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Reportaje:

Josep Irla, el eslabón 124

50º aniversario de la muerte del sucesor de Companys

La continuidad institucional y la legitimidad histórica de la que tan orgullosos se han sentido los últimos presidentes de la Generalitat ha sido posible, entre otras cosas, gracias a la responsable actuación de algunos políticos en momentos especialmente críticos, cuando no trágicos. Uno de ellos fue Josep Irla i Bosch (1876-1958), un federal republicano de Sant Feliu de Guíxols (Baix Empordà). Su actual sucesor, José Montilla, le rendirá hoy homenaje en el palacio de la Generalitat con ocasión del 50º aniversario de su fallecimiento en Saint Rafael (Francia).

Irla fue el 124º presidente de la Generalitat desde 1940 hasta 1954. El papel que desempeñó en su exilio no podía ser políticamente brillante, en un contexto internacional marcado por la tolerancia que la dictadura franquista obtuvo de las potencias occidentales tras la II Guerra Mundial. Pero sí sirvió para pasar el testigo a un sucesor, Josep Tarradellas, que a su vez logró superar a la larga dictadura.

El fusilamiento de Lluís Companys en noviembre de 1940 provocó el acceso automático de Irla a la presidencia de la Generalitat. Según las previsiones legales, le correspondía, en su condición de presidente del Parlament, la segunda autoridad de la Generalitat.

En septiembre de 1945, finalizada la II Guerra Mundial y de acuerdo con el Gobierno de la República presidido por José Giral, Irla formó también un Gobierno de la Generalitat en el exilio, que esperaba asistir a la recuperación de la democracia en España. Incluyó en él a personalidades tan destacadas como Pompeu Fabra, Carles Pi Sunyer, Manuel Serra i Moret, Josep Carner, Joan Comorera y Antoni Rovira Virgili.

Desvanecidas las esperanzas en una caída de la dictadura franquista, este Gobierno fue disuelto en 1948 y entonces Irla dedicó su actuación a preservar la continuidad de la institución en el enrarecido ambiente de un exilio republicano dividido y cada vez más desconectado de Cataluña.

Éste fue probablemente uno de los momentos más delicados para la continuidad de la Generalitat. La institución quedó en la práctica reducida a la presidencia de Irla, que no disponía más que de un secretario general, Víctor Torres. En 1953, Irla, que contaba ya 77 años, decidió delegar sus funciones ejecutivas en Josep Tarradellas, para lo que le nombró primer consejero. En mayo de 1954, agotado ya su ciclo político, comunicó al propio Tarradellas su renuncia a la presidencia y pidió que se procediera a la elección de un sucesor. Así fue como el 5 de agosto de 1954 los diputados catalanes en el exilio, reunidos en la Embajada de la República Española en México, eligieron a Tarradellas como 125º presidente de la Generalitat. Ésa es la legitimidad de la que Irla fue eslabón en tiempos difíciles.

El propio Irla había sido elegido diputado del Parlament por vez primera en las elecciones de noviembre de 1932. Encabezaba la candidatura de Esquerra Republicana en la provincia de Girona. Se había iniciado a principios de siglo en el Centre Republicà Federal Català como seguidor del ideario de Pi i Margall. Obtuvo una gran victoria, porque logró más de la mitad de los votos. Luego accedería a la presidencia del Parlament en un momento particularmente delicado, en octubre de 1938, cuando se barruntaba ya la derrota militar de la Segunda República.

Su ajetreada y larga vida política corrió en paralelo con la actividad como empresario de la industria corchotaponera, iniciada en el Empordà y continuada después de 1939 en el sur de Francia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 19 de septiembre de 2008