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Reportaje:ENTREVISTA | SORAYA SÁENZ DE SANTAMARÍA

"¡Aquí hay que estar preparado para todo!"

Es la portavoz parlamentaria con la que el PP quiere dar a la legislatura otro estilo. Ella le echa ganas y alegría para dar en las narices a quienes pensaron que no resistiría.

Le han dicho que habla demasiado, o que es demasiado locuaz, y acaso por eso en algún momento de esta conversación debió de pensar: "Me estoy pasando", y haciendo caso a sus críticos, a los suyos y a los ajenos, empezó a contestar con monosílabos. Luego lo dijo Soraya Sáenz de Santamaría, de 38 años, vallisoletana, talismán del cambio de imagen del PP de Mariano Rajoy: "Es que me alargo muchíííísimo, todo el mundo me lo dice, y hago que las entrevistas sean interminables. Me hacen una pregunta y largo una conferencia". Pero es que lo suyo es hablar, para eso está ahí, en el Parlamento. Rajoy la nombró en medio de la gran trifulca precongresual del PP, y a ella le llovieron chuzos de punta, desde las bancadas de los propios ("no resistirá ni un periodo de sesiones") y desde los micrófonos aliados contra el nuevo Partido Popular. En medio de la primera entrevista que dio una vez fue elegida para esa dignidad de jefa de sus parlamentarios, un periodista de radio le hizo esta pregunta indigna: "¿Usted ha conocido varón?". Ella dice ahora que en medio de aquel clima en el que defenestrarla (a ella, a Rajoy) parecía moco de pavo, no le extrañó nada el insulto implícito, y siguió adelante como si no estuviera pasando nada. Y ha resistido, claro; es más, se ha divertido; ha posado riendo con sus adversarios (José Antonio Alonso, por ejemplo, aparece a su lado en las fotos como si volvieran juntos del cine) o teniéndolas tiesas ("pero con respeto") con la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega. Desde chica, dice su madre, le gustó arreglar entuertos, y ella es responsable ahora (en gran medida) de un clima que sus antecesores en el Parlamento, y en la oposición, convirtieron en una atmósfera encorbatada y gris plomizo.

Vino a la entrevista acompañada por José Luis Ayllón, que estuvo allí, silente en la capilla del hotel Santo Mauro, "aguantándome, porque él es el que más me aguanta", no en vano es el secretario general del grupo parlamentario que ella dirige; Ayllón estaba a un extremo, y ella le miraba con el rabillo del ojo, no sé si para corroborar "que no me estoy pasando" o si para hacerse con él señas de mus, juego en el que es experta desde que era una estudiante aventajadísima de Derecho y luego de las oposiciones a la abogacía del Estado. Es conocido que como tal, como abogada del Estado, trabajó en León cerca del padre y de un hermano del presidente Rodríguez Zapatero, y también es notorio que fue esa profesión la que un día la llevó a tocar a la puerta de Rajoy, que entonces era vicepresidente del Gobierno (de José María Aznar) y que necesitaba para su equipo un abogado del Estado. Le preguntaron allí, en Moncloa, si estaba acostumbrada a estar metida en líos, y ella dijo que sí, claro; Rajoy la contrató. Le pregunté si se habría presentado a cualquier otro dirigente de cualquier otro partido, el socialista, por ejemplo: "No, creo que no. Fui a él porque me atrajo lo bien que lo estaba haciendo; era el año 2000, acababa de lograr mayoría absoluta". Lo llama "el jefe", y a su marido (se casaron en Brasil; él es también abogado del Estado) lo llama "mi chico". Rajoy es su jefe; si él se hubiera ido el 9 de marzo, después de aquella famosa escena en el balcón de la calle de Génova, ella se habría ido tras él, helados por el huracán de un fracaso. Aquí, ella cuenta qué pasó en el balcón, y por qué estaba ella en aquella instantánea. Cuando hablamos con ella, el verano estaba achicharrando Madrid, pero estaba como unas castañuelas, porque lo que se había propuesto ya lo había conseguido: que dejaran de tratarla como una chiquilla a la que se puede llamar simplemente Soraya o a la que alguien le puede espetar si ha conocido varón. Al final le pregunté explícitamente qué vino a hacer Ayllón en la capilla del Santo Mauro. "Gracias a él hemos sobrevivido con humor estos tres meses. Después de las largas noches y de las largas tensiones, ahí estaba Ayllón, haciéndonos reír". Por eso estaba allí, silente, siendo el tercero de esta entrevista, por si ella se pasaba, quizá, pero seguramente por si había que echar unas risas. Ah, al final de la conversación nos dijo: "¡Pero si sólo hablamos de política!". Es cierto, y también es cierto que muchas veces esquivó otros asuntos. "¡Es que no me gusta hablar de mi vida personal!". En ese alambre anduvimos.

¿Cómo se siente? ¿Mi tono vital? Con mucha curiosidad. Fíjate que he hecho cosas en política; pues éste es el sitio más bonito que he pisado.

¿Por qué? Porque puedes verlo todo, porque pasas de un problema a otro muy rápidamente y porque acabas sabiendo de todo y te lo cuenta la gente que verdaderamente sabe.

Para trabajar en el PP le preguntaron si estaba dispuesta a afrontar un montón de líos. En aquella época era una abogada del Estado de provincias que ya había asumido una tarea complicada. Teníamos en aquel momento en León la mayor suspensión de pagos, 26.000 millones de pesetas, y eso te curte. Y me preguntaron eso, si estaba acostumbrada a situaciones difíciles... ¡Anda, que si llego a saber entonces qué eran situaciones difíciles!

¿Cómo salió de aquella suspensión de pagos? Cuando llegué a León me llamó el director de la Agencia Tributaria: "No sé si sabrás que tienes la mayor suspensión de pagos que hemos tenido nunca". Le contesté: "Acabo de ingresar, no he llevado nunca una suspensión de pagos". "Confiamos en ti", me dijo. "Pues sois unos irresponsables", le respondí, "no sé si lo voy a hacer bien o mal, porque nunca he visto ninguna". Y lo hice poquito a poquito, como yo pienso que hay que abordar los problemas: dividiéndolos.

Ahí estuvo usted en contacto con el padre y con el hermano de Zapatero. El padre y yo compartíamos un expediente de dominio de unas fincas que colindaban con la confederación hidrográfica... Iba de cuando en cuando al despacho.

¿Cómo fue la experiencia? Interesante. El padre de Zapatero le tenía mucho cariño a la Abogacía del Estado, él había trabajado allí algunos años, y fue bien. En general, la experiencia en León fue muy interesante; me gusta el juzgado, me gusta esa vidilla del compadreo de abogados, que es muy parecida a la del Congreso.

¿Cómo se fue haciendo, cuándo se dio cuenta de que ya tenía uso de razón? Creo que lo del uso de razón lo tuve bastante pronto, probablemente por ser hija única; por venir de una familia en la que mis padres trabajaban me acostumbré a solucionar los problemas bastante pronto.

Pero ser hija única también te puede llevar a la mimosería. Mi madre le tenía verdadero pánico a que me hiciera mimosa y caprichosa, y por eso me sometió a una educación bastante espartana. A veces le digo que se pasó.

¿Su padre le consintió más? Mi padre me consentía más, pero mi madre no le dejaba. Ella siempre me hacía bastante responsable de las decisiones que tomaba, desde muy pequeña. Me hacía elegir y luego, si me quejaba, me decía: "Bueno, lo has elegido tú, no te puedes quejar".

¿Cómo es la relación con ellos ahora? Cuando uno es hijo único y los padres se hacen mayores, surge el síndrome del hijo único; se empiezan a invertir los papeles y acabas siendo tú el padre de ellos. En especial con mi padre, que está más enfermo y más delicado. Mi madre se ha aficionado mucho a la política, y entonces sabe más que nadie, ja ja ja.

¿Qué comentarios le hace? Ella oye las tertulias, me comenta lo que le gusta y lo que no le gusta, lo que se me entiende y lo que no se me entiende. Está muy preocupada por que se me entienda siempre.

Una adolescente, hija única, obligada a elegir. Abogacía del Estado. Usted no sabría qué era eso. No. No sabía qué carrera iba a elegir. Me decanté por Derecho, empecé la carrera y vi que me gustaba, pero no tanto la tarea de un despacho. Así que cuando me licencié quise opositar a Abogacía del Estado. Estuve dos años con una beca en el departamento de Derecho Administrativo y comprobé que eso era lo que me gustaba. Y empecé la oposición. Tuve la suerte de sacarla y de que me dieran un destino que recuerdo con mucho cariño.

Una empollona. No. Salía mucho, me divertía. A algunos les sorprendía encontrarme en algunas fiestas, obteniendo como obtenía aquellas notas.

Una chica alegre que se toma las cosas muy en serio. El sentido del humor es muy bueno para la política. Pero hay cosas que hay que tomárselas muy en serio... Como portavoz del Congreso vives muchos dramas en primera persona. Al poco tiempo de llegar a ese puesto tuvimos una reunión con asociaciones de cofradías de pescadores, en un momento en que la flota estaba amarrada. El presidente de una cofradía nos contó una historia que acababa de ocurrir: un patrón, acuciado por la hipoteca, había aparecido ahorcado en su barco... Esa reunión me marcó mucho; reconozco que me tuvo la cabeza bastante descolocada durante varios días; no son iniciativas, no son debates: esto es la vida de la gente, esto es la intrahistoria, el resto son datos, cifras... Pero detrás de cada cifra hay un drama y una historia personal.

Pues la gente suele decir que ustedes, los políticos, están ausentes de la realidad, que no ven más allá de lo que pasa en el Congreso. Es que los políticos tenemos que escuchar más. La mayoría de las veces lo que hay que hacer es ser sinceros con la gente, decir: quizá no tengamos la solución, pero podríamos intentarlo.

Y en aquel caso que a usted tanto le marcó, ¿qué le dijeron al hombre? Le prometimos que intentaríamos que el Gobierno tomara conciencia de ello.

¿Lo consiguió? Hay una iniciativa que esperemos que tomen en consideración en el próximo periodo de sesiones. Se consiguen cosas. Por ejemplo, en las reuniones con el padre de Mari Luz Cortés, todos los grupos fueron muy receptivos, y nuestra iniciativa sobre casos como ése se aprobó por unanimidad. Ahí te sientes superútil.

Es que la política debe ser para aliviar los dramas humanos. Debería concebirse así.

¿No se concibe así? A veces se presenta como una lucha entre unos y otros. Lógicamente, todo el mundo pasa por unas elecciones y las quiere ganar, pero debe ganar el que sepa enfocar mejor las cosas. Pero en la política a veces se ve demasiado cálculo. Lo veo en el Partido Socialista, veo a Pepe Blanco con mucho cálculo.

Y en ustedes eso se verá también. Pues yo no me planteo la vida en números de votos, sino que la gente tenga confianza en el sistema, que éste pueda funcionar.

Pero ustedes calculan también. No sé si hemos calculado, pero en todo caso creo que la política debe ir en otra línea.

Cuando usted fue a pedir trabajo en Moncloa, ¿ya tenía vocación política? Tenía opinión política, pero vocación, aún no. Así que cuando Mariano Rajoy me pidió que le asesorara en el programa electoral decidí que debía hacerme del Partido Popular. Un programa electoral es lo más importante que tiene un partido. Y si estás en el programa, estás en el partido.

Así que se subió usted a la moto. Me subí al autobús. Las cosas hay que vivirlas a tope; si no, no se hacen. Además, es divertido.

Pero usted está aquí por Rajoy. Y por el proyecto. Rajoy me convenció por su manera de ver la política: él cree que hay que hacer política de Estado, que hay temas que hay que consensuar y que no se pueden cambiar. La suya es una política muy honesta, muy transparente y muy limpia. Eso es lo que me enganchó.

Pero en los últimos cuatro años eso no fue así. ¿Cómo ha visto usted estos últimos tiempos? He visto que se han abierto debates por parte del Gobierno que no creo que fuera bueno abrirlos tal como se abrieron. Siempre he visto al presidente de mi partido defender esa política pactista, de búsqueda de consensos; para él, que eso no se consensuara era inédito y malo.

Pero fueron cuatro años de una dureza extrema. Es que se abrieron debates muy complicados, se pusieron en peligro valores del Estado y sin pactarlos.

Y ustedes también se han juntado a pilares, como la Iglesia, que los ha dominado. Yo no lo he percibido nunca así. Nosotros somos respetuosos con todas las libertades, incluida la religiosa, y ese equilibrio viene desde la Constitución de 1978. Hay que ser muy respetuosos con las creencias de cada uno. Por un lado está el ámbito religioso, y por otro, el ámbito político.

Los hemos visto mezclados, en esas manifestaciones en las que los obispos marcharon junto al PP o viceversa. Creo que hay que ser, en general, muy respetuosos todos con todos; cada uno en su partido puede tener sus creencias y sus posiciones. El Partido Socialista tendría que ser también cuidadoso y no mezclar debates políticos y debates religiosos, y tampoco es bueno que plantee de determinada manera sus relaciones con la Iglesia. Hay que respetar lo que dice la Constitución en relación con las creencias mayoritarias de los españoles y abordarlo con más naturalidad desde la política. A veces se intenta buscar reminiscencias del pasado para justificar una votación política, y creo que la libertad religiosa es un capítulo aparte, y debe serlo.

Imagino que cuando ustedes se juntan hacen autocrítica. Claro, y a veces hasta se publica, ja ja ja.

¿Y cuál es la autocrítica que se hacen ustedes sobre lo que han hecho mal estos años? No nos hemos explicado bien, hemos dejado que otros explicaran lo que nosotros debimos haber explicado.

Pero la autocrítica ha debido de ser demoledora, porque el partido lo han cambiado absolutamente. No, nos hemos ido renovando. Cada momento tiene su afán, y ahora contamos con gente nueva y con gente que siempre estuvo; en el Congreso no voy a prescindir ni de unos ni de otros.

Pero es obvio que en el PP se ha prescindido de unos y se ha puesto a otros. Es que todo evoluciona. Se intenta que sea para mejor. En algunas cosas se acertará y en otras no.

Y los modos han cambiado también. Su secretaria general, María Dolores de Cospedal, me dio una entrevista en un coche, yendo a Albacete, y los políticos no suelen ser tan accesibles. A veces te sorprende que la gente se comporte con naturalidad...

De aquella Soraya que vio este periodista después del 9-M... ... en medio de una alergia galopante...

... tras la derrota electoral, triste y compungida, desayunando en el café Gijón, a esta Soraya, ¿qué ha pasado? Que quizá está más dura por fuera y más blanda por dentro. Recuerdo una portada vuestra, con una foto mía en el Congreso de los Diputados. Y como pie de foto esta pregunta: "¿Resistirá?". Cuando la vi me dije: "¡Carajo que resistiré!, ¿cómo no voy a resistir?". Y pensé: "Eso es que alguien tiene dudas". Y deduje que los únicos que no teníamos dudas éramos el presidente de mi partido y yo.

Fue en su partido de donde Carlos Cué extrajo la información que conducía a esa pregunta. ¿Cómo se sentía usted ante la evidencia de que eso era lo que se decía en el seno de sus propias filas? Yo pensé: "Esperad y veréis". Me decía: "Lo irán viendo miércoles tras miércoles". Estoy muy acostumbrada a examinarme.

¿Y qué le dio fuerzas para resistir? Primero, la confianza de la persona que me había puesto ahí, y a quien no podía defraudar. Y después, que a nadie que no tuviera 37 años (entonces) y no fuera mujer le cuestionarían su valía. A la gente hay que evaluarla por los resultados. Y como creo eso, decidí afrontar la tarea echándole ganas y horas.

Que la llamaran Soraya a secas... A mí me encanta que me llamen Soraya por la calle...

... podía significar que querían tratarla como una chica que... No me ha herido, no. Lo único que demuestra es que queda mucho camino por recorrer y que probablemente a algunas nos toque una tarea más complicada que a otras.

Y si esto fuera una batalla, ¿en qué grado estaríamos de esa batalla? La batalla está ganada, y el que no quiera verlo va en contra de los tiempos.

Fue especialmente irritante cuando un locutor le preguntó en la Cope, en la primera entrevista que se le hizo como portavoz, si usted conocía varón... Lo recuerdo perfectamente.

¿Qué sintió? A veces retratan más las preguntas que las respuestas.

¿Recuerda usted la última vez que fue mileurista? Yo fui peor que mileurista. Al final de la oposición me vine a vivir a Madrid; fue un esfuerzo tremendo para mi casa: tenía que pagar un alquiler, al preparador, y todos los gastos.

¿Cómo ve aquel tiempo? Era una inconsciente. Me decía: "¿Y si no saco la oposición?".

Ahora también está metida en un lío. Esta tarea es más fácil. La única diferencia es que ésta te la radian y te la interpretan.

¿Le divierte? Sí. Hay momentos muy duros, pero es divertido, tiene mucha vidilla. Me gusta el debate parlamentario; me gustan los miércoles, tengo un buen equipo de gente que se divierte trabajando.

A usted le gustan las motos. Y en una conversación con el motorista Toni Elías, a la que yo asistí, usted le preguntó: "¿Estudias al contrincante?". ¿Y usted? Sí, por ejemplo, cuando le pregunto a María Teresa Fernández de la Vega.

¿Es un juego o una pasión? Es una pasión, pero hay que tomárselo con una cierta filosofía de la vida. Cada uno tiene que hacer su trabajo, pero eso no tiene por qué empañar la relación de después, ni la de antes; hay que abordarla con sinceridad. Le digo lo que me parece mal, y ella [Fernández de la Vega] me contesta lo que cree.

Ha cambiado el clima político. Han cambiado los temas.

No me imagino a Acebes siendo igual que usted en el Parlamento. Había otros temas, y se explotaban mucho.

En esta conversación he intentado sin éxito que usted hable de la vida aparte de la política. Le ha prendido la política, no se suelta de ella. Es que a mí me da bastante pudor hablar de mi vida personal. Y si estás en política, todas las facetas de la vida tienen una trascendencia política.

Hábleme al menos de su generación, cómo ve esto. Mi generación no tiene traumas. Siempre hemos vivido en democracia. Somos una generación libre y crítica. Y descreídos en muchas cosas.

¿En qué cosas están descreídos? Por ejemplo, en las posibilidades de la política, y en eso tenemos que mejorar. Me preocupa que acabemos con una italianización total de la política. En definitiva, todo es política, y todos sufrimos la política. Por ejemplo, cuando acabe esta entrevista me iré a casa y allí tendré los mismos problemas que tiene todo el mundo.

¿Por ejemplo? De conciliación, de horarios, de hipotecas, de casa, de tiempo. ¿A qué hora lee uno, por ejemplo?

¿Y a qué hora lee? Los domingos, y a última hora de la noche.

Dígame un libro que le haya cambiado la vida. La montaña mágica, de Thomas Mann.

¿Por qué? Por la manera de vivir el tiempo. El tiempo nos obsesiona a todos.

¿Cómo lo vive usted? Ahora vivimos el tiempo en cuartos de hora.

Es curioso que usted hable del tiempo siendo tan joven. Sobre todo, me produce melancolía ver envejecer a la gente.

Le decía usted a Toni Elías que el Congreso no tiene por qué ser una carrera. Pero lo es. No, tampoco. Hay cosas en las que es una carrera, pero muchas veces es un escenario.

Y ustedes son actores. Algunos se creen el papel y otros no se lo creen en absoluto, y eso se nota.

Usted se lo cree. Y cuando no, prefiero no salir, porque se me ve en la cara.

¿Siempre actúa según su conciencia o según la del partido? En los partidos se toman muchísimas decisiones; y cuando estás en un partido, lo leal y lo honesto es decir tu opinión donde la tienes que decir. Y si no convences, pues te ajustas a la mayoría.

¿Habría mantenido su partido hoy la misma postura que adoptó ante el asunto del matrimonio homosexual? Ahí había opiniones diferentes, y a veces se adoptan unas decisiones y otras no. Y luego se introduce una determinada visión jurídica.

¿Qué tengo que deducir de todo eso? Que había diferentes maneras de ver ese tema, se discutió en los órganos correspondientes y se adoptó una decisión. Y es uno de los temas que no supimos explicar y se ha interpretado nuestra posición de una forma que quizá no es la correcta.

Pues explíquemela correctamente. Nosotros trabajamos, y yo particularmente, en una ley de parejas de hecho, desde hace un montón de años, buscando esa igualdad.

¿También cuestiona usted la palabra 'matrimonio' para la unión de los homosexuales? Ése ha sido el punto de discusión. Yo veo que esa igualdad y esa plenitud de derechos civiles es lo que debe primar. Y muchas veces se adopta, como creo que pasó en este caso, una determinada decisión política a sabiendas de que se generaba un debate, en lugar de buscar una solución buena para todos.

O sea, que me quedo igual. Creo que he sido muy clara, todo el mundo sabe lo que yo pensaba respecto a este tema.

La noche del 9 de marzo. Aquellas caras. ¿Qué sintió en ese momento? Se mezclaron muchas cosas. Piensas en cómo estará el jefe y sientes una mezcla de cansancio, de tristeza. Por otro lado, piensas: "Bueno, pero hemos mejorado". Y al rato: "Me voy a la cama, que mañana tengo que volver".

¿Y cómo estaba el jefe? Bien, sereno. De todas las cosas que luego se escribieron no vi nada, y yo estaba allí.

Se le dio mucho valor a que le dijera a usted que saliera al balcón. No me lo dijo; yo salí porque me salía acompañarle.

O sea, que el que no salió fue porque no quiso. Es un sinfín de cosas. Son momentos que cada uno vive e interioriza de una determinada manera. Yo viví las elecciones de 2004 de manera distinta a las de 2008.

Ya que habla de 2004, ¿usted cree que el PP se equivocó centrando su oposición en el 11-M? ¿Eso no le quitó arrestos para enfocar otros asuntos? No lo creo. Hicimos oposición en aquellos temas en los que había que hacerla: el debate territorial, el diálogo con ETA. Fue una legislatura de las más complicadas que ha vivido este país, con temas muy sensibles. Me sorprendió que el Gobierno abriera tantos frentes.

¿Y no hubiera bajado usted el pistón en el 11-M? Creo que cada momento tiene su afán.

Y ya más cerca: ¿le sorprendió la campaña que se abrió contra Rajoy para que se fuera desde el mismo PP? ¡Aquí hay que estar preparado para todo!

Pero ¿le sorprendió a usted la virulencia en sus propias filas? Sorprenden más las actitudes personales que las corrientes ideológicas. Muchas opiniones de gente que sorprende que se pronuncien fuera del partido. Creo que esas cosas hay que decirlas dentro.

Por ejemplo, la carta de Elorriaga desmarcándose de Rajoy. Son momentos de mucho movimiento y es normal que se produzcan corrimientos.

Pero le tenía que haber dado a usted cierta comezón, una cosa rara en el estómago... Tenía yo mucho trabajo entonces para preocuparme. Y no te puedes hacer responsable de lo que opina la gente. Fue un máster de tres meses; es una situación que te ayuda a conocer qué es la naturaleza humana.

¿Qué supo en ese tiempo que no supiera antes? Me enseñaron más de mí misma que de los otros. Me dio mucha capacidad de autocontrol.

¿Hubiera salido del despacho a darle una bofetada a alguien? Hubiera dicho un par de cosas. Pero a veces hay que tener la cabeza fría.

Pero ¿las dijo? A puerta cerrada.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 14 de septiembre de 2008