Columna
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Kilómetro sentimental

Un soldado muerto tirado en medio de la carretera, al descubierto, la cabeza a escasa distancia del objetivo de la cámara. A su lado pasan una mujer y unos niños atareados; miran temerosos, no se acercan. No sé si lo recordarán: apareció en la portada de este periódico hace unos días. No les he dicho la nacionalidad del asesinado, pero apuesto que han adivinado astutamente que no se trata de uno de los nuestros. Era fácil de acertar: a nuestros muertos no los exponemos.

Se trataba de un soldado congoleño. Por supuesto, anónimo. La noticia alertaba de la posibilidad de que la guerra del Congo se extendiese a toda la región, pero dudo de que cosechase un gran número de lectores. Fuimos muchos los que nos emocionamos viendo Hotel Rwanda y los que, en ese momento, sentimos rabia y vergüenza de que la comunidad internacional hubiera estado de brazos cruzados mientras, en escasas seis semanas, los hutus mataban a machete, uno a uno, a nada menos que ochocientos mil compatriotas suyos, los tutsis.

Nuestro interés por los demás es inversamente proporcional a la distancia que nos separa de ellos

Esta vez, en cambio, los rebeldes sublevados son tutsis. Mientras intentamos entender las razones de su revuelta, parece que han aceptado abrir un proceso de paz, iniciando un alto el fuego. Veremos. Me parece, sin embargo, que si algo semejante a lo ocurrido en Ruanda hace menos de quince años volviera a repetirse, nuestra indiferencia no sería mucho menor que la de entonces.

Tal vez sea ley de vida. La ley del kilómetro sentimental que, más o menos, nos afecta a todos: nuestro interés por los demás es inversamente proporcional a la distancia que nos separa de ellos. De modo que un muerto en casa es un drama, mientras diez mil allende los mares constituyen una anécdota. Así reza esa ley, sí, pero no hay que entenderla al pie de la letra, pues no se trata, desde luego, únicamente de una distancia física, sino emocional. Estados Unidos también está a miles de kilómetros y muchos de sus muertos, como los del 11-S, también nos parecen nuestros. La visibilidad y la extrema difusión de la noticia contribuyen a ello, claro está.

Todo ello se percibe, entre otras cosas, en la interdicción que prohíbe mostrar los cadáveres descubiertos (o al menos sus rostros). No hemos visto ni una sola foto de ninguna víctima del 11-S, ni del 11-M, ni de prácticamente ningún occidental muerto o asesinado en los últimos lustros.

Podremos haber visto imágenes de talibanes fallecidos violentamente, pero desde luego no de soldados españoles caídos en Afganistán. Se esgrimen múltiples argumentos: que el "buen gusto" proscribe esas imágenes, que su difusión violaría los "derechos de los parientes", que no aportan nada relevante a la noticia periodística, que sólo alimentan el morbo, etcétera.

Sin embargo, cuanto más remoto o exótico es el lugar, más probable es que los medios nos enseñen frontal y plenamente a los muertos y moribundos. Todos los argumentos anteriores parecen perder peso en esos casos. Son seres que percibimos como muy alejados de nosotros, y con los cuales nos cuesta identificarnos. Un muestrario del sufrimiento que impera en el mundo, pero no algo que nos incumba directamente a nosotros.

No intento decir que no deberían publicarse esas fotos, ni que se logre algo positivo no mostrándolas. Sólo me pregunto por el alcance de la ley del kilómetro sentimental. ¿Hasta dónde y cómo seremos capaces de expandir el círculo del nosotros?

* Este artículo apareció en la edición impresa del martes, 18 de noviembre de 2008.

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