto crecimiento demográfico. Incluso la población palestina con nacionalidad israelí aumenta más deprisa que la judía, a la vez que se muestra cada día menos dispuesta a tolerar el apartheid. Un Estado palestino la reforzaría mucho y complicaría la situación interna.

La solución ideal, una confederación palestina-israelí, resulta imposible, tanto porque el sionismo, al pretender un Estado judío, no puede integrar la pluralidad existente -como por las implicaciones políticas de considerar Israel la tierra prometida-. En Israel ha quedado de manifiesto que la democracia únicamente puede funcionar en una sociedad secularizada. La intromisión política de la religión -y Palestina es el hogar de las tres religiones del libro- cercena, cuando no imposibilita el libre despliegue democrático.

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