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Crítica:

Una temporada en el infierno

Debut cinematográfico del dramaturgo Martin McDonagh -cuya brutal El hombre almohada sigue girando por escenarios españoles en montaje del extremeño Teatro Noctámbulo-, Escondidos en Brujas corre tanto peligro de ser mal interpretada por una pura cuestión de mala (o equívoca) ubicación como su propia pareja protagonista: dos gánsteres irlandeses (Brendan Gleeson y Colin Firth), anclados en el centro de un limbo atemporal, la ciudad de Brujas, con el único deber de esperar y perder el tiempo, de ejercer de turistas a la fuerza mientras llegue la llamada que introducirá (o completará) la narrativa en esta situación entre paréntesis.

La película de McDonagh se expone al riesgo de ser leída, pues, como un excéntrico ejercicio de tarantinismo, dejando fuera de cuadro su condición de premeditada, sutil y consecuente prolongación de un discurso creativo. McDonagh es uno de esos creadores capaces de coger en sus manos algunos arquetipos gastados por el uso y extraer de ellos una inesperada poesía. Escondidos en Brujas funciona, a la vez, como thriller heterodoxo, metáfora existencial y comedia onírica: el director juega con algunos de los temas recurrentes de su trabajo teatral (la culpa, la inocencia brutalizada, la existencia de luz en la tiniebla) para acabar articulando una historia fascinante de redenciones y cuentas (morales) cuadradas. McDonagh maneja humor, amenaza y patetismo con la misma delicadeza, mientras se suceden en la pantalla actores enanos, guiños a El Bosco, diálogos de oro, coreografías letales y juegos del azar. Todo ello sobre el telón de fondo de una ciudad de Brujas que pasa de chiste recurrente a antesala del infierno. Todo un logro.

ESCONDIDOS EN BRUJAS

Dirección: Martin McDonagh.

Intérpretes: Colin Firth, Brendan Gleeson, Ralph Fiennes.

Género: thriller. Gran Bretaña-Bélgica, 2008.

Duración: 107 minutos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 18 de julio de 2008