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PERDONEN QUE NO ME LEVANTE

CUESTIÓN DE TOCAS

Primero. ¿Dónde están Fellini y Buñuel? ¿Qué se ha hecho de aquel póster de una hermana de la caridad calzándose el liguero, que me compré en París hace unas décadas? ¿En dónde se ha escondido Arrabal? El sentido del humor de la Iglesia va a acabar para siempre con los sacrílegos.

Si las monjas hubieran tenido la idea, habríame parecido divertido dentro de la repelencia. Que lo proponga un macho de la clase sacerdotal resulta sencillamente una prueba más de la inexistencia de Dios, o de su desaparición por hartazgo. Monjas. Las tienen fregando, las tienen limpiando, las tienen por debajo, las tienen planchándoles las sotanas, las tienen atendiendo a los pobres, las tienen haciéndoles infusiones... Las han tenido, y las tienen, sumidas en la ignorancia, repartiendo la ignorancia, educando en la ignorancia. Y ahora las van a tener incluso mundialmente reconocidas como monas. Ellas, llegado el momento, no desfilarán por la pasarela: no se les pide ese sacrificio, ya que podrían coincidir con Cayetano Rivera y eso pondría verde de envidia a más de un santo varón. Pero deberán mandar fotos que reflejen tanto sus femeninas facturas como esa bondad del interior y esas prendas escondidas que toda monjita esconde en su pecho y que en ocasiones no podemos vislumbrar porque los bigotes no nos dejan ver el árbol.

El objeto de la convocatoria de tal concurso no es otro que mostrar Urbi et Orbi que Habemus Guapas. Hasta el momento, sólo el cine había osado a sacar a Ingrid Bergman, Audrey Hepburn y otras diosas convenientemente sobadas por tocas.

Y todo ello en detrimento de lo más noble que hasta ahora ofrecían el sacerdocio y las órdenes monacales: y era que, como aceptaban a cualquiera que pudiera mantenerse casto, sabían que, con semejantes pretensiones, era improbable que Monica Bellucci aspirara a hacer los votos. Como consecuencia, la Iglesia Católica era uno de los pocos reductos en cuyo seno -de ovejas o de víboras- podía refugiarse cualquier palmo y medio de locutor henchido de pus y convertirse en una estrella: ver la Cope.

Pero los tiempos han cambiado, se habrá dicho el buen padre Rungi. Ya que ahora hasta las más jaquetonas se conservan puras, y ya que las vírgenes acuden a las papales audiencias de tres mil en tres mil y vistiendo vaqueros con la cintura justo por encima del Triángulo de Satán, ¿por qué no demostrar que nuestros claustros y nuestras celdas guardan, del catolicismo por los confines, multitud de bellezas dignas de competir con actrices, modelos e incluso con curas? Porque para nadie es un secreto que entre los más apuestos efebos de Roma se encuentran los seminaristas. Gozo da verles pasear en grupo, riendo coquetamente, dándose piadosos codazos, visitando catacumba tras basílica y claustro tras atrio, seguidos por la lasciva mirada de cardenales, obispos y de esta servidora que pasaba por allí.

Este súbito interés de la clerecía por el segmento femenino inferior que la compone me parece sumamente inquietante. Ni siquiera aquel Pontífice (el número 12, acusado posteriormente de haber albergado simpatías nazis; y que bendijo los cañones de Mussolini) que tuvo preferencias por una tal Sor Pasqualina (tal vez era el 11 o el 14, me hago líos con los números vaticanos)... ¿O era Sor Porcellina? A lo que iba, ni siquiera aquel hombre eligió a la monja de sus recámaras por el aspecto físico. Lo hizo por sus cualidades morales. O por las verrugas peludas, que eran de mucho presumir en las cortes de Europa.

Si lo que quieren es una Reina, Míster Pederastia sería lo más adecuado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 7 de septiembre de 2008