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ÍDOLOS DE LA CUEVA

Mejor no tocarlo

Siempre he sentido especial admiración por la gente que asegura que, si se le diera la oportunidad de nacer de nuevo, volvería a hacer ("en líneas generales", dicen) las mismas cosas de la misma manera. Yo, no. Creo que, con la experiencia acumulada, trataría de cambiarlo casi todo. Empezando por la infancia, claro, que es la auténtica patria de cada cual. Y siguiendo con la carrera que estudié, los "grandes relatos" en los que creí (robándole mi tiempo a los pequeños, que son los únicos que cuentan), los trabajos que acepté e, incluso, algunas de las relaciones de las que me colgué más de lo conveniente.

Volver a empezar. Vaya chollo. O regresar al pasado por cualquier medio (consúltese Cómo construir una máquina del tiempo, del físico Paul Davies, editorial 451). Como le ocurre a Héctor (Karra Elejalde), el protagonista de Los cronocrímenes, la película de Nacho Vigalondo. Argumento desnudo: la aventura de un tipo que, involuntariamente, realiza un viaje en el tiempo que le sitúa una hora antes de iniciarlo. Y los problemas y paradojas que tiene que resolver para alterar lo que, sin querer, ha cambiado (y puede acarrear desastrosas consecuencias).

El anhelo de viajar en el tiempo forma parte de la especie desde antes de que naciera la ciencia-ficción

Nada nuevo, por otra parte. El anhelo de viajar en el tiempo (hacia delante, para saber cómo seremos; hacia atrás, para alterar lo que hemos llegado a ser) forma parte del equipaje psíquico de la especie desde mucho antes de que naciera la ciencia-ficción. Paradigma de lo primero es el viaje que emprende, hasta llegar al año 802.701, el explorador innominado de La máquina del tiempo (1895), de H. G. Wells, sólo para descubrir, entre decadentes Eloís y bestiales Morlocks, que las cosas no estarán mucho mejor entonces. Y un buen ejemplo (cinematográfico: James Cameron, 1984) de lo segundo es el viaje hacia el pasado de Kyle Reese (Michael Biehn) para evitar que se salga con la suya Terminator, el poderoso cyborg (Schwarzenegger) enviado por el imperio de las máquinas para impedir que Sarah Connor (Linda Hamilton) conciba algún día al que será victorioso jefe de la Resistencia en 2029.

Claro que a la hora de cambiar el pasado hay que andarse con mucho tiento, no sea que caigamos en la "paradoja del abuelo": uno viaja hacia atrás, mata a su abuelo (fortuitamente, como Edipo mató a Layo) y se frustra la serie biológica que lleva a que el homicida sea concebido y, por tanto, pueda viajar en el tiempo y cometer su (crono)crimen. El pasado, como decía L. P. Hartley en el apodíctico incipit de El mensajero, "es un país extranjero: allí las cosas se hacen de manera diferente".

Quizás, por tanto, sea mejor no tocarlo. Pechar con lo que se hizo, con lo que se escribió, con las cosas que se dijeron o se hicieron o no llegaron a hacerse ni decirse nunca. No caer en la tentación de volver atrás y derribar a cañonazos el Dragon Rapide, o asesinar a la que sería madre de Pol Pot, o advertirle a Macbeth de la que va a desencadenarse, o contarle a Smiley quién es el topo. Resignarnos a que ya nunca le contaremos a nuestro padre muerto lo que no pudimos, o no quisimos, decirle en vida.

Pero, en todo caso, según se desprende de la "conjetura de la protección de la cronología" de Hawking, la mejor prueba de que nunca podremos viajar en el tiempo es que no estamos invadidos por una legión de turistas del futuro deseosos de cambiarlo. Aparentemente, aquí sólo estamos nosotros, soportando el pasado y sus fantasmas. Sin poder remediarlo: intentando, en el mejor de los casos, quitarle hierro, aprovechar su lado positivo, convertir -como dicen los emprendedores que nunca se arrepienten de lo que hicieron- los retos en oportunidades. Claro que, si volviera hacia atrás algunas horas, empezaría este artículo de otra manera. Seguro que me gustaría más. Ahora ya no tengo tiempo (ni espacio).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 2 de julio de 2008