Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Reportaje:65ª MOSTRA DE VENECIA

Un Jonathan Demme en baja forma

Siempre me resulta ilusionante y atractiva inicialmente cualquier película o documental que lleve la firma del heterodoxo Jonathan Demme, pero que aparezca en medio de este agobiante desierto alcanzaba la condición de tabla de náufrago.

Manejándose con poderosa personalidad tanto en los proyectos personales como en los lujosos encargos de los estudios, este hombre puede presumir de un currículo más que digno, y al menos se ha inventado dos películas que a mí me enamoran. Una es Algo salvaje, el fascinante encuentro entre un yuppy que no ha perdido la inocencia a pesar de su desastre familiar y una sensual buscavidas que sabe divertirse y sobrevivir en el lado salvaje. El insólito viaje que hacen dos personas tan opuestas tiene en la primera parte el tono de las grandes comedias, se transformará en tragedia cuando la realidad y los viejos fantasmas acaben con los días de vino y rosas, y proseguirá con uno de los desenlaces más románticos y bonitos de la historia del cine. Es una película graciosa y sombría, enloquecida y emocionante, imprevisible e inteligente, con un encanto perdurable, con la mejor interpretación que han realizado nunca Melanie Griffith y Jeff Daniels. Demme también demostró en El silencio de los corderos que estaba capacitado para crear alta tensión, para llenar de magnetismo a un monstruo. Y cuando ha rendido tributo a músicos que ama filmando un concierto de Neil Young o a Talking Heads en Stop making sense el resultado ha sido memorable.

El modelo podría ser la penetrante comedia 'Un día de boda', de Altman

Ante unas señas creativas de identidad tan eclécticas como atractivas, tenía demasiadas expectativas con su última película, Rachel getting married, pero el ánimo se me va enfriando cuando observo que está rodada con la mareante cámara a mano, que al ser él mismo su productor nadie le debe de haber aconsejado sobre cómo aligerar secuencias que pueden ser tediosas, que no se complazca en los vicios, reiteraciones y caos expresivo de gran parte del cine independiente.

El modelo temático de Demme para esta película podría ser la ácida y penetrante comedia de Robert Altman Un día de boda. Demme describe el jolgorio pero también las viejas heridas, las crisis subterráneas y los malos rollos entre las familias y los amigos que se reúnen durante dos días en una casa para celebrar una boda. El mayor protagonismo lo ejerce un yonqui en periodo de rehabilitación que acude a la boda de su muy alarmada y resentida hermana. Y en esa celebración ocurren bastantes cosas, lo cual no implica que sean forzosamente interesantes para el espectador.

Demme filma a sus personajes con vocación documentalista, intentando lograr el mayor realismo, improvisando, con una cámara que pretende ser testigo fiel de todos los rituales que acompañan a estas ceremonias. Eso quiere decir que se tira 15 minutos recogiendo los testimonios en una reunión terapéutica de gente que ha estado enganchada a las drogas, otro tanto retratando los discursos de los invitados a los novios en la cena anterior a la boda, y un tiempo que llega a ser excesivo mostrándonos la ceremonia, los bailes y la fiesta posterior. En el medio, nos muestra la difícil relación entre las enfrentadas hermanas, sus divorciados padres y sus nuevas parejas. La catarsis ante las retorcidas movidas que ocurrieron en el pasado de esta familia, cuando aparentemente todo el mundo se ha impuesto la obligación de ser feliz.

Y entiendo que Jonathan Demme se siente muy libre e intimista narrando con estilo moroso este ambiente, pero yo no puedo evitar desentenderme a ratos de lo que veo y escucho en la pantalla, que me dé un poco igual tanto volcán fraternal. La protagoniza Anne Hathaway, actriz limitada que está muy de moda, consiguiendo el estrellato aunque yo siga sin entender las sólidas razones de ello. Demme también ha logrado el milagro de que vuelva a ponerse delante de una cámara Debra Winger, esa espléndida e inquietante actriz que decidió retirarse del cine cuando era una de sus reinas, pero tampoco se le nota demasiado entusiasmada en su retorno.

Rachel getting married pretende ser cercana, humanista, compleja y emotiva, aunque a mí me resulta sosa y a ratos pesadita. Prefiero el lenguaje del Demme clásico al experimentalismo que intenta aquí. Me sabe a ligera decepción, a poquita cosa en alguien que está dotado para hacer gran cine.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 4 de septiembre de 2008