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COLUMNA

Bolivia: minoría contra mayoría

El domingo se celebrará en Bolivia un referéndum para aprobar la nueva constitución indigenizante del presidente Evo Morales, que pretende inaugurar un nuevo milenio en la historia del país andino y amazónico. En consultas similares, el oficialismo había obtenido cerca de dos tercios de los sufragios y en esta ocasión el primer magistrado augura, promete o se juramenta para que el tanteo no baje del 80%; la forma de computar, sin embargo, aquello que los ciudadanos voten, no se limita a amontonar síes y noes para ver quién gana; hay que desglosar.

La victoria de Morales será formalmente la misma, pero todos los bolivianos estarán pendientes de lo que pase en cinco provincias donde se supone que el resultado será apretado, los de la llamada Media Luna: Santa Cruz, Beni, Pando, Tarija y Chuquisaca, donde reside la oposición que aún resta al Gobierno central.

El indio ha vuelto; que cada uno saque sus conclusiones ante esta nueva América Latina

Bolivia, a vista de pájaro, puede parecer un país fuertemente homogéneo: cerca de un 70% de indígenas; un 20% largo de mestizos, la mayoría de ellos indistinguibles para el europeo de sus hermanos indios; y menos de un 10% de blancos, descendientes en su mayoría de españoles, con algún floreo germánico. Pero hay, al menos, dos Bolivias. Una mayoría que vive en el altiplano occidental, quechua o aymara -a esta última etnia pertenece Morales, aunque la única lengua que habla es el español de los conquistadores- de antigua dominación incaica que en la Colonia fue el Alto Perú; y las tierras del oriente que miran más a Brasil que a La Paz, y donde la mayoría indígeno-mestiza no le cede en número a la mesetaria, pero se descompone en un buen número de familias de origen amazónico o guaranítico, tan extrañas al duopolio posincaico como un andaluz a un escandinavo.

Y sobre esta mayoría regional la minoría de esa minoría, el criollo, ha logrado crear o desarrollar un impulso natural hacia la autonomía, que amuebla de intereses materiales el hecho de que en ellas se encuentren los yacimientos de hidrocarburos que hacen a Bolivia seria aspirante a ricachona.

Una probable mayoría nacional, que le pertenece por entero a Morales, se opone a otra posible mayoría regional y provincial, que prestaría legitimidad a la reclamación autonómica.

Y ante ello, Morales juega su gran carta en nombre del centralismo indígena cuando afirma que una espera de 500 años toca a su fin. El indio ha llegado a Palacio Quemado, dice, para no abandonarlo jamás; y aunque no pronuncia la palabra revancha, ésta viaja de paquete con la comitiva, tanto como en una Constitución que consagra el autogobierno de las colectividades autóctonas con arreglo a sus usos y costumbres. Igual que bolivianizó las riquezas del subsuelo que se explotaban para mayor beneficio del capital extranjero, el presidente persigue hoy la deshispanización del país, aunque, dado que la mayoría de la población ya conoce una lengua universal, que, además, es la de sus dos grandes amores, Cuba y Venezuela, es de suponer que no piensa prescindir de ella.

El único obstáculo a esa propuesta de transustanciación nacional sería la caída de la cotización de los hidrocarburos con los que habría que financiar tantas jurisdicciones, antiguas y modernas como hay que crear. Hasta ahora ha contribuido a ello el maná que el presidente Chávez ha distribuido en sus 10 años de mandato; según la oposición, 53.000 millones de dólares, parte de los cuales hicieron el camino de La Paz; pero con el crudo a menos de 40 dólares, no hay para todos.

El presidente ha jugado sus cartas de mano maestra: ha dividido a la oposición en la capital, que domina el partido Podemos, pactando la aprobación parlamentaria del texto legal con una parte de sus miembros, rompiendo el partido, y a cambio de lo cual se ha conformado con una sola reelección; y, paralelamente, la defección de Podemos deja en escuálida soledad a la otra oposición, la autonomista, centrada en Santa Cruz.

Si los que a veces se dicen federalistas ganan en alguna o todas las provincias orientales podrán, como ya hicieron el verano pasado, montar alguna algarabía pública en su feudo, pero las armas, políticas y de fuego, las monopoliza La Paz. Y así parece difícil que el grado de devolución del poder que se conceda al criollato oriental llegue ni remotamente a satisfacer sus aspiraciones.

El indio ha vuelto; que cada uno saque sus conclusiones ante esta nueva América Latina; hoy, boliviana; mañana veremos qué.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 21 de enero de 2009