Reportaje:

Mr. Dollar contra Coney Island

Como escribió Lawrence Ferlinghetti en el poemario A Coney Island of the mind, la nostalgia forma parte del espectáculo de la última parada del barrio de Brooklyn (Nueva York). La sola mención de Coney Island evoca el paisaje sentimental de la cultura popular norteamericana. Allí, apenas a una hora en metro desde Manhattan, se levanta desde hace casi un siglo uno de los parques de atracciones más antiguos del planeta, hoy un espacio de ocio de aire retro que ha sido durante años foco de atracción para familias, artistas, frikis y personajes decadentes de diverso pelaje.

De Gay Gatsby a la mujer barbuda, de Lou Reed a Alsoria, la niña tortuga. Los sueños de poesía y los de codicia se han dado la mano por igual en Coney Island. Allí debutó Harpo Marx a principios del siglo XX y allí también el hombre araña mostraba sus deformes cualidades a cambio de unas monedas. Niños, viejos y pandillas... Hoy asoma una realidad dura de vertedero social que sobrevive entre neones multicolor y muñecos de la risa. Probablemente, nada representa tan bien las luces y las sombras del sueño americano.

Pero los tiempos cambian y, como dicen en las viejas películas de vaqueros, ni los estercoleros son ya lo que eran. Hace un año la empresa Thor Equities compró el parque Astroland, donde está El Cyclone, la montaña rusa más antigua del país, construida en 1926 y que, con sus raíles de madera, su aparente precaria estabilidad y sus violentos vaivenes, es considerada el alma simbólica del lugar. La operación de Thor Equities es un paso más allá en la conquista de esta zona, formada por varios parques y donde las luchas entre familias y una legislación compleja (El Cyclone, el Parachute Jump y la Wonder Wheel son patrimonio nacional, por lo que no se pueden derribar) han frenado los intentos de reciclar Coney Island en un lugar más rentable y menos pringoso.

En el pasado Festival de Cine de Venecia se presentó el proyecto del documental The poor man's Follies, dirigido por los italianos Fabrizio Vegliona y Monica Carrozzoni, que pretende denunciar el peligro que corre un lugar que ellos consideran patrimonio universal. La pareja de realizadores, formados en el videoclip y el videoarte, forman la base del grupo Instituto Micropunta (www.micropunta.it), y ya en 2006 rodaron un cortometraje titulado Las famosas hermanas Pontani, que se convirtió en el germen de este filme: "Coney era un barrio donde originalmente vivían muchos emigrantes italianos; varios de los freaks que se exhibían eran italianos. Alrededor del 70% de las personas con las que hablamos tenían orígenes italianos". Y añaden, como explicación a su fascinación por el lugar: "Probablemente, nosotros también somos unos frikis. Coney es un área que aún no ha sido absorbida por marcas, sellos, etiquetas o empresas, con un vago sabor a años setenta; un sitio en el que todavía existe cierta sensación de libertad individual, un lugar para los debosciati", y usan aquí un galicismo que define a las personas libertarias."Coney se corresponde a nuestro Coliseo, y a nadie en Europa se le ocurriría tocar el Coliseo", terminan tajantes.

Símbolo de la cultura popular de masas, Coney Island representa, según los realizadores italianos, el lugar donde mejor se han desarrollado las intuiciones de P. T. Barnum, showman y empresario circense que en el siglo XIX fue conocido como "El rey de las mentiras", provocando la histeria social con espectáculos bizarros y con su museo de los 500.000 asombros y maravillas, que incluía sirenas , mujeres barbudas y hasta la bicentenaria niñera de Washington. "Es el primer inventor del pop art, del freakshow, de la publicidad, las exageraciones, el gran circo, la feria mediática, el entretenimiento popular tan políticamente incorrecto como seductor y repulsivo. Ante Barnum, Warhol parece un novato. Si miramos la situación actual del planeta, Coney es sin duda el lugar más representativo, pero pocos se han dado cuenta. Todo lo que conocemos hoy como imagen y comunicación fue ideado por Barnum y se ha desarrollado en Coney".

Coney Island ha sido, y todavía es, un lugar muy particular; su historia siempre se ha percibido bajo luces intensas y sombras turbias. "El circo, las invenciones, los colores de los espectáculos, los ricos por un lado y los pobres por el otro, el vicio, los tipejos, la corrupción, los gánsteres. Política, prostitución, juego...", enumeran Monica Carrozzoni y Fabrizio Vegliona. "El nombre de Coney procede de los nativos, habitantes de la isla de Narrioch, que significaba tierra sin sombras. Existe un elemento propio de la cultura americana, o del sueño americano, y es esa dualidad; esa cara llena de luz y colores y en la que puedes ver, en una segunda mirada, las sombras más oscuras".

Alrededor de Coney Island viven en caserones de protección oficial comunidades afroamericanas y portorriqueñas. Es tierra de pandillas y de enfrentamientos permanentes por el control del territorio. "Las cosas han mejorado con el tiempo, pero se trata de una realidad que todavía existe. Durante nuestro rodaje mucha gente nos advirtió de que podía ser arriesgado adentrarse en algunas zonas. Son realidades complicadas, hechas de personas sin futuro, de pandillas de adolescentes que se matan mutuamente. Pero el peligro procede de la discriminación, no de las personas. Conocimos a un viejo carnicero del barrio, el único comercio de carnicería antiguo, un hombre muy afable, un verdadero gentleman, que presumía de no haber puesto nunca un candado en la puerta de su carnicería. Tiene muchos clientes y es muy respetado por todo el mundo, jóvenes y mayores, negros y blancos, amarillos y verdes".

En verano, las familias llenan la playa. Una estampa que deja nuestro Benidorm a la altura de la playa más exclusiva de la Costa Azul. El olor a fritanga, el hacinamiento de sombrillas y las panorámicas de mujeres y niños remojándose en ropa interior, o directamente vestidos, muestran la cara más popular de EE UU. "El parque sobrevive por esos neoyorquinos. Uno de los motes del parque es The poor man's paradise (El paraíso de los pobres) porque cualquiera puede ir con unos dólares y pasar un buen día. Hay muchas cosas que ver y hay una playa enorme y abierta. Se organizan fiestas, bailes, hay cierto sentido de libertad, dicen que es el único lugar de Nueva York en el que queda el espíritu de los setenta. En Coney existe una locura creativa, positiva, pero es verdad que el barrio es pobre y está abandonado, falta trabajo y hay personas y comunidades marginadas que viven en la más absoluta dificultad. Pero en el debate sobre el futuro del parque son precisamente ellos los que corren el riesgo de quedarse fuera del eventual desarrollo que se espera".

Pese al fondo de denuncia, The poor man's Follies es una película directamente inspirada en el arte burlesco. En ella se mueven todo tipo de personajes, habitantes de Coney Island, intérpretes de un mundo que lucha por preservar algo tan escurridizo como es la autenticidad. "Pensemos en Coney Island rodado por Buster Keaton en 1917. Hemos querido adaptar ese sistema de rodaje. Cámara en mano con la ayuda de nuestra guía: Angie Pontani". Pontani, musa del filme y de Coney Island, acudió a la presentación del documental en Venecia. Es una Dita von Teese de barrio, divertida y fresca, que defiende su espectáculo (que desde hace 10 años se representa en un pequeño local neoyorquino) como una sátira llena de "belleza y glamour". "No hay nada serio e intenso en lo que hago, es puro entretenimiento", dice. "Los strip-teases que yo reproduzco se llamaban en su día The poor man's Follies, porque nacieron como respuesta popular a los espectáculos de Broadway de Zeitgeist Follies. Los hombres que no tenían dinero podían disfrutar de un show igual de glamouroso por poco dinero. Y eso es lo popular, lo que defendemos en Coney Island".

Para Angie Pontani, la idea de reordenar el espacio con edificios nuevos y comercios de lujo, o la privatización de la playa, rompería el verdadero sentido del lugar y sólo dejaría un pobre esqueleto en el que se perdería la vieja esencia.

Coney Island es un icono cultural, un sitio poderosamente pintoresco. Quizá por eso tiene sentido que sea una bailarina medio desnuda la voz que mejor lo representa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 09 de noviembre de 2008.